Stan Wawrinka recibe ovación en su despedida del US Open
Stan Wawrinka no ganó el partido, pero la noche fue suya. En la Grandstand, abarrotada hasta el último asiento, el suizo de 41 años recibió una despedida que sonó a gratitud colectiva, a reconocimiento tardío y a cierre perfecto para su historia en el US Open.
Cayó en tres sets ante Matteo Berrettini, sin arrancar ni un parcial, pero el resultado quedó reducido a un detalle estadístico en cuanto se vio lo que realmente importaba: el adiós de un campeón mayor, de un jugador que hizo del combate su marca registrada.
Un wildcard que cambió el guion
Su presencia en Flushing Meadows ni siquiera estaba garantizada. El torneo lo había dejado fuera de los wildcards, una decisión que chocaba con su pasado en Nueva York, donde levantó el título en 2016. Todo cambió cuando el estadounidense Patrick Kypson se retiró a última hora. Ese hueco reescribió el final.
La llamada le llegó el miércoles, cuando Wawrinka ya estaba de vuelta en las montañas suizas, después de haber abandonado Nueva York apenas dos días antes. Tocó rehacer maletas, billetes y planes. Volver al otro lado del Atlántico solo para despedirse donde sentía que debía hacerlo.
El movimiento mereció la pena. Miles de aficionados hicieron cola con antelación para entrar en la Grandstand, un estadio de 8.000 plazas que se quedó pequeño para el último baile de uno de los golpes más bellos del circuito: su revés a una mano.
Ocasiones perdidas, ovación ganada
El partido tuvo su propia tensión. Wawrinka dispuso de bola de set en las dos primeras mangas: una en la primera, tres más en la segunda. El veterano apretó, buscó ángulos, tiró de experiencia. Berrettini aguantó.
El italiano, finalista de Wimbledon en 2021, resistió cada punto de quiebre crítico, salvó las pelotas de set y, una vez escapó de la trampa, aceleró en el tercero. Ahí ya no hubo respuesta. La diferencia física y de frescura se hizo evidente y el encuentro se inclinó con claridad.
Pero cuando todo terminó, el protagonismo cambió de lado. Berrettini fue el primero en aplaudir, marcando el tono de lo que vendría. La grada se levantó. No era un simple saludo de cortesía: era un homenaje.
Corazón en la mano, corazón en la grada
Wawrinka miró alrededor, respiró hondo y dejó que el momento lo atravesara. Con los ojos vidriosos, dibujó corazones con los dedos hacia las tribunas, se llevó la mano al pecho y pidió más ruido, como si quisiera estirar esos segundos todo lo posible.
La respuesta fue ensordecedora. Entre los vítores, el suizo comenzó a golpear pelotas hacia la grada, pequeños recuerdos volando hacia un público que llevaba años celebrando su carácter indomable, sus batallas a cinco sets, su negativa a rendirse incluso cuando el cuerpo ya no acompañaba.
“Una de las razones por las que jugué hasta los 41 fue para vivir estos momentos”, dijo ante los aficionados, recordando también sus otros grandes hitos: el título en el Australian Open de 2014 y en Roland Garros en 2015. No necesitó extenderse demasiado. El mensaje estaba claro: había valido la pena.
“Estoy muy agradecido por este wildcard. Era muy importante para mí terminar aquí, donde gané un Grand Slam hace 10 años. Quiero darles las gracias a todos por todos estos años”, añadió, consciente de que aquel escenario cerraba un círculo perfecto.
Veinte años de lucha, resumidos en un aplauso
Tras el discurso, el torneo le entregó un montaje fotográfico de su triunfo en el US Open, de manos del director ejecutivo Craig Tiley. Un recuerdo físico para acompañar la memoria emocional de una noche que difícilmente olvidará.
Luego, ya con la adrenalina algo más baja, Wawrinka explicó lo que significaba para él esa despedida. Habló de estar “súper agradecido” por el cariño recibido, pero sobre todo de lo que ese cariño le confirmaba: que había elegido bien su forma de competir.
“Me ha demostrado que hice lo correcto durante estos 20 años, al intentar siempre luchar, siempre presentarme, siempre tratar de hacer lo mejor y empujarme hasta el límite”, confesó. En su caso no era una frase hecha. Su carrera está construida precisamente sobre eso: insistir, resistir, volver.
“Esto es lo más importante para mí: lo que recibo de los aficionados cuando juego”. Una declaración sencilla, pero que encaja con su figura. Nunca fue el más mediático ni el más ruidoso, pero sí uno de los más respetados dentro del vestuario y fuera de él.
La temporada aún no ha terminado y su retirada oficial llegará al final del año, pero el último golpe en un Grand Slam ya está dado. Y no fue un winner ni un revés paralelo. Fue una ovación de pie en la Grandstand, el tipo de punto que no aparece en las estadísticas, pero que define la grandeza de una carrera.






