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US Open: Boulter cae ante Muchova en segunda ronda

Bajo el techo de Louis Armstrong, sin escapatoria posible, la temporada de grand slams de Katie Boulter se apagó de golpe. Bajo un aguacero que paralizó casi todo el Billie Jean King National Tennis Centre, la británica sufrió una derrota durísima: 6-1, 6-0 ante la séptima cabeza de serie, Karolina Muchova, en segunda ronda del US Open.

Muchova, impecable; Boulter, desbordada

El plan original era otro. Boulter y Muchova debían jugar en la pista 17, después del duelo masculino entre el joven Rafael Jodar y Yunchaokete Bu. La lluvia lo cambió todo. Con las pistas exteriores anegadas, el torneo las trasladó con urgencia al cobijo de Louis Armstrong Stadium. Nuevo escenario, nuevo ruido, misma exigencia.

Muchova se adaptó en un suspiro. Boulter, no.

La checa desplegó ese tenis elegante y completo que la ha llevado a la élite: cambios de ritmo, ángulos imposibles, toques sutiles, una lectura perfecta de la pista. Boulter apenas encontró aire. No hubo intercambio de golpes, sino un monólogo. El marcador lo contó sin piedad: solo un juego ganado en todo el partido.

La británica reconoció después que nunca llegó a sentirse cómoda. El ruido constante del público, tan característico del US Open, la descolocó desde el primer punto: el murmullo no se apagó en el momento del saque, como suele ocurrir en otros grandes escenarios. El ambiente, más de espectáculo que de ceremonia, la pilló a contrapié.

“Ella fue mejor que yo hoy, seguro”, admitió. Habló de un “mal día en la oficina”, de dificultades para gestionar el techo, el bullicio, los pequeños detalles que, sumados, rompieron su concentración. No buscó excusas, pero sí dejó claro que el contexto le pesó más de lo habitual.

Un verano que lo cambia todo… y se frena

El contraste con los últimos meses es llamativo. Este verano ha sido, en lo personal, un punto de inflexión para Boulter, que se casó en julio con el jugador Alex de Minaur. En lo deportivo, el año arrancó con señales muy prometedoras: título en Ostrava, el cuarto de su carrera en el circuito WTA, regreso al top 60 y una victoria de prestigio ante la número 2 del mundo, Elena Rybakina, en Queen’s.

A partir de ahí, el motor se gripó.

Antes de su triunfo en primera ronda en Cincinnati el mes pasado, había encadenado cinco derrotas consecutivas, incluida una caída especialmente dolorosa en la primera ronda de Wimbledon, también en dos sets. La confianza, ese recurso invisible pero decisivo, se fue evaporando poco a poco.

En Nueva York, Boulter pisaba por primera vez una pista grande en partido oficial. Apenas había entrenado una vez en Louis Armstrong Stadium. El choque con la realidad fue brusco. Esperaba que el ruido se apagara con el primer punto; nunca lo hizo. Intentó reajustarse sobre la marcha, pero el partido se le escapó antes de encontrar respuestas.

Lo más inquietante no fue el marcador, sino la sensación de haber perdido una de sus señas de identidad: ella misma confesó que suele alimentarse de la atmósfera, del ruido, del calor del público. Esta vez, todo eso la distrajo. Un síntoma extraño en una jugadora que suele crecer en el caos.

La “grit” de Francesca Jones

Mientras Boulter digería el golpe, otra británica firmaba una de las victorias más importantes de su carrera. Francesca Jones, procedente de la fase previa, derrotó a la ex top 20 Magda Linette por 6-4, 1-6, 6-3 y se metió por primera vez en segunda ronda del US Open.

El partido fue una montaña rusa. Jones había brillado el martes para llevarse el primer set, pero la lluvia obligó a suspender el encuentro hasta el día siguiente. El miércoles, justo después del calentamiento, otra interrupción por el agua. Reanudación, cambio de guion: Linette salió disparada en el segundo parcial, dominó con autoridad hasta el 4-0 y forzó el tercer set con un contundente 6-1.

Jones tuvo que tirar de concentración y carácter. Habló de la forma en que la polaca había elevado su nivel al inicio del segundo set, casi intocable hasta ese 4-0, y de cómo el partido empezó a equilibrarse a partir de ahí. En sus palabras apareció una expresión que la define: “northern grit”, esa dureza del norte de Inglaterra que ella reivindica. Apretar los dientes, aguantar, esperar el momento.

En el tercer set, esa resistencia marcó la diferencia. Jones se mantuvo firme en los intercambios largos, gestionó mejor los nervios en los juegos clave y cerró una victoria que pesa mucho más de lo que indica el ranking.

Un año de golpes… y recompensa

El camino de Jones hasta este US Open ha sido todo menos sencillo. Tras irrumpir en el top 100 el año pasado, este curso se vio frenada por lesiones encadenadas y una conmoción cerebral fortuita que la dejó fuera de combate durante semanas. Ritmo roto, calendario fragmentado, dudas.

En julio, por fin, encontró continuidad en los entrenamientos. Llegaron los resultados: títulos consecutivos en torneos WTA 125 sobre tierra batida, una señal clara de que el nivel seguía ahí, solo necesitaba salud y tiempo. Con ese impulso aterrizó en Nueva York, donde superó tres rondas de clasificación antes de tumbar a Linette.

La recompensa es evidente: un triunfo de peso en un grande, confianza recuperada y la sensación de que, esta vez, el cuerpo le permite sostener el proyecto.

Choinski y Fearnley, sin premio; Jodar, arrollado

La jornada dejó también derrotas británicas en el cuadro masculino. Jan Choinski cayó por 6-3, 6-1, 7-6(5) ante Botic van de Zandschulp, incapaz de romper el dominio del neerlandés en los dos primeros sets y sin rematar sus opciones en el desempate del tercero. Jacob Fearnley, lucky loser, plantó algo más de batalla, pero terminó cediendo 6-3, 6-3, 3-6, 6-3 frente al 27º cabeza de serie, Tomas Etcheverry.

El gran golpe del día, sin embargo, llegó en la pista 17. Rafael Jodar, 19 años, uno de los nombres más repetidos en la previa del torneo, fue barrido de la pista por Yunchaokete Bu: 6-2, 6-1, 6-1. Un marcador que no deja espacio a matices y que frena, de momento, la narrativa en torno al joven español.

Entre techos cerrados, lluvias intermitentes y ruidos que no se apagan, el US Open volvió a mostrar su cara más salvaje: la que eleva a quienes aguantan la tormenta y desnuda a quienes llegan sin red de seguridad. Para Boulter, la pregunta ya no es qué pasó en Louis Armstrong, sino cuánto tardará en recuperar esa versión que, hace solo unos meses, parecía lista para instalarse definitivamente en la élite.