Tenis británico: análisis tras el US Open
Cuarta vez en los últimos cinco Grand Slams que el tenis británico se queda sin representación en la segunda semana. Esta vez, en el US Open. Todos fuera antes de la tercera ronda. El titular invita al drama. El ambiente, curiosamente, no tanto.
Las decepciones en el Australian Open, Roland Garros y Wimbledon ya habían encendido las alarmas y provocado autocríticas públicas. En Nueva York, pese al mismo desenlace deportivo, el tono es distinto. Más matizado. Menos apocalíptico.
Francesca Jones, número tres británica, lo resume sin rodeos: hay cosas que mejorar, sí, pero no ve un incendio. «¿Creo que podría haber una investigación? Siempre pienso que el tenis británico puede hacer cosas mejor. Así que sí, definitivamente», admite. Y, acto seguido, rebaja el dramatismo: «¿Creo que es algo preocupante? No, para nada. El nivel está subiendo y todo el mundo es peligroso en su día».
La temporada de Grand Slam en individuales ya es historia. Lo que queda es un balance incómodo: luces puntuales, sombras persistentes y una pregunta de fondo que no se marcha: ¿está el tenis británico donde debería estar?
El faro de Wimbledon: Arthur Fery
En un año de golpes tempranos, una historia sobresale con claridad: la de Arthur Fery en Wimbledon.
El londinense, de 24 años, llegó al All England Club como número 114 del mundo y gracias a una invitación. Parecía un nombre más en el cuadro. Terminó en semifinales. Una irrupción que nadie vio venir.
Fery fue el único británico capaz de colarse en la segunda semana de un Grand Slam en toda la temporada. Para la federación, su trayectoria se ha convertido en un escaparate perfecto: una prueba de que la ruta de desarrollo de talento, tan cuestionada durante años, puede funcionar.
Los números acompañan ese relato. Nueve británicos en el cuadro principal individual del US Open, la cifra más alta desde 1981. Y eso sin contar a Emma Raducanu, campeona en Nueva York en 2021, ni a Jack Draper, ambos ausentes por lesiones de larga duración.
Scott Lloyd, director ejecutivo de la LTA, se agarra a esos datos como señales de avance real: «Queremos más y más jugadores en la segunda semana de los Slams, igual que el público británico», reconoce. «Pero el hecho de que hayamos tenido cuatro jugadores británicos distintos alcanzando semifinales de Grand Slam desde 2021 —antes de Andy Murray había que remontarse 30 años para ver cuatro— demuestra que la dirección ha mejorado. Tenemos que seguir empujando, y en eso estamos día tras día».
Ranking en alza… pero aún lejos de la élite
Cuando se apaguen las luces del US Open, cinco británicos aparecerán en el top 100 masculino: Arthur Fery, Cameron Norrie, Jan Choinski, Toby Samuel y Jacob Fearnley. Es la cifra más alta desde febrero de 2024.
En el circuito femenino, el panorama es más estrecho. Solo dos jugadoras, Katie Boulter y Emma Raducanu, estarán dentro de las cien mejores. Francesca Jones y Harriet Dart se han quedado en la frontera tras alcanzar la segunda ronda en Flushing Meadows.
Michael Bourne, director de rendimiento de la LTA, defiende el balance global de los últimos años: «Hemos colocado a 12 jugadores en el top 100 en los últimos ocho años y cuatro de ellos han jugado semifinales de Grand Slam», subraya. «No estoy seguro de que haya otro periodo en la era moderna con ese nivel de productividad. Ojalá el número en el top 100 suba durante el próximo año».
Los datos, sin embargo, admiten otra lectura. Con la tradición que arrastra el tenis británico, y con el músculo económico que aporta organizar Wimbledon, muchos siguen convencidos de que el país compite por debajo de su potencial.
El espejo es incómodo. Reino Unido tiene menos jugadores en el top 100 que Estados Unidos, Australia y Francia, también naciones con un Grand Slam propio y una fuerte estructura interna. Y se ve superado por países como España, Italia, República Checa o Argentina, referentes en producción de talento con presupuestos, en algunos casos, sensiblemente menores.
Bourne recuerda que no existe una receta única: «No podemos simplemente copiar el plan de otros. Cada país tiene su propio ecosistema tenístico». Lloyd añade contexto histórico: «Competimos en uno de los deportes más elitistas a nivel internacional y el escenario es radicalmente distinto al de hace 40 o 50 años, por la cantidad de países con representación en la élite. Somos ambiciosos, queremos más, pero creemos honestamente que los indicadores son positivos. Nos movemos en la dirección correcta y estamos más fuertes que en el pasado».
Lesiones, el enemigo silencioso
La foto del ranking también está distorsionada por una oleada de lesiones que ha golpeado a varias de las principales figuras británicas.
Jack Draper, ex número cuatro del mundo, prácticamente no ha podido competir en el último año por un problema en el brazo. Sonay Kartal, que llegó a colarse entre las 50 mejores la temporada pasada, ha caído fuera del top 100 tras una larga lesión de espalda.
En un circuito en el que la continuidad marca la diferencia entre consolidarse o desaparecer, cada mes fuera pesa como una losa. Y en el caso británico, la sensación es que el margen de error es más pequeño que en países con una base de jugadores mucho más amplia.
La base: más niños, pero ¿suficientes entrenadores?
La LTA sabe que la batalla decisiva no se libra solo en los grandes escenarios, sino en las pistas anónimas donde un niño coge por primera vez una raqueta.
Draper, Raducanu y Fery comparten un rasgo común: los tres entraron en el sistema de la federación a una edad temprana. Son la demostración de que, cuando el talento se detecta a tiempo y se acompaña bien, el salto a la élite es posible.
Las cifras de participación infantil son, en teoría, un motivo para el optimismo: 4,3 millones de menores juegan al tenis al menos una vez al año en el Reino Unido y 1,9 millones lo hacen cada mes. Lloyd asegura que ambos registros son récords históricos.
La euforia se frena cuando se mira al otro lado de la ecuación: la calidad y cantidad del entrenamiento disponible. Bourne admite que el país necesita una «base más amplia» de entrenadores y señala que una de las prioridades estratégicas de la LTA es invertir tiempo y recursos en su formación.
Ahí entra en escena la voz de quienes están a pie de pista. Chris Marshall, entrenador de alto rendimiento con más de 25 años de experiencia y fundador del programa Young Champs, lo ve cada día: demasiados niños se quedan fuera por una cuestión puramente económica.
«Financiar a un niño de 12 años a nivel de condado requiere ahora mismo entre 500 y 1.000 libras al mes en entrenamientos, viajes y tasas de torneos», explica en declaraciones a la BBC. «Es una barrera financiera enorme y estresante que convierte el deporte en algo inviable para la inmensa mayoría de familias británicas. No podemos lamentarnos por la falta de interés británico en la segunda semana cuando estamos restringiendo la tubería que lo alimenta».
Entre el espejo y el horizonte
El tenis británico vive una paradoja: presenta más jugadores en los cuadros principales, más presencia en el top 100 y más semifinalistas de Grand Slam que hace apenas una década, pero sigue sin encontrar continuidad en las segundas semanas de los grandes torneos.
La temporada de majors se cierra sin representantes en la fase decisiva del US Open, pero no con la sensación de tierra quemada. Hay brotes verdes, hay estructura, hay participación. Falta algo más difícil de construir: volumen sostenido de talento, entrenadores suficientes y un camino que no expulse a los mejores por el coste del billete.
La próxima generación ya está en las pistas. La cuestión es cuántos de ellos lograrán romper el muro de la segunda semana y cuántos se quedarán fuera antes, no por falta de nivel, sino por el precio de intentarlo.






