logo

Zimbabwe resiste a Namibia en un thriller en Windhoek

Zimbabwe salió vivo de un final de infarto en Windhoek. Ganó por apenas cinco carreras, pero el marcador no cuenta toda la historia de un partido que cambió de dueño varias veces y que, durante unos minutos, pareció completamente perdido para ambos lados.

El equipo visitante pasó de un 101/6 preocupante a un imponente 195/6. Namibia, que en la apertura del triangular había sorprendido a South Africa, se hundió hasta un 76/6 casi definitivo en la persecución. Y, de pronto, el juego explotó.

De la caída al contraataque

Zimbabwe, enviado a batear primero, arrancó con descaro. Ben Curran y Brian Bennett marcaron el tono desde el inicio, atacando en la zona de Powerplay y sumando 64 carreras para el primer wicket. El plan funcionaba: iniciativa, ritmo alto y presión sobre los lanzadores locales.

Pero el último balón del Powerplay cambió el aire. Bennett, que había anotado 32 de 21 bolas, top-edgeó un pull ante JJ Smit y cayó en deep midwicket. El golpe abrió una brecha que Namibia aprovechó con ferocidad.

En el over siguiente, Bernard Scholtz se llevó a Dion Myers. Poco después, Gerhard Erasmus dio el zarpazo más grande del turno: Sikandar Raza, eliminado con golden duck. Curran cayó en el noveno over y Erasmus volvió a aparecer para sacar del camino a Wesley Madhavere. En un abrir y cerrar de ojos, Zimbabwe se desplomó hasta 79/5 en el décimo over. El escenario era claro: o reaccionaban, o se quedaban muy por debajo de un total competitivo.

Ahí entraron en escena Ryan Burl y Brad Evans.

Los dos construyeron la alianza que cambió el partido: 94 carreras en apenas 48 bolas. Sin estridencias al principio, pero con una intención evidente de reconstruir y, al mismo tiempo, no dejar que el ritmo de anotación muriera. Cada boundary era un recordatorio de que Zimbabwe seguía con vida.

La apuesta decisiva llegó en el cierre. Namibia optó por volver al spin para el último over. Costó caro. Burl se lanzó sin contemplaciones sobre Erasmus: un seis y tres fours consecutivos, 20 carreras en el over y un final demoledor que llevó el total hasta 195/6. De un posible colapso a un marcador que imponía respeto.

El renacer de Namibia… y el último golpe de Evans

Con casi 200 por perseguir, Namibia necesitaba una respuesta sólida. No la encontró. El inicio de la persecución fue un calvario. Los wickets cayeron en cascada, el marcador se frenó y, cuando el tablero marcó 76/6, el partido parecía sentenciado.

Parecía.

Porque desde el séptimo wicket, Zane Green y Alexander Volschenk cambiaron por completo el guion. Lo que siguió fue un asalto. Un stand de 109 carreras en solo 49 bolas, pura agresividad, lectura fina del campo y una fe que encendió al público local. Cada golpe reducía la distancia, cada over alimentaba la sensación de que Namibia podía firmar otra remontada memorable en el triangular.

Zimbabwe, que hasta entonces había manejado con cierta comodidad la defensa del total, empezó a sentir el peso del momento. La presión se desplazó al lado visitante. Los lanzadores fallaron líneas, el campo se abrió y Namibia olió sangre.

La persecución, que había nacido rota, llegó viva al último over. La diferencia era mínima, el ruido en Windhoek, ensordecedor. Todo se reducía a seis bolas. Brad Evans tomó la pelota.

El mismo Evans que había sido clave con el bate junto a Burl asumió la responsabilidad final con el balón. Tenía que contener un impulso que parecía imparable. Esta vez, Zimbabwe no titubeó. Evans ejecutó con frialdad, limitó los golpes grandes y cerró la puerta justo cuando Namibia estaba a un paso de completar una de las remontadas más espectaculares del torneo.

Cinco carreras. Ese fue el margen. Minúsculo en el papel, gigantesco en términos de carácter.

Zimbabwe se marcha de Windhoek con un triunfo que vale más que dos puntos en la tabla: sobrevivió a un colapso temprano, encontró héroes en Burl y Evans y resistió el arreón furioso de Green y Volschenk. Namibia, por su parte, demostró que su victoria ante South Africa no fue casualidad y que, incluso con el partido casi perdido, tiene recursos para poner contra las cuerdas a cualquiera.

Si este es el nivel del triangular, lo que viene promete aún más tensión. Y, visto lo visto, nadie estará tranquilo hasta la última bola.