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Wasim Akram llama a la calma en la rivalidad India-Pakistán

Wasim Akram ha visto de todo en un India–Pakistán. Ha jugado en Karachi, en Chennai, en World Cups y Asia Cups, en noches en las que medio subcontinente dejó de respirar durante unas horas. Y quizá por eso, precisamente por haber vivido la rivalidad en carne propia, hoy levanta la voz para pedir algo tan simple como difícil: bajar las armas emocionales.

En el podcast 1 Mint, el mítico ex capitán paquistaní lanzó un mensaje directo a las aficiones de ambos lados de la frontera, harto de ver cómo cada partido se convierte en una extensión de viejos conflictos. “Es solo un maldito juego. Al final del día es solo un partido. Alguien tiene que ganar, alguien tiene que perder. Y pasar al siguiente”, sentenció, sin rodeos.

Para Akram, el problema ya no está solo en el campo. El verdadero ruido vive en las redes sociales, donde cada India–Pakistán se juega una segunda vez, mucho más sucia, mucho más rencorosa. “La gente tiene demasiado tiempo. Lo que pasó hace muchas lunas sigue rondando. La venganza y todo eso es muy de 1970”, disparó, apuntando a esa mentalidad que, según él, convierte “la mente vacía en el taller del diablo”.

Su receta es tan vieja como el deporte y tan vigente como nunca: un equipo gana, el otro pierde, y ambos siguen adelante. Nada más. Nada menos.

Un joven Irfan Pathan, un ídolo y unas lecciones en Australia

En medio de esa reflexión sobre la rivalidad, Akram abrió una ventana al pasado y rescató una historia que explica bien el otro lado de India–Pakistán: el del respeto, la admiración y la influencia mutua.

Retrocedamos a 2004. Primer tour de Irfan Pathan a Australia. Akram, ya retirado, está en la cabina de comentarios. El joven zurdo indio, que había crecido viendo a los grandes pacers de Pakistán, se le acerca. Era fan. Muy fan.

“Irfan me conoció en 2004 en su primera gira a Australia; yo estaba comentando. Era un gran admirador. Creció viéndonos. Le di algunos consejos aquí y allá, y le fue bien al principio de su carrera”, recordó Akram.

La comparación era inevitable. Acción similar, brazo izquierdo, la pelota que se mueve en el aire. Pero Akram dejó claro que su ayuda no pasó por rehacerle la mecánica, sino por afinarle la cabeza.

“Su acción era similar a la mía desde el principio. Cuando un jugador te pregunta algo, lo que le dices es sobre todo mentalidad. La acción ya está, porque a ese nivel ya representas a tu país”, explicó. Habló de posición de muñeca, de cómo leer al bateador, de cuándo usar las variaciones y cuándo no. Detalles finos. Oficio puro.

“Fue divertido. Irfan es un buen chico; todavía sigue viéndome”, añadió, con una mezcla de orgullo y complicidad.

Pathan, con el tiempo, justificó cada comparación. Se convirtió en uno de los mejores zurdos indios de los 2000, capaz de hacer bailar la nueva pelota y aportar con el bate, hasta consolidarse como un all-rounder clave.

Pathan, verdugo habitual de Pakistán

La ironía del deporte: aquel chico que admiraba a Akram terminó siendo un tormento recurrente para Pakistán.

Irfan Pathan cerró su carrera con 67 wickets en 36 internacionales ante el eterno rival: 27 en Tests, 34 en ODIs y 6 en T20Is. Números que hablan de algo más que una buena racha. Hablan de un patrón.

Su obra maestra llegó en Karachi, en 2006. Primera over del Test. Tres bolas que quedaron para siempre en los resúmenes: Salman Butt, Younis Khan y Mohammad Yousuf, uno tras otro. Hat-trick. Solo el segundo indio en lograrlo en un Test, y nada menos que en Pakistán.

Ese tipo de actuaciones alimentaron la narrativa, reforzaron la rivalidad, hicieron de cada India–Pakistán un episodio más cargado que el anterior.

Con el retiro, Pathan no se ha escondido. Todo lo contrario. Se ha convertido en una de las voces más contundentes del críquet indio en televisión y redes sociales. No ha dudado en apuntar a Pakistán o a sus jugadores tras partidos calientes, especialmente después de derrotas o victorias de alto voltaje.

Akram, sin embargo, se lo toma como parte del juego. Bromeó con que aquel joven admirador ahora “tuitea una cosa u otra contra Pakistán”, pero dejó claro que el problema real no son las figuras públicas, sino la reacción en cadena.

“Nuestros aficionados también están listos. No tienen la tendencia de ignorar. Tienen que contestar”, dijo, describiendo esa dinámica casi automática en la que cualquier comentario se convierte en munición para la trinchera opuesta.

Rivalidad sí, odio no

El mensaje de Akram no pide rebajar la intensidad competitiva. Nadie conoce mejor que él lo que significa entrar a un India–Pakistán con el corazón acelerado y la presión de millones sobre los hombros. Lo que cuestiona es el salto que dan algunos aficionados: del resultado deportivo al ajuste de cuentas histórico.

Para el ex capitán, el guion debería ser mucho más simple: se juega, se sufre, se celebra o se lamenta… y se pasa página. Sin convertir cada derrota en una herida nacional ni cada victoria en un arma política.

En una época en la que cada encuentro entre India y Pakistán genera horas de debate en platós, campañas en redes y oleadas de insultos cruzados, la voz de alguien como Wasim Akram suena casi contracultural. Pero la pregunta queda flotando, incómoda, sobre el próximo gran choque: ¿será posible, alguna vez, que el clásico más eléctrico del críquet vuelva a ser solo eso, un partido de críquet?