Zverev y Shelton: Final del US Open que redefine el tenis
Alexander Zverev y Ben Shelton llegarán a la final masculina del US Open con algo en común: pase lo que pase el domingo, 2026 ya es un año de reivindicación para ambos. El alemán por fin se ha sacudido el peso de las dudas ajenas; el estadounidense ha demostrado que su techo estaba mucho más arriba de lo que muchos imaginaban.
Son historias distintas que chocan en el mismo escenario: Arthur Ashe, 24.000 almas y una final que huele a cambio de era… o a consolidación de un nuevo patrón.
Zverev, el campeón que llegó tarde… pero llegó
Al inicio de la temporada, apostar por dos títulos de Grand Slam de Alexander Zverev habría parecido un acto de fe. El alemán arrastraba tres finales perdidas, una generación por detrás que respondía a los nombres de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz, y la sensación de que el tren quizá ya había pasado.
Hoy el paisaje es otro. Campeón de Roland Garros, finalista en Wimbledon y de nuevo en la pelea grande en Nueva York. Tres finales de Grand Slam consecutivas. La etiqueta de “talento eterno sin grande” ha quedado hecha trizas.
Zverev llega como primer cabeza de serie y ligero favorito. No solo busca su segundo grande del año, también de su carrera. Un matiz que lo dice todo sobre el punto de inflexión que vive el alemán a sus 29 años.
Durante dos temporadas, el circuito pareció propiedad privada de Sinner y Alcaraz. Entre ambos se repartieron todos los Grand Slams de 2024 y 2025, hasta ganarse el apodo conjunto de “Sincaraz”. Las grandes finales parecían reservadas a esa dupla. La pregunta flotaba en cada sala de prensa: ¿volverían a copar las cuatro finales de un mismo año?
Las lesiones abrieron una rendija. Alcaraz se cayó de Roland Garros y Wimbledon. Sinner ni siquiera pudo presentarse en Flushing Meadows. Zverev vio la puerta entornada y la cruzó.
Él mismo lo resumió con franqueza cuando le preguntaron si creía posible terminar 2026 con más grandes que los dos dominadores del circuito: había creído en ello. No muchos más lo hicieron. Pero el calendario y su tenis le han dado la razón.
Su relación con el US Open es particular. En 2020 tuvo en la mano su primer grande: dos sets de ventaja ante Dominic Thiem y el partido controlado. Acabó perdiendo. Aquella derrota dejó cicatriz. En las temporadas posteriores, Zverev pisó las rondas finales con el aire de alguien que no terminaba de creer que su momento fuera a llegar.
Ese bloqueo se rompió en París, en la final ante Flavio Cobolli. Roland Garros fue el punto de inflexión mental. Wimbledon, con la derrota ante Sinner en la final, confirmó que su sitio está de nuevo en la mesa principal. Nueva York es la tercera parada de una racha que ya habla de regularidad al máximo nivel.
Su camino en este US Open no ha sido brillante, pero sí eficaz. Inicio irregular, partidos que se alargaron hasta la madrugada, sensaciones frías… y, aun así, siempre un paso más. No se ha cruzado todavía con un top-20, un dato que añade interrogantes a su favoritismo. Lo que viene ahora es otra cosa.
Del otro lado de la red le espera un rival que sí representa un salto de calidad. Y un escenario que Zverev ya conoce, con sus fantasmas y sus oportunidades.
Shelton, el rugido de casa y el peso de la historia
Para Ben Shelton, todo esto es territorio desconocido. Y lo disfruta. Lo admite sin disfraz: este torneo es “territorio inexplorado” para él. Lo dicen sus palabras, lo confirma su juego desatado y la sonrisa con la que ha ido derribando barreras.
Nunca había estado en una final de Grand Slam. Nunca había derrotado a algunos de los nombres que ha dejado en el camino. Nunca había sentido un estadio entero, 24.000 personas, rugiendo a su favor en la pista de tenis más grande del mundo con tanto significado histórico detrás.
Shelton, octavo cabeza de serie, busca convertirse en el primer campeón estadounidense del US Open en categoría masculina desde Andy Roddick en 2003. Han pasado 23 años. Demasiado tiempo para un país que se mira al espejo cada septiembre esperando ver a uno de los suyos levantando el trofeo.
Pero hay una segunda capa, aún más profunda. Si gana, Shelton será el primer hombre negro estadounidense en conquistar un grande desde Arthur Ashe en 1975. Cincuenta y un años de espera. Cuando un periodista le recordó tras la semifinal ante Frances Tiafoe que había “mucha historia” en juego, Shelton respondió con una sonrisa y un “¿ah, sí?”. La broma no oculta que él sabe exactamente lo que hay en la mesa.
James Blake, ex número cuatro del mundo, lo expresó con claridad. Un título de Shelton sería un golpe enorme para la representación afroamericana en el tenis. Más niños, más adultos, más gente que quizá nunca se habría sentado a ver un partido, mirarán a la pantalla y verán a alguien que se les parece compitiendo en un deporte que durante décadas se percibió como un feudo de clubes privados y piel blanca. Ese impacto trasciende el marcador.
Shelton no ha llegado aquí solo con relato. Ha llegado con tenis. Con un servicio que ha superado las 140 millas por hora durante el torneo, con instinto agresivo y, sobre todo, con una evolución evidente en los aspectos que antes le lastraban: defensa más sólida, un revés que ya no es un punto débil evidente, mayor disposición a sufrir en los intercambios largos.
Su temporada lo certifica: cuatro títulos en cuatro superficies distintas. Dallas en pista dura cubierta, Múnich en tierra batida, Stuttgart en hierba, Canadian Open en pista dura al aire libre. Un abanico que habla de versatilidad y madurez competitiva.
La victoria que ha cambiado la percepción llegó aquí, en Nueva York, ante Carlos Alcaraz. Nunca había ganado a un top-3. Lo hizo frente a un siete veces campeón de grandes, en su primer torneo tras casi cinco meses fuera, en un cuarto de final que se alargó hasta las 3:34 de la madrugada. Un partido que se queda en la memoria de un jugador, pero también en la de un público que empieza a creer que no es solo una promesa con servicio demoledor, sino un competidor completo.
Su padre y entrenador, Bryan Shelton, lo ve claro: su hijo está “yendo en la dirección correcta” y las cuatro coronas en distintas superficies son la prueba. Ben ha aceptado algo que separa a los buenos de los grandes: la necesidad de sufrir, de ir más profundo en los peloteos y exprimir su atletismo.
Un duelo de deudas pendientes
Para levantar el título, Shelton tendrá que romper otra barrera: nunca ha ganado a Zverev. Cinco enfrentamientos, cinco derrotas. El alemán le ha tenido tomada la medida hasta ahora.
Esta vez el contexto cambia. Shelton llega con el viento de Nueva York en la espalda, con el público de su lado y con la sensación de que está jugando el mejor tenis de su vida. Zverev aterriza con la experiencia, con el peso de haber estado aquí antes, con la cicatriz de 2020 y la tranquilidad de quien ya sabe lo que es ganar un grande.
También con una presión silenciosa: si pierde otra final, el relato de su “nuevo Zverev” se agrietará. Si gana, se planta al cierre del año con dos Grand Slams y una pregunta incómoda para el futuro inmediato del circuito: cuando Sinner y Alcaraz vuelvan a plena capacidad, ¿seguirán siendo solo “ellos dos”… o habrá que hacer sitio a un tercero en la conversación?






