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Alexander Zverev se consagra campeón del US Open 2026

Alexander Zverev silenció Arthur Ashe. No con un punto espectacular ni con un rugido desafiante, sino con algo mucho más demoledor: experiencia, temple y un tenis implacable que apagó el sueño de un campeón local llamado Ben Shelton.

El alemán, primer cabeza de serie, se coronó campeón del US Open con un triunfo por 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2 ante el ídolo de casa, en una final que mezcló ambiente hostil, presión histórica y la sensación de que el circuito masculino está viviendo un cambio de mando silencioso.

De las dudas al dominio

A comienzos de temporada, pocos se atrevían a apostar por un Zverev capaz de conquistar un Grand Slam. Tenía tres finales perdidas a cuestas, cicatrices deportivas profundas y la etiqueta incómoda de talento que no terminaba de cumplir las expectativas.

Ese relato saltó por los aires en Roland Garros, donde levantó por fin su primer grande. Tres meses después, en Nueva York, ya es doble campeón de Grand Slam. La carga que arrastraba durante años se ha convertido en combustible.

El contexto también abrió una rendija. Las lesiones de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz despejaron parcialmente el camino: el español se perdió Roland Garros y Wimbledon, el italiano quedó fuera del US Open. Entre ambos se habían repartido todos los grandes de 2024 y 2025. Zverev vio la puerta entreabierta y la derribó.

En Flushing Meadows no brilló desde el primer día. Sobrevivió a varias noches largas, partidos resueltos de madrugada y una versión lejana a su mejor nivel. No se cruzó con ningún jugador del top-20 hasta la final. Pero fue creciendo. Y cuando llegó el gran escenario, su tenis y su cabeza estuvieron a la altura.

Shelton, ruido, potencia… y un peaje inicial fatal

Ben Shelton llevaba tiempo señalado como futuro ganador de grandes. Tiene saque, carisma, desparpajo y un país entero hambriento de un campeón masculino desde Andy Roddick en 2003. Arthur Ashe se preparó para celebrar el fin de esa espera.

El problema fue el primer juego.

Shelton arrancó con nervios, y en el primer punto de ruptura que afrontó cometió doble falta. Regalo inmediato. Contra un jugador como Zverev, ese tipo de concesiones suele ser sentencia anticipada. El alemán, que no había cedido ni un solo set en sus cinco enfrentamientos previos ante el estadounidense, olió sangre.

Desde ahí, manejó el primer set con autoridad. Dominó con su primer servicio, abrió la pista con precisión y castigó sin piedad el revés más vulnerable de Shelton en los peloteos desde el fondo. El cierre del parcial fue casi simbólico: otra doble falta del estadounidense en bola de set. 6-3 y un murmullo inquieto en las gradas.

El segundo set se jugó en el filo. Shelton encontró algo más de ritmo, conectó golpes de alto voltaje y trató de encender al público. Zverev, sin embargo, no entregó ni un solo centímetro. Tuvo una única oportunidad de quiebre, en el cuarto juego, y no la aprovechó. No importó. Llevó el parcial al tie-break, ese territorio donde suele imponerse su frialdad.

Allí se vio la diferencia entre un veterano de grandes batallas y un debutante en estas alturas. Zverev jugó el desempate casi sin fisuras, manejó los puntos largos, eligió bien los riesgos y lo cerró 7-2. Dos sets arriba, con el recuerdo de la final del US Open 2020 flotando en el ambiente, cuando dejó escapar una ventaja idéntica. Esta vez, no tembló.

El arreón americano… y la respuesta del campeón

El partido cambió de tono en el tercer set. Shelton, empujado por 24.000 aficionados que se negaban a rendirse, empezó por fin a morder al resto. Subió la intensidad, ajustó los tiros, atacó con más convicción el segundo servicio del alemán y generó opciones reales.

A la tercera oportunidad de quiebre, logró romper. El estadio estalló. Por primera vez en toda la tarde, la presión se instaló claramente del lado de Zverev. El estadounidense se aferró a esa ventaja, sostuvo su servicio y cerró el set. La final, que parecía encaminada, volvía a abrirse.

Ese fue el momento clave. Donde en 2020 se derrumbó, en 2026 se afirmó.

Zverev salió al cuarto set con una determinación distinta. Ajustó sus direcciones al saque, redujo errores, volvió a castigar el revés de Shelton y recuperó el control territorial del partido. El quiebre temprano apagó el ruido. Cada punto ganado por el alemán sonaba a golpe de realidad sobre el cemento de Arthur Ashe.

Shelton siguió buscando golpes ganadores, pero ya iba a contracorriente. Zverev, con la mirada fija, encadenó juegos, protegió su servicio y no ofreció resquicios. El 6-2 final reflejó con crudeza la diferencia de jerarquía en los momentos decisivos.

Un final extraño, un gesto liberador

El desenlace tuvo incluso un punto insólito. En la bola de campeonato, el resto de Shelton se marchó largo. Zverev no celebró. Miró al juez, miró al marcador, dudó. Solo cuando su equipo le señaló el resultado, rompió en una sonrisa amplia, casi incrédula.

Había ganado otro Grand Slam. En Nueva York. Ante un público que había llegado para festejar a un héroe local y terminó contemplando la consagración definitiva de un alemán de 29 años que, durante mucho tiempo, vivió al borde del “casi”.

En la ceremonia, miró a su box, liderado por su padre Alexander senior y su hermano Mischa, y puso en palabras el peso de la historia familiar: treinta años sin un gran título, dos en tres meses. Habló de trabajo, de sufrimiento, de dolor acumulado. Y de 2026 como la consecuencia de todo lo anterior.

La pregunta ya no es si Alexander Zverev será capaz de ganar un grande. Es otra, mucho más incómoda para el resto del circuito: con Sinner y Alcaraz llamados a dominar la próxima década, ¿cuántas veces más se colará el alemán en la fiesta para llevarse el trofeo?