La trayectoria de Shreevats Goswami: un talento desperdiciado en el cricket
A los 19 años y un día, un zurdo menudo, con guantes de wicketkeeper y una calma impropia de su edad, entró en la primera edición de la IPL y dio un golpe que parecía definitivo. Frente a un ataque de Delhi liderado por Glenn McGrath, Shreevats Goswami se plantó para Royal Challengers Bangalore, marcó 52 de 42 bolas y se llevó el premio al Jugador del Partido. Su equipo perdió. Él, en teoría, había ganado el futuro.
Venía caliente. Unas semanas antes había regresado de Malasia como campeón del mundo Sub-19 con India. En la semifinal ante Nueva Zelanda —un equipo que ya alineaba a Kane Williamson, Tim Southee, Trent Boult y Corey Anderson— fue el máximo anotador con 51. Virat Kohli, capitán de aquella generación destinada a marcar época, hizo 43. Al final de esa primera IPL, cayó otro reconocimiento: mejor jugador Sub-19 del torneo, el germen de lo que hoy se conoce como Emerging Player of the Season.
Todo apuntaba en una dirección. Y, sin embargo, la puerta grande de la selección absoluta de India nunca se abrió.
Un prodigio que no fue un fogonazo
Lo de Goswami no fue la típica historia de un torneo brillante y nada más. Antes del Mundial Sub-19 de 2008 ya había dejado huella en la gira juvenil de India: 97 ante Sudáfrica, 104 frente a Bangladesh. El Mundial solo confirmó lo que el circuito juvenil ya sabía. Aquel 51 en la semifinal contra Nueva Zelanda, en una persecución tensa y ante un grupo de futuros internacionales consolidados, lo colocó como una de las piezas clave del equipo de Kohli.
La IPL disparó el ruido. Medio siglo en su debut, justo después de cumplir 19, y premio al mejor Sub-19 del campeonato. El tipo de arranque que suele acelerar carreras, contratos y convocatorias. Pero el mejor argumento de Goswami para reclamar un nivel superior llegó cuando los focos adolescentes empezaron a apagarse.
En la Vijay Hazare Trophy 2009-10, el zurdo firmó 568 carreras en siete entradas para Bengal: tres siglos y un cincuenta. Máximo anotador de todo el torneo y 81 en la final contra Tamil Nadu. Tenía solo 20 años y ya acumulaba un Mundial Sub-19, un galardón en la IPL y el trono de máximo run-scorer en la principal competición doméstica de un día de India. El siguiente paso parecía una formalidad.
No lo fue.
Goswami miró atrás más tarde y habló de la “timing” de su carrera. No le llamaron para India A. Tampoco para el combinado India Emerging. Los números estaban ahí. La puerta, no.
Dhoni arriba, Saha al lado
Para un wicketkeeper-bateador que intentaba colarse en la India de aquella época, el problema era tan evidente como inamovible: MS Dhoni. Capitán, líder, símbolo y uno de los jugadores más influyentes del mundo. El puesto detrás de los palos en la selección estaba blindado.
En casa, en Bengal, el panorama no era mucho más despejado. Allí se topó con Wriddhiman Saha, que acabaría siendo el wicketkeeper titular de India en Test durante un periodo y el elegido habitual del estado. Entre Dhoni y Saha, el espacio para que Goswami se consolidara en su rol natural se redujo al mínimo.
Sus cifras en first-class cricket tampoco terminaron de romper la puerta. Cerró su carrera con 3.019 carreras en 61 partidos, a un promedio apenas por encima de 32. Respetable, sí. Irresistible para los seleccionadores, no. Aun así, hubo picos que explican por qué su nombre nunca terminó de desaparecer del radar.
En 2016, con Bengal en apuros ante Madhya Pradesh, firmó la mejor entrada de su vida en el formato largo: 225* que sostuvo prácticamente solo al equipo. Una demostración de resistencia y oficio.
En bola blanca, el argumento era incluso más sólido. En la Vijay Hazare 2014-15 acumuló 447 carreras en seis innings, promedio de 111,75, con dos siglos y dos medios siglos. Solo Manish Pandey anotó más en todo el torneo. Dos temporadas después, en la semifinal de la Vijay Hazare, se midió a un Jharkhand capitaneado por Dhoni y respondió con 101, asociándose con Abhimanyu Easwaran en una apertura de 198 carreras que llevó a Bengal a la final.
El talento estaba. La escena grande seguía sin llamarle.
India A, demasiado tarde
La oportunidad que parecía lógica tras aquella temporada de 568 carreras llegó casi una década más tarde. En 2017, con 28 años, Goswami por fin recibió la llamada de India A.
Otra vez, el reloj jugó en su contra. Dhoni aún seguía en activo y la nueva ola de wicketkeepers ya había irrumpido. Rishabh Pant formaba parte del ecosistema de India A y representaba el futuro inmediato en el puesto. El margen de error para Goswami era mínimo. Su paso por India A no se transformó en el salto definitivo. La gorra azul de la absoluta nunca apareció.
Su trayectoria en la IPL siguió un guion parecido. Tras aquel debut deslumbrante en 2008, nunca logró asentarse de forma permanente. Entre sus etapas en Royal Challengers Bangalore, Kolkata Knight Riders, Rajasthan Royals y Sunrisers Hyderabad, solo disputó 31 partidos y sumó 293 carreras. Demasiado intermitente para un torneo que no espera a nadie.
Hubo, eso sí, un pequeño cierre de círculo. En el Eliminator de la IPL 2020, Goswami entró en el XI de Sunrisers Hyderabad por la baja de Saha y terminó cazando el wicket de Kohli al inicio del duelo ante RCB. Más de doce años después de levantar juntos el Mundial Sub-19, sus caminos se cruzaban de nuevo, esta vez en extremos opuestos de la narrativa: uno como superestrella global, el otro como suplente que aprovechaba una ausencia puntual.
Talento, competencia y un reloj implacable
Goswami puso fin a su carrera de first-class en 2023. No hubo una gran lesión que lo destrozara. No hubo un escándalo que lo borrara del mapa. Su historia se escribió con ingredientes más silenciosos: la coincidencia con gigantes del puesto, la feroz competencia interna y una irregularidad que le negó el salto definitivo pese a sus picos altísimos.
Queda su hoja de servicio: campeón del mundo Sub-19, medio siglo en su debut en la IPL, primer ganador del premio que hoy conocemos como Emerging Player of the Season, máximo anotador de una Vijay Hazare Trophy entera. Un currículum que, en casi cualquier otra época o contexto, habría desembocado en una gorra de India.
En su caso, esa gorra nunca llegó. Y ahí, en ese vacío, se esconde una de las historias más elocuentes sobre lo caro que se paga un lugar en la élite del cricket indio moderno.






