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Zverev avanza a la final del US Open tras vencer a Khachanov

Alexander Zverev ya está donde llevaba años llamando a la puerta: en la final del US Open. Lo hizo a su manera, con cicatrices, con dudas superadas sobre la marcha y con un servicio que, cuando quemaba la pelota, se convirtió en salvavidas. Venció a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) en un duelo que se decidió en los márgenes, en esos puntos que separan al aspirante del que se queda mirando.

El alemán no firmó un partido perfecto. Ni falta que le hizo. Dobló en dobles faltas a su rival, seis por tres. Pero donde otros se encogen, él apretó el gatillo: 15 aces frente a los seis del ruso y una media de segundo saque de 112 millas por hora, casi 20 más que Khachanov. Esa agresividad, casi temeraria por momentos, le sacó de varios agujeros y terminó construyendo el puente hacia el domingo.

El servicio como declaración de intenciones

El encuentro se jugó muchas veces en la cabeza de Zverev. Sabía que el margen para especular era mínimo. Cada vez que el alemán se asomaba al precipicio, aparecía el cañón. No solo por los puntos directos, sino por la sensación de autoridad: el segundo saque, normalmente territorio de nervios, se convirtió en un arma con la que marcó territorio.

Khachanov no se rindió nunca. De hecho, tuvo las riendas de los dos últimos sets en los momentos más calientes. Mandó en los desempates del segundo y del tercero, acarició el cuarto set y obligó a Zverev a jugar con la soga al cuello. El ruso se fue del torneo sabiendo que había estado a un par de puntos de cambiar la historia de la noche.

En la red, su estadística fue casi impecable: ganó 13 de 14 puntos posibles cuando decidió subir. Cada incursión era una declaración de valentía, un cambio de guion ante un rival que dominaba desde el fondo. Desde atrás, también dejó golpes de peso pesado, con derechas profundas que arrancaron rugidos de la grada.

Los tie-breaks, territorio de campeón

El partido se encendió de verdad en los desempates. Hasta entonces, Zverev había impuesto cierta autoridad, pero en los tie-breaks el duelo se convirtió en un examen de nervios. En el tercero, con 2-4 abajo, el ruso parecía jugar liberado, sin carga emocional, mientras el alemán mostraba las primeras señales de tensión.

La escena era clara: Zverev fallaba, Khachanov soltaba el brazo. El ruso llegó a colocarse 5-2 en el juego decisivo del tercer set y tuvo dos puntos al servicio para forzar la cuarta manga. La grada se preparaba para una noche más larga.

Entonces apareció el Zverev que tantas veces se echó en falta en las grandes citas. Primero, un winner cruzado tras un globo que le había empujado hacia atrás, su 37º golpe ganador del partido, un latigazo que cambió la energía del estadio. Luego, punto a punto, fue cerrando la herida hasta rematar con su 15º ace, el último del duelo, en el momento más cruel para Khachanov. Un misil que dejó helado al ruso y desató la incredulidad en la cabina de comentaristas.

De la autocrítica a la final

Lo que se vio sobre la pista tiene un contexto que el propio Zverev explicó tras el partido. Recordó una madrugada del torneo, después de la segunda ronda, sentado en el vestuario con su equipo a las tres de la mañana. No había épica, ni discursos grandilocuentes. Había risas. Risas sobre lo mal que estaba jugando.

Ese humor, casi de defensa propia, fue el punto de partida. En los entrenamientos empezó a sentir mejor la pelota, a encontrar ritmo y confianza. El cambio se notó. Cada ronda fue puliendo al jugador que hoy se planta en la final con un tenis mucho más afilado que el del inicio del torneo.

Zverev no esconde que ha sufrido en los Grand Slams. Ha estado cerca muchas veces, ha sentido la puerta cerrarse en la cara. Por eso la frase que dejó en la pista sonó a mezcla de alivio y ambición: quizá, dijo, este sea el año en el que Dios ha decidido que le toca a él, que disfrute su tiempo en la pista. Y se le ve disfrutando, cómodo en el ruido, encantado de jugar estos grandes escenarios.

Un domingo contra el sueño americano

En la final le espera un estadounidense: Frances Tiafoe o Ben Shelton, dos jugadores que el público neoyorquino ha adoptado como propios. Zverev lo sabe y no se engaña. Sabe que el domingo Flushing Meadows rugirá por el otro lado de la red.

Lo dijo sin rodeos: será un día especial, con dos favoritos de la grada peleando por su “sueño americano”. Y dejó caer su objetivo con una sonrisa afilada: intentar que ese sueño no se cumpla.

Mientras tanto, Karen Khachanov abandonó la pista entre aplausos, firmando autógrafos, con la sensación agridulce del que ha hecho un gran torneo pero se marcha con oportunidades perdidas en la mochila. Su carrera recibe un impulso claro: volverá a escalar en el ránking tras esta semifinal, aunque la noche le recordará durante un tiempo todo lo que tuvo en la mano.

En el otro lado, Zverev se marcha a descansar sabiendo que ya no hay red de seguridad. El domingo no se trata de jugar bien a ratos, ni de sobrevivir a base de saques. Se trata de responder a una pregunta que le persigue desde hace años: ¿está por fin listo para adueñarse de un Grand Slam?