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Alexander Zverev avanza a otra final de Grand Slam

Durante más de una hora en el Arthur Ashe Stadium, la semifinal masculina transcurrió sin grandes pulsaciones. Ambiente tibio, puntos previsibles, una superioridad clara. Hasta que, de pronto, apareció algo de tensión. Habían pasado ya 107 minutos cuando Karen Khachanov, desbordado durante buena parte del duelo, se aferró al partido y obligó a un tie-break en el segundo set. Ahí, por fin, el encuentro pareció una semifinal de Grand Slam.

Con un set abajo y habiendo cedido el servicio, el ruso empezó a golpear más libre, a arriesgar con la derecha y a encontrar ángulos. En el desempate, con 5-6 y saque, salvó la primera bola de set con un derechazo ganador a la línea. Unos puntos después, con 6-7, conectó un passing de revés cruzado, perfecto, que acompañó con un rugido desafiante. Por un instante, Arthur Ashe despertó.

Hace unos años, ese tipo de momento podía descomponer a Alexander Zverev. Hoy, no. El alemán ha jugado demasiados partidos grandes esta temporada como para dejarse intimidar por un arreón aislado de un rival de menor ranking. Respiró, ajustó el servicio, volvió a mandar con el revés y cerró la puerta de golpe. Se llevó ese segundo tie-break con sangre fría y calcó el guion en el tercero para imponerse por 6-3, 7-6(7), 7-6(6), colocándose a un solo partido de su segundo título de Grand Slam en sus tres últimos grandes.

Tres finales consecutivas de Grand Slam.

Es un dato que define el momento de Zverev. Desde su primer gran título en Roland Garros hasta su estreno en la final de Wimbledon este verano, el alemán ha encadenado presencia constante en las últimas rondas. En Nueva York, donde disputó su primera final de Grand Slam en 2020 y dejó escapar una ventaja de dos sets ante Dominic Thiem en plena era Covid y a puerta cerrada, regresa ahora para pelear por el trofeo en su sexta final grande.

El favoritismo era suyo, sí, pero el cruce no era un trámite garantizado. El actual número 50 del mundo, Khachanov, tiene un historial que desmiente ese ranking: ex número 8, campeón del Paris Masters en 2018, plata olímpica en Tokio 2020 precisamente por detrás de Zverev. Además, llegaba con un cara a cara respetable: 6-3 favorable al alemán, pero con una victoria reciente del ruso el año pasado en Canadá. No era un desconocido ni un convidado de piedra.

Sin embargo, la diferencia apareció donde más duele en este nivel: en los golpes básicos. El servicio de Zverev marcó el territorio desde el inicio, le regaló puntos rápidos y le permitió jugar casi siempre desde posiciones cómodas. Desde el fondo, su revés volvió a ser un metrónomo y la derecha, sin ser explosiva, le bastó para abrir pista y castigar la falta de consistencia de Khachanov. El ruso, obligado a arriesgar más de la cuenta, vio cómo su derecha se convertía en un problema recurrente: errores en serie, sobre todo en los momentos clave del segundo y el tercer set.

Cada vez que Khachanov insinuaba una reacción, la derecha le traicionaba. Cada vez que el ruso dudaba, Zverev apretaba con el saque. Esa fue la constante. El alemán no necesitó un tenis brillante, sino fiable. Y lo tuvo.

El contexto del torneo también ha jugado a su favor. En Roland Garros, la eliminación temprana de Jannik Sinner, la ausencia por lesión de Carlos Alcaraz y las dificultades de Novak Djokovic en el tramo final de su carrera dejaron una pregunta flotando durante dos semanas: ¿quién podía frenar a Zverev? En Nueva York, el cuadro ha vuelto a despejarle el camino. Sus rivales de mayor ranking hasta la final han sido el número 22, Luciano Darderi, y el 28, Alejandro Tabilo. Si acaba levantando el trofeo del US Open, habrá conquistado sus dos primeros grandes sin enfrentarse a un solo top-8.

Se le puede restar brillo por la falta de “gigantes” en su ruta. Pero hay una realidad inapelable: un tenista solo puede ganar al que tiene delante. Y Zverev lo ha hecho con autoridad. Después de sufrir dos partidos a cinco sets en las primeras rondas, no ha vuelto a ceder una manga. Ha impuesto jerarquía, físico y una serenidad que antes no siempre encontraba en este tipo de escenarios.

La final le ofrecerá un duelo con sabor local, ya sea ante Ben Shelton o Frances Tiafoe. Contra ambos, las estadísticas hablan casi por sí solas: 15 victorias y una sola derrota en el cara a cara global, y ese tropiezo ante Tiafoe se remonta a hace nueve años. Son números que alimentan la confianza de un jugador que, por primera vez, parece sentirse plenamente dueño de su historia en los grandes.

Curiosamente, todo esto ha ocurrido en una de las semifinales de Grand Slam masculino con menos ruido mediático de los últimos tiempos. Ni gran expectación, ni ambiente de cita ineludible. La polémica con la reventa de entradas y los precios desorbitados durante el torneo ha sido uno de los temas recurrentes en Flushing Meadows, pero en este partido no hubo riesgo de especulación: las localidades llegaron a ofrecerse por apenas 21 dólares (unos 15,50 euros) en plataformas como StubHub antes del inicio.

Un contraste llamativo para un jugador que encadena finales y que, con cada paso, se instala un poco más en la élite histórica del circuito. Zverev ya está otra vez en el último domingo de un grande. Ahora solo le falta responder a la única pregunta que importa: ¿está preparado, por fin, para que esta racha de finales se convierta en una era de títulos?