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Alexander Zverev avanza a la final del US Open tras vencer a Khachanov

Alexander Zverev ya juega a otra cosa. El alemán, número uno del cuadro en Nueva York, se metió en su tercera final consecutiva de Grand Slam tras imponerse con autoridad a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) en el US Open. Un triunfo sólido, maduro, de jugador que se sabe favorito… y lo asume.

El dueño del escenario

Zverev aterrizó en Flushing Meadows con una etiqueta nueva: campeón de Roland Garros en junio, finalista de Wimbledon en julio ante Jannik Sinner, y con la sensación de que, por fin, su tenis y su cabeza marchan en la misma dirección. Con Sinner y Carlos Alcaraz lastrados por las lesiones, el alemán ha ocupado sin titubeos el hueco en la cima.

Su arranque de torneo, eso sí, fue cualquier cosa menos brillante: cinco sets en las dos primeras rondas, partidos interminables, dudas. Él mismo lo reconoció después:

Contó que tras la segunda ronda, a las tres de la madrugada, estaba sentado con su equipo en el vestuario riéndose “de lo mal” que estaba jugando. Ese desahogo, esa capacidad para quitar hierro en plena tensión, marcó un punto de inflexión. Desde entonces, no ha vuelto a ceder un solo set.

Un primer golpe sin respuesta

Ante Khachanov, Zverev salió decidido a mandar. Dominó el primer set con un servicio casi intocable: ganó 13 de 15 puntos con su primer saque y se mostró perfecto en la red, nueve de nueve en puntos jugados allí. Rompió el servicio del ruso para ponerse 5-3 y cerró el parcial con la frialdad de quien ya conoce estas alturas del torneo.

Khachanov, número 50 del mundo, no se rindió. No está en su naturaleza. Pero cada vez que intentaba asomar la cabeza, se encontraba con un muro al otro lado.

El segundo set, al límite

El ruso reaccionó en la segunda manga. Aunque volvió a ceder un quiebre temprano, se agarró al partido, recuperó el servicio y empezó a golpear más profundo, más valiente. El intercambio se volvió más físico, más largo, más de desgaste.

El set desembocó en un desempate y ahí se vio la mejor versión de Khachanov: salvó una bola de set con un revés cruzado sensacional para culminar un peloteo de 22 golpes. Una joya. El estadio rugió.

Pero el partido ya tenía dueño. En un punto clave del tie-break, Zverev dio un paso adelante, se metió en pista y tomó la iniciativa. Volvió a fabricar una bola de set y esta vez no la dejó escapar, sosteniendo el intercambio desde el fondo con una defensa magnífica hasta que el ruso cedió. Dos sets a cero y la sensación de que el número uno del cuadro tenía la noche bajo control.

Tensión máxima en el tercer set

El tercer parcial fue una batalla silenciosa. No hubo una sola bola de break. Saques precisos, nervios contenidos, cada punto jugado con la conciencia de que un error podía cambiarlo todo. Zverev no aflojó. Khachanov tampoco.

El desenlace, de nuevo, se fue al tie-break. Y ahí, por un instante, pareció que el guion cambiaba. El ruso entró mejor, tomó ventaja y se generó dos bolas de set. Dos oportunidades para alargar la noche, para abrir una rendija a la remontada.

Zverev respondió como responden los campeones: sin temblar. Salvó ambas con decisión, encadenó puntos, cerró la puerta de golpe y ya no miró atrás. El último error, un derechazo largo de Khachanov, selló la victoria del alemán.

Un gesto y una cuenta pendiente

Tras el punto final, Zverev se giró hacia su equipo, brazos abiertos, celebrando su sexta final de Grand Slam. Después, el protocolo: saludo en la red con Khachanov, rostro serio, respeto mutuo. Trabajo hecho.

El triunfo le devuelve a la final del US Open, escenario donde en 2020 vivió una de las derrotas más dolorosas de su carrera, aquella final a cinco sets ante Dominic Thiem que se le escapó cuando parecía ganada.

Cuatro años después, vuelve a ese mismo domingo con otra piel, otro palmarés y otra autoridad. Le espera el ganador del duelo entre Ben Shelton y Frances Tiafoe, dos ídolos locales, dos favoritos del público.

Zverev lo sabe: la pista puede ir con ellos. El momento, ahora mismo, va con él.