logo

UFC 331: El dilema entre ganar y entretener

En tiempos de pesos pesados y contratos millonarios, UFC 331 vuelve a recordar una verdad incómoda: en este negocio no basta con ganar, hay que entretener. Y si no lo haces, da igual tu récord.

Hace apenas dos semanas, en París, Michael “Venom” Page disputó su última pelea en UFC. Cerró su paso por la compañía con una victoria a los puntos, discreta hasta el bostezo, y un balance de 5-1 en el octágono. No hubo ruido. No hubo negociación. Ni siquiera un amago de oferta a la baja. Simplemente, puerta de salida.

Mientras tanto, este sábado en UFC 331, Tai Tuivasa saldrá a pelear con una losa que pesa más que cualquier rival: siete derrotas consecutivas desde 2022. Siete. Una racha que, en teoría, debería colocar a cualquier otro en la cuerda floja, mirando al exterior de la empresa. Pero ahí sigue. En cartelera, cobrando cheque y recibiendo a Robelis Despaigne en su regreso a la compañía, intentando no igualar la histórica racha negativa de ocho derrotas de Tony Ferguson.

El contraste es imposible de ignorar. Tuivasa ya ha perdido más combates seguidos de los que Page llegó siquiera a disputar en UFC. Y, sin embargo, uno continúa con trabajo y el otro se marcha sin siquiera escuchar una oferta. Eso dice algo. Y no precisamente sobre justicia deportiva.

La compañía lleva años dejando claro qué tipo de peleador quiere. Esto es deporte, sí, pero sobre todo es producto de entretenimiento. El pecado capital no es perder. El pecado capital es aburrir. Y peor todavía: ganar casi siempre… aburriendo.

Ese es el perfil que UFC no perdona. El tipo que ni se enfrasca en guerras ni permite que el rival lo haga. El que apaga cualquier chispa de caos, amarra la pelea y se lleva decisiones grises una tras otra. Ese, aunque gane, estorba al espectáculo. “Que lo disfrute otra promotora, que duerma a sus espectadores”, parece ser el mensaje.

Tuivasa representa justo lo contrario. Es el perdedor útil. El que cae, pero lo hace con ruido, con golpes, con sangre y con carisma. Tiene algo que muchos no pueden comprar: gente que lo quiere ver, incluso cuando pierde. O quizá precisamente por cómo pierde.

Su figura se ha construido tanto dentro como fuera de la jaula. Es simpático, cercano, un tipo con el que muchos aficionados se imaginan bebiendo cerveza. Literalmente. Esa imagen de fans brindando con él desde una zapatilla, la famosa “shoey”, ya forma parte del folklore del octágono. En Melbourne, tras una derrota clara por sumisión, salió del octágono cabizbajo y aun así lo esperaba un aficionado con una cerveza en una mano y un zapato en la otra. Esta vez Tuivasa rechazó el ritual con una simple mirada. Pero el gesto decía mucho: ni siquiera en la derrota más amarga sus seguidores querían renunciar a la celebración.

Para UFC, Tuivasa es un valor seguro en otro sentido. No en el del resultado, sino en el del guion. Se sabe exactamente qué va a ofrecer. Plantará los pies, lanzará bombazos, defenderá pocas derribos, se quedará sin aire si el combate se alarga, pero aguantará castigo por puro orgullo. No hay misterio. No hay táctica enrevesada. Hay riesgo, hay intercambio, hay highlight.

Un promotor puede trabajar con eso. Es previsible, moldeable. Miras la plantilla y, a grandes rasgos, puedes intuir qué peleas puede ganar y cuáles está destinado a perder. El problema empieza cuando ya ni siquiera gana las que, sobre el papel, debía sacar adelante. En mayo, en Australia, salió como claro favorito (-225) ante Louie Southerland y perdió por decisión unánime. Séptima derrota seguida. Y aun así, no hubo corte inmediato.

Ahora le toca ejercer de comité de bienvenida para Despaigne. Un pegador descomunal, relanzado tras noquear a Junior dos Santos en el evento de MVP en Netflix en mayo. El emparejamiento huele a algo muy concreto: darle a Despaigne un rival que se quede delante, que no busque derribos, que acepte el intercambio. Un escenario perfecto para un regreso explosivo. No suena precisamente a regalo para Tuivasa.

Así es como, en esta industria, se puede conservar el empleo incluso en medio de una racha de derrotas. Siempre que sigas siendo útil para el espectáculo. Mientras tanto, otros, demasiado efectivos y demasiado poco divertidos, se marchan casi en silencio.

Los peleadores entienden el mensaje. No hace falta que nadie en la oficina lo ponga por escrito. Esta misma semana, el excampeón Tyron Woodley lo explicó con crudeza en “The Ariel Helwani Show”.

“Me pegas, te pego. Rock ‘em, sock ‘em. Yo sangro, tú sangras. Casi me muero, casi te mueres. Nos abrazamos al final, levantamos las manos. Esa es la ‘mejor’ pelea”, dijo Woodley.

La descripción encaja con el molde Tuivasa. La guerra total, el intercambio sin red, el tipo de combate que UFC premia con bonos y con nuevos contratos. Pero Woodley remarcó el coste real de ese estilo. La factura siempre llega.

Incluso los que sobreviven y brillan en ese caos no pueden sostenerlo mucho tiempo. El rol de brawler, del guerrero que se juega la salud cada noche, es incompatible con la longevidad. Tarde o temprano, el cuerpo se rompe. O aparece alguien más joven, más barato y con menos preguntas.

“En cuanto se convierten en un saco de huesos, cuando están un poco más viejos y aparece un peleador más joven dispuesto a hacer lo mismo, con menos quejas y por menos dinero, los van a emparejar con ese tipo”, continuó Woodley. “Así funciona realmente el ciclo de este deporte”.

Nadie prometió que fuera justo. Ni limpio. En otros deportes, la ecuación es más sencilla: ganar es lo que manda. Aquí no basta con eso. Aquí el peleador tiene que ser mitad guerrero, mitad showman. Encontrar el punto exacto entre proteger su carrera y proteger su cerebro… sin dejar de ser atractivo para la empresa.

Tai Tuivasa llega a UFC 331 caminando sobre esa delgada línea. Sabe que un nocaut suyo puede volver a encender su nombre. Sabe también que otro tropiezo puede acercarlo al destino de tantos otros brawlers: sustituido por una versión más joven del mismo producto.

La pregunta, a estas alturas, ya no es solo quién gana o pierde el sábado. Es cuánto está dispuesto a sacrificar cada uno para seguir siendo, a ojos de UFC, algo más que un simple número en la columna de derrotas.