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Tyson Fury se considera maestro del ‘trash talk’: Conor McGregor copió mi estilo

Tyson Fury no solo se considera el rey de los pesos pesados. También se ve como el campeón absoluto del micrófono. Y, según él, Conor McGregor debería darle las gracias.

A lo largo de su carrera, el británico ha convertido cada pelea en un espectáculo completo. No solo por lo que hace entre las cuerdas, sino por todo lo que monta alrededor. Ahí está aquella inolvidable rueda de prensa de 2015, cuando apareció disfrazado de Batman antes de enfrentarse a Wladimir Klitschko. Ese día dejó claro que entiende el boxeo como algo más que golpes y guantes.

“Para mí, siempre ha sido fácil”, explicó Fury en declaraciones a ALF Global. “Hablar es lo que mejor hago. Si hubiera campeonatos mundiales de hablar, yo sería el campeón indiscutible”.

La frase no es casual. Fury vive de esa mezcla de talento, desparpajo y provocación que lo ha acompañado desde sus primeros días como profesional. Y cuando le plantean un hipotético torneo de “trash talk” que lo empareje con Conor McGregor, uno de los grandes agitadores verbales de la UFC, su respuesta no deja espacio a la duda.

“Sí, quizá, pero yo le enseñé”, soltó Fury. “Él me copió. Copió mi estilo”.

El británico se reivindica como pionero. Asegura que lleva “hablando mierda desde el principio. Desde hace mucho tiempo”. No lo hace, insiste, para meterse en la cabeza de sus rivales, sino porque entiende el boxeo como un gran escenario.

“Boxear es show business. Boxear es Hollywood. Boxear es una película”, explicó. Para Fury, el combate empieza mucho antes del primer tañido de la campana. “Los aficionados tienen que estar entretenidos, así que cuando se conectan y pagan un pay-per-view para ver pelear a Tyson Fury, la rueda de prensa, la previa… van a ver un espectáculo. Por eso vienen. Va a ser un show loco, algo va a pasar. Es como un circo”.

En ese terreno, McGregor ha llevado el concepto al extremo. Su personalidad desbordante le ha colocado en los titulares por motivos muy distintos a los deportivos. No ha tenido reparos en atacar la vida privada de sus rivales, lanzando dardos hacia las esposas de Khabib Nurmagomedov o Dustin Poirier, traspasando líneas que muchos consideran sagradas.

Ahí es donde Fury marca distancia. Él presume de no cruzar ciertos límites.

“No, nunca. Otra de mis reglas es que nunca hablo de la familia del boxeador, de su esposa, de sus hijos, de nadie”, afirmó. “Puedo reírme de un boxeador, pero nunca de su familia, porque ese boxeador es como yo en el negocio del espectáculo. Tiene que estar preparado para una ofensiva, así que nunca digo cosas sobre las familias de la gente ni nada. Es solo sobre mí y el boxeador, nada más”.

Fury separa el personaje del hombre. Y el negocio de lo personal.

“Para mí, el boxeo no es algo personal. Es un negocio. Así que, sea lo que sea que haya dicho en una rueda de prensa o en la previa de una pelea, no es personal”.

Entre el circo, el Hollywood de los puños y las guerras verbales, Fury traza su propia línea roja. Puede proclamarse maestro del “trash talk” y reclamar que McGregor aprendió viéndolo a él. Pero, en su código, la familia nunca entra en el combate.