Alexander Zverev conquista su primer US Open
Alexander Zverev tardó unos segundos en darse cuenta de que era campeón del US Open. El estadio Arthur Ashe ya rugía, Ben Shelton había enviado el resto largo en bola de partido, pero el alemán siguió pegando como si nada, devolviendo pelotas al otro lado de la red, preparado para un juego más. Solo cuando levantó la vista hacia la pantalla gigante entendió lo que todo Flushing Meadows ya sabía: el número 1 del cuadro acababa de ganar su segundo Grand Slam del año.
El marcador, contundente: 6-3, 7-6 (7-2), 5-7, 6-2 en 3 horas y 33 minutos. Primera corona en Nueva York, segunda grande tras Roland Garros, y la sensación de que 2026 puede ser el año en que, por fin, la familia Zverev respire en los grandes escenarios.
Un inicio demoledor y un Ashe entregado a Shelton
La tarde arrancó como un sueño americano. Ben Shelton, octavo cabeza de serie, entró en la pista ovacionado por más de 23.000 aficionados en el estadio que lleva el nombre de Arthur Ashe, con la posibilidad de convertirse en el primer campeón local de un Grand Slam desde Andy Roddick en 2003 y apenas el segundo hombre negro en ganar un grande tras el propio Ashe en 1975.
En las gradas, un reparto de lujo: Brad Pitt, Rami Malek, Pierce Brosnan… El director de televisión enfocó al ex James Bond con el reloj del partido marcando 0:07, guiño inevitable. El ambiente era de estreno de Hollywood. Pero el guion, desde el primer juego, lo escribió Zverev.
Shelton ganó el sorteo y eligió sacar. Mala idea. Se enredó hasta el 30-30, falló un golpe sencillo, luego una doble falta. Primer break. Primera estocada. La experiencia pesó como una losa. Zverev, que llegaba a su primera gran cita como cabeza de serie número 1 en un major, olió la sangre y no soltó el control del set. Volvió a romper en la bola de set y se lo llevó con apenas un error no forzado en toda la manga. Una declaración de intenciones.
El muro del servicio y un tie-break sin concesiones
Shelton sabía que el reto era mayúsculo. Había perdido los cinco duelos previos con Zverev. Sin embargo, aterrizaba en Nueva York reforzado: aquí había derribado por primera vez a Stefanos Tsitsipas y, sobre todo, a Carlos Alcaraz. Llegaba con argumentos, con confianza y con un país entero empujando.
Nada de eso le bastó en los dos primeros sets para arañar siquiera una bola de break. El saque del alemán, respaldado por una concentración de hierro, fue un muro. Zverev, que había pasado 19 horas y 38 minutos en pista antes de la final —cuarto registro más alto desde 1991 para un finalista de Grand Slam—, arrancó la cita con una intensidad que desmintió cualquier rastro de fatiga.
El segundo parcial se decidió en el tie-break. Allí se vio la versión más liberada del campeón de Roland Garros, ya sin la etiqueta de “mejor jugador sin un grande”. Mandó, dictó con el revés, apretó con el primero, y desarmó a Shelton 7-2. A un set del título, con el estadio inquieto y el estadounidense sin haber encontrado aún una rendija.
Shelton se rebela, pero el cuarto set sentencia
El orgullo de Shelton apareció cuando más falta le hacía. Con dos sets abajo y el público intentando levantarlo a gritos, el estadounidense empezó a leer por fin el servicio rival. Zverev titubeó, su saque se resquebrajó y, de repente, Shelton se encontró con tres bolas de set. Aprovechó la segunda. El Ashe explotó. El partido, por un momento, pareció abrirse.
No duró mucho.
El alemán cortó de raíz cualquier amago de remontada con un break temprano en el cuarto set. Ahí se acabó la final como batalla. Shelton, que había hecho un esfuerzo titánico para alargar el duelo, se quedó sin aire. Zverev, en cambio, se asentó. Ese quiebre inicial lo calmó, le devolvió energía, como subrayó Tim Henman: desde ahí “se deslizó hasta la meta”.
Ni siquiera una violación de tiempo por su ya célebre ritual de bote de pelota —las estadísticas indican que pasó cerca de tres de sus más de 23 horas en el torneo simplemente botando la bola entre servicios— lo descentró. El alemán sostuvo el pulso, mantuvo el saque y cerró el encuentro con autoridad.
Tan concentrado estaba que ni sabía que había ganado. “Pensaba que el marcador era 5-1”, confesó después. “Sabía que le había roto dos veces, pero creía que él solo había mantenido una vez. Estaba pensando: ‘Vale, ahora voy a tener un juego de saque relajado y ya me pondré nervioso en el siguiente’. Tuve suerte. Los profesores de tenis siempre dicen: juega cada punto y olvida el marcador. Yo me olvidé del marcador… y me ayudó”.
El peso de la experiencia y la transformación de Zverev
Tim Henman, ahora analista de Sky Sports Tennis, fue tajante: hace un año veía a Zverev “yendo hacia atrás” en los Grand Slams. Hoy, lo ve transformado. Más agresivo, más decidido, más dispuesto a mandar en los puntos grandes. Contra Shelton, con cinco victorias previas en el cara a cara, se notó desde el inicio que el alemán se sentía cómodo en el escenario.
Marion Bartoli, campeona de Wimbledon, puso el foco en el otro lado de la red: la diferencia de experiencia. Ese primer juego de Shelton, con la doble falta para entregar el break, fue un síntoma. Debut en una final de Grand Slam, estadio volcado a tu favor, la presión de querer gustar y, a la vez, jugar el mejor tenis de tu vida. Demasiado peso para 21 años.
Zverev, en cambio, apenas concedió. Un solo error no forzado en el primer set, números de campeón. Bartoli lo resumió sin rodeos: “No hay vergüenza en perder contra Zverev cuando Zverev juega así”.
Un título, una familia y una enfermedad que no manda
Cuando llegó el turno del discurso, Zverev dejó la táctica a un lado y habló de algo más profundo. Miró hacia su madre, Irina, exjugadora profesional, y recordó el diagnóstico de diabetes tipo 1 cuando él tenía cuatro años.
“Cuando a tu hijo de cuatro años le diagnostican diabetes y los médicos te dicen en la consulta que la vida y el deporte serán muy limitados para ese niño, hace falta una madre muy fuerte para decir: ‘Mi hijo será lo que quiera ser’”, relató. “Si quiere ser tenista, será tenista. Si quiere hacer otra cosa, hará otra cosa, pero esta enfermedad no nos definirá”.
Zverev no dudó: “Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco, porque hace falta una mujer increíblemente fuerte para hacer lo que ella hizo”. En la noche de su consagración en Nueva York, el trofeo parecía compartido.
También tuvo palabras para Shelton. Lo llamó “jugador increíble” y “persona increíble”, y se atrevió a lanzar una apuesta: si tuviera que poner todo su dinero en ello, lo haría a que el estadounidense un día levantará este mismo trofeo.
Shelton mira al futuro: “Esto es solo el comienzo”
Shelton, que ni siquiera había cumplido un año cuando Roddick ganó el US Open de 2003, asumió la derrota con madurez. Felicitó a “Sascha” por sus dos semanas, por su segundo grande y por firmar dos en un mismo año. Elogió su forma de servir, de moverse, su ética de trabajo y la de su equipo.
Y dejó un mensaje que resonó en el Ashe: “Nueva York, vosotros me habéis traído hasta aquí hoy. Esto es solo el comienzo y volveré aquí otra vez”.
La noche, sin embargo, perteneció a Zverev. De “mejor jugador sin un grande” a doble campeón de Grand Slam en cuestión de meses. De la incertidumbre médica en la infancia a la cima del tenis en el estadio más grande del mundo.
La pregunta, a partir de ahora, ya no es si Zverev puede ganar un grande. Es cuántos más está dispuesto a coleccionar. Y quién se atreverá a frenarlo cuando vuelva a Flushing Meadows con la experiencia de saber, esta vez desde el primer bote de pelota, que ya sabe cómo se levanta el trofeo del US Open.






