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Alexander Zverev busca cerrar el grifo de la esperanza americana en el US Open

Alexander Zverev sabe mejor que nadie lo que es vivir a la sombra de un Grand Slam que nunca llega. Años de espera, finales perdidas, heridas abiertas. Esa etapa se acabó en Roland Garros. Y ahora, con el hambre intacta, quiere prolongar la sequía… pero para el tenis masculino estadounidense.

El alemán jugará su segunda final de major de la temporada tras imponerse a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) en las semifinales del US Open, una victoria trabajada, a ratos sufrida, pero que confirma su nueva dimensión competitiva.

Zverev, de la herida de 2020 a la madurez

La Arthur Ashe ya le debe una. En 2020 tuvo el título en la mano: dos sets arriba ante Dominic Thiem y un desenlace que aún hoy le cuesta digerir, resuelto en un tie-break del quinto set que le dejó marcado. Esta vez, con dos mangas de ventaja, no tembló.

Zverev, durante años etiquetado como “el mejor jugador sin Grand Slam”, rompió ese cartel en París. Desde entonces, su trayectoria en los grandes es demoledora: final en Wimbledon, ahora final en Nueva York, y un balance de 24 victorias y solo 2 derrotas en majors esta temporada. Son números de número uno, respaldados por algo más intangible: la sensación de que, por fin, todo encaja.

“Sentí que había tenido muchas dificultades a nivel de Grand Slam. Estuve tan cerca tantas veces y quizá este año Dios ha dicho que este va a ser tu año, disfruta en la pista”, explicó el alemán, que ha encontrado calma donde antes solo había tensión.

Un número uno a base de maratones

Curiosamente, su US Open empezó de forma caótica. Primer cabeza de serie en un grande por primera vez, tras la baja de Jannik Sinner por lesión de rodilla, Zverev tuvo que irse a cinco sets en las dos primeras rondas, ante Lorenzo Sonego y Quentin Halys. Casi nueve horas y media de tenis a cara de perro.

Él mismo admitió que, después de ese segundo partido, en su equipo se lo tomaron con ironía. “Nos reímos de lo mal que estaba jugando”, confesó. Esa válvula de escape le sirvió. Desde entonces, su nivel ha subido en vertical: 13 sets consecutivos ganados, solidez en los momentos clave y una autoridad que no siempre le acompañó en su carrera.

Ante Khachanov, esa nueva versión volvió a aparecer cuando más quemaba la pelota.

Khachanov aprieta, Zverev resiste

El ruso llegaba como tapado, con un balance negativo de victorias y derrotas en la temporada, pero con un torneo impecable en Nueva York. Buscaba su primera final de Grand Slam en la que ya es su tercera semifinal grande, la segunda en Flushing Meadows.

El partido arrancó con Zverev mandando. Primer set para el alemán, 6-3, sin grandes sobresaltos. Khachanov parecía fuera de ritmo, desbordado por la consistencia del número uno del cuadro.

Ahí cambió el guion. El ruso elevó su nivel tras ceder el primer parcial y verse 2-0 abajo en el segundo. Empezó a pegar más limpio, a encontrar ángulos, a castigar el revés del alemán. Logró por fin romper el saque de Zverev y equilibrar la manga. Ya no había margen, todo se iba a decidir en detalles.

El tie-break del segundo set fue una batalla. Khachanov salvó las dos primeras bolas de set de Zverev, se negó a ceder, pero el alemán aguantó. El punto que lo decidió lo explica todo: un peloteo de 34 golpes, tensión pura, que Zverev cerró con una mezcla de paciencia y agresividad. Ese intercambio no solo valió un set. Valió medio partido.

El ruso, lejos de venirse abajo, siguió empujando. En el desempate del tercer set llegó a mandar 3-0 y luego 5-2. Tenía el parcial en la mano, la posibilidad de abrir un nuevo escenario, de llevar al alemán a un cuarto set incómodo, con fantasmas del pasado rondando.

Zverev no se lo permitió. Encadenó puntos, ajustó el servicio, apretó con la devolución y terminó por girar el marcador para cerrar el encuentro en otro tie-break de máxima tensión. No brilló siempre, pero fue implacable cuando la noche lo exigió.

Khachanov se marcha con la sensación de que, con este nivel en los dos últimos sets, habría podido tumbar a Zverev en las primeras rondas del torneo. Pero el tenis no entiende de hipótesis, solo del marcador final.

El sueño americano, en la mira

Al otro lado del cuadro, Ben Shelton y Frances Tiafoe se jugaban el billete para la final en un duelo con aroma de evento principal, en el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre. Dos favoritos del público, un país entero pendiente y una estadística que pesa: Estados Unidos no celebra un campeón masculino de Grand Slam desde Andy Roddick en 2003, precisamente en Nueva York.

Shelton y Tiafoe ya saben lo que es pisar las semifinales en Flushing Meadows, pero ninguno ha disputado una final de major. De ese cruce saldrá el hombre llamado a encarnar el nuevo “sueño americano” del tenis.

Zverev lo tiene claro. “Ojalá pueda no hacer realidad el sueño americano”, soltó, con una sonrisa que sonó a advertencia.

El lunes por la mañana (AEST), el alemán buscará su segundo título grande del año frente a uno de los dos estadounidenses. Llega con la confianza de quien ha aprendido a sufrir, de quien ya no se derrumba cuando el partido se le tuerce. Llega, sobre todo, con una cuenta pendiente con esta pista.

La pregunta ya no es si Zverev puede ganar un Grand Slam. Eso quedó atrás en París. La cuestión es otra: ¿será también en Nueva York el hombre que, por fin, cierre el grifo de la esperanza americana?