Zverev avanza a la final del US Open tras vencer a Khachanov
Alexander Zverev ya está donde se siente cómodo: otra vez en la última frontera de un Grand Slam. El número uno del cuadro en Nueva York se abrió paso hacia su tercera final consecutiva de major con una victoria en tres sets, pero muy lejos de ser un paseo, ante Karen Khachanov: 6-3, 7-6 (9/7), 7-6 (8/6).
El alemán, campeón en Roland Garros y finalista en Wimbledon este año, necesitó casi tres horas para desactivar a un rival que no dejó de golpear hasta el último punto. La diferencia, como tantas veces en este nivel, se decidió en centímetros y en nervios.
Zverev cambia de marcha
Su US Open no había arrancado con la autoridad de un primer cabeza de serie. Nueve horas y 26 minutos en pista en las dos primeras rondas, ambas a cinco sets, dibujaban el cuadro de un torneo áspero, lleno de trampas. Pero a medida que avanzó la segunda semana, Zverev empezó a parecer Zverev: saque más limpio, menos errores gratuitos, más peso en cada golpe.
Ante Khachanov, número 50 del mundo, estaba en juego algo más que un billete a la final. El ruso aspiraba a convertirse en el finalista de Grand Slam con peor ranking desde Marcos Baghdatis, entonces 54 del mundo, en el Abierto de Australia 2006. Zverev le cerró la puerta con frialdad, aunque el marcador en sets corridos engaña.
“Victoria en tres sets, pero cualquier cosa menos sencilla”, admitió el alemán. “Él jugó increíblemente bien, luchó increíblemente bien”. No exageraba.
Un primer set sin fisuras
El arranque fue quirúrgico. Zverev dominó con el servicio, marcó territorio desde el fondo y no permitió a Khachanov encontrar huecos. El ruso no logró hacer daño al resto y, en cuanto cedió una rendija, el alemán se le echó encima. Un break temprano, control del ritmo y 6-3 en el bolsillo casi sin despeinarse.
Parecía la antesala de una noche corta. No lo fue.
Khachanov se rebela
El segundo set cambió el guion. Khachanov empezó a soltar el brazo, a buscar líneas, a entrar en pista. Aun así, se vio pronto con un break en contra. Zverev olía sangre.
Entonces apareció la otra cara del ruso. En el cuarto juego, un passing cruzando la pista le arrancó una sonrisa. Tres puntos después, un derechazo ganador le dio su primera bola de break. La convirtió gracias a una doble falta de Zverev. El partido, por fin, se encendía.
El set se fue al desempate. Ahí, la tensión subió un escalón. Khachanov levantó dos puntos de set con un latigazo de derecha y un revés paralelo perfecto, de esos que levantan a la grada. Pero Zverev no se descompuso. Ajustó la mira, apretó con el saque y cerró el parcial en el 9-7 del tie-break. Golpe psicológico enorme.
El filo del abismo en el tercer set
El tercero fue una cuerda floja. Ninguno de los dos concedió una sola bola de break. Saques pesados, puntos cortos mezclados con intercambios brutales desde el fondo, miradas al palco buscando aire.
Todo se decidió otra vez en el desempate. Y ahí, Khachanov rozó el premio. Se colocó 6-4 arriba, dos puntos de set, el partido a punto de estirarse a un cuarto parcial que habría cambiado el paisaje físico y emocional de la noche.
Pero el ruso se desplomó justo cuando tenía la mano en la puerta. Dos errores de derecha consecutivos borraron sus opciones. Zverev, implacable, clavó su decimoquinto ace para llegar a punto de partido y lo selló en la siguiente jugada, cuando Khachanov mandó otra derecha larga.
“En el segundo y tercer set está clarísimo que podían haber caído de cualquiera de los dos lados”, reconoció Zverev. “Jugué unos pocos puntos mejor aquí y allá, y estoy feliz con la victoria”. Exactamente eso: unos pocos puntos, una final más.
El sueño americano contra el muro alemán
El domingo le espera un estadounidense. Aún falta saber cuál: Ben Shelton, octavo cabeza de serie, o Frances Tiafoe, número 11. Un duelo íntegramente local en semifinales que Zverev definió como “absolutamente épico”.
Shelton llega disparado tras tumbar al campeón defensor y siete veces ganador de Grand Slam, Carlos Alcaraz, en un cuarto de final memorable que se alargó hasta las 3:34 de la madrugada, la hora de cierre más tardía en la historia del US Open. Fue la victoria más grande de su carrera. Ahora persigue su primera final de major.
Tiafoe también. Los dos pelean por algo que pesa mucho en la historia del tenis estadounidense: poner fin a una sequía de 23 años sin un campeón de Grand Slam en categoría masculina, desde el título de Andy Roddick en este mismo torneo en 2003.
Shelton manda en el cara a cara global, pero en Flushing Meadows el equilibrio es total. Se han cruzado dos veces en este escenario: victoria de Shelton en los cuartos de final de 2023 y revancha de Tiafoe en tercera ronda al año siguiente. El domingo, uno de los dos jugará por romper la maldición. El otro verá el partido por televisión.
Zverev, mientras tanto, ya ha elegido su papel: el villano perfecto para la grada local. “Ojalá pueda no hacer realidad el sueño americano el domingo”, lanzó, con media sonrisa. Hace cuatro años se quedó a un set del título en Nueva York, derrotado por Dominic Thiem en cinco mangas. Esta vez vuelve con más cicatrices, más oficio y una racha de tres finales de Grand Slam seguidas.
Un escenario cargado de memoria
El estadio vivió también un momento de recogimiento. En los actos previos al inicio de las sesiones diurna y nocturna, el himno sonó con un tono distinto en el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre, que derribaron las Torres Gemelas del World Trade Center. La emoción se mezcló con el ruido habitual de Flushing Meadows, recordando que este torneo siempre juega también con la memoria de la ciudad.
Mientras tanto, el cuadro femenino ya tiene cita marcada. Este sábado, Elena Rybakina intentará frenar el intento de Aryna Sabalenka de encadenar su tercer título consecutivo en Nueva York, apenas unos días después de arrebatarle el número uno del mundo al meterse en semifinales.
La noche del domingo, sin embargo, pertenece a Zverev y a un país entero que sueña con recuperar el trono. O el alemán apaga el “American dream” en su propia casa, o el tenis de Estados Unidos rompe, por fin, una sequía que empieza a sonar insoportable.






