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Gable Steveson y su sorpresivo nocaut en 12 segundos

La noche en que el futuro del peso pesado se estrelló en 12 segundos

Gable Steveson llegó a UFC 331 como la próxima gran figura del peso pesado. Oro olímpico, invicto, favorito abrumador en las apuestas, una carrera dibujada para despegar sin turbulencias. En teoría.

En la práctica, bastó un solo zurdazo para derribar todo el relato.

Sean Sharaf, con un 0-2 en el octágono y casi convertido en comparsa en la previa, necesitó apenas 12 segundos para firmar uno de los nocauts más impactantes del año. Un gancho de izquierda brutal, directo a la mandíbula, y el supuesto futuro de la división cayó desplomado ante una grada de Los Ángeles que no tuvo piedad con su caída.

El contraste fue demoledor: el hombre llamado a dominar el peso pesado, desparramado en la lona, y un rival sin cartel celebrando el tipo de victoria que cambia una carrera.

La reacción de Steveson no ayudó. Cuando por fin se puso en pie, no hubo gesto deportivo, ni felicitación, ni un mínimo reconocimiento al rival. Simplemente se marchó del octágono, sin esperar siquiera a que Bruce Buffer anunciara oficialmente el triunfo de Sharaf. La imagen corrió como la pólvora.

Las redes sociales se encendieron de inmediato. Críticas a la actitud del olímpico, cuestionamientos a su carácter, a su madurez, a su capacidad para gestionar la derrota. Y desde la mesa de comentaristas llegaron palabras igual de duras.

Daniel Cormier, otro campeón olímpico que se hizo grande en las MMA, no maquilló su análisis.

“Creo que Gable cometió algunos errores ahí dentro. Eres un peleador 4-0. Lucha. Tienes que hacerlo”, lanzó Cormier tras el evento. El reproche no era solo técnico, también de conducta. “También, te quedas ahí y aguantas cuando pierdes. Dejas que ese hombre levante la mano y te quedas ahí sin importar cómo te sientas”.

Cormier fue todavía más directo al hablar del comportamiento posterior al nocaut. “Si tienes una conmoción, llora, ¡yo lo hice! Esa es la verdad. Pero aguantas cuando las cosas no salen como quieres. No puedes ser un gran ganador y luego un perdedor desagradecido, y creo que eso estuvo mal por parte de Steveson”.

La crítica no venía de cualquiera. Cormier conoce mejor que nadie lo que supone cargar con un pasado olímpico, con el aura de “fenómeno” que llega a un deporte donde nadie regala respeto.

Joe Rogan apuntó en la misma dirección, pero con el foco en el ego y la narrativa que rodeaba a Steveson.

“Creo que las cuotas y el ‘hype’ se le subieron a la cabeza y sintió que no podía ser derrotado”, analizó Rogan. Lo que siguió fue una lección cruel de realidad: “Se quedó ahí, plano de pies, y Sean soltó un gancho de izquierda perfecto. Se agachó, lanzó el gancho y lo cazó en la barbilla. La barbilla, la cabeza se va hacia atrás. Fuera, apagado”.

Rogan no dudó en elevar el momento al terreno de la historia. “Fue uno de los mayores cuentos de hadas, historias de Cenicienta. Tiene que ser, sin duda, una de las mayores sorpresas en las cuotas”.

El relato previo pintaba a Sharaf como víctima propicia. Un 0-2 en UFC, frente a un prodigio olímpico destinado —según el guion— a avanzar a 5-0 sin demasiados sobresaltos. En vez de eso, el papel se invirtió con violencia. El hombre sin respeto por el currículum del otro salió a cazarlo. Y lo consiguió.

Cormier, que nunca vivió un arranque de carrera con este nivel de exposición, entiende mejor que la mayoría el peso de esas expectativas.

“Yo peleaba en un nivel diferente, no estaba en UFC”, recordó. Pero sabe que la medalla de oro no compra inmunidad. “La realidad es que él es nuevo en esto y Sharaf no le tuvo ningún respeto. Gable es campeón olímpico y quizá la gente espera que otros respeten eso, pero no lo van a hacer”.

La frase que definió la noche llegó al final: “Sharaf no estaba para nada de eso. Entró ahí para noquear a Gable Steveson y lo hizo”.

Ese es el punto de partida de la nueva etapa de Steveson. No el 4-0, no el oro olímpico, no las promesas de dominio absoluto. Su verdadera carrera en las MMA empieza ahora, después de haber probado la lona, el ruido de las críticas y el silencio incómodo de abandonar el octágono sin mirar a su verdugo.

La pregunta ya no es cuánto potencial tiene, sino cómo va a responder cuando el aura de invencible ha desaparecido en solo 12 segundos.