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Roger Federer y su legado en el tenis: un reflejo en el Hall of Fame

En Newport, con el Atlántico de fondo y la nostalgia flotando en el aire, Roger Federer se detuvo, por fin, a mirarse en el retrovisor. Su ingreso al International Tennis Hall of Fame no fue solo una ceremonia más para un hombre acostumbrado a levantar trofeos. Fue una pausa. Un alto en el camino para medir qué deja, más allá de los números, uno de los grandes iconos del deporte moderno.

El suizo, 20 veces campeón de Grand Slam, será inducido este sábado en el recinto de los inmortales junto a la periodista y comentarista Mary Carillo. La escena cambia: ya no es el jugador que pelea por rankings y títulos, sino la figura que entra en la historia con traje y corbata. Y él mismo marcó la diferencia.

“Es un honor enorme, enorme, uno de los más grandes que podemos lograr en este deporte”, dijo Federer en una rueda de prensa moderada por el presidente del Hall of Fame, Patrick McEnroe. No hablaba como el competidor que defiende un punto de partido. Hablaba como alguien que ha tenido tiempo de pensar.

Los números, en su caso, son casi una exageración. Ocho títulos en Wimbledon, más que nadie en la historia del cuadro masculino. Seis coronas en el Australian Open. Cinco U.S. Open consecutivos en la época en la que dominar Nueva York parecía misión imposible. El Roland Garros de 2009 que completó el ansiado career Grand Slam. Oro olímpico en dobles junto a Stan Wawrinka en 2008. La Copa Davis con Suiza en 2014.

Y una lista que sigue: 103 títulos en el circuito ATP Tour, 310 semanas como número uno del mundo. Se retiró en 2022 dejando un palmarés que, durante años, pareció inalcanzable.

Pero Federer ya no quiere que su legado se mida solo por trofeos ni por la elegancia de su revés a una mano.

“Espero haber representado bien al deporte. Pero, sobre todo, que quizá ayudé a empujar el tenis en la dirección correcta, con todas las conversaciones que tuvimos con los líderes del deporte —en el lado ATP, con los Slams, con los jugadores y los consejos donde doné mi tiempo”, explicó.

Ahí se asoma otro Federer, menos visible para el gran público: el del pasillo de reuniones, el de las discusiones sobre estructuras, el que se sienta a hablar de dinero y condiciones, no de dejadas y passing shots. El suizo señaló, con intención, el aumento de los premios no solo para los campeones, sino también en las primeras y segundas rondas, y la mejora del entorno para todos los que sostienen el circo del tenis.

“Los premios han crecido no solo para los ganadores, también en las primeras rondas. Las condiciones para jugadores, medios, personal médico, y aspectos como mejores estadios. Siento que muchos más jugadores pueden ganarse la vida. Y espero haber ayudado también en eso”, subrayó.

Detrás del mito que llenaba pistas centrales hay un chico de Basilea que siempre quiso el foco. Federer recordó sus primeros años, cuando el talento empezaba a asomar y el peso de las expectativas caía sobre sus hombros.

“Sentí que era un ganador desde pronto. Me gustaba estar en la Centre Court. Prefería la Centre Court a la Court Five o la Court 18. Quería ser esa persona, así que creo que abracé la presión”, confesó.

No todos lo logran. Muchos se quiebran en ese intento. Él, en cambio, se alimentó de ese escenario. Pero no escondió el coste mental de vivir permanentemente en la élite.

“Te afectan tantos comentarios externos que a veces es como una gran tormenta en tu cabeza. A veces pierdes la diversión. Pero siento que, en general, he hecho un buen trabajo manteniéndome realmente feliz en la carretera”, explicó.

La frase golpea con fuerza en una época en la que la salud mental en el deporte ya no se esconde debajo de la alfombra. Federer, siempre pulcro en la pista, deja ver el ruido que hay detrás de la sonrisa, de los trajes impecables, de la imagen de perfección.

En estos días, el suizo también volvió a sentir el cosquilleo de la competición, aunque solo fuese un guiño al pasado. El martes, en el Arthur Ashe Stadium, jugó un partido de exhibición en la antesala del U.S. Open. El escenario donde construyó parte de su leyenda lo recibió ahora como invitado de honor. No como aspirante al título.

Y, aun así, Federer no habla como alguien que se ha marchado del todo. Deja puertas entreabiertas. Varias.

No descarta, por ejemplo, convertirse algún día en capitán de la Laver Cup, el torneo que ayudó a impulsar y que se ha convertido en un escaparate perfecto para las nuevas generaciones. Tampoco cierra la opción de ejercer como mentor de jóvenes jugadores o de trabajar como comentarista. Sabe que su voz pesa. Y que su mirada sobre el juego interesa.

“Me gustaría devolverle algo al deporte”, afirmó. “Intento asistir a tres, cuatro o cinco torneos al año, así me mantengo conectado. Me rejuvenece mentalmente ver qué podría estar haciendo en el deporte que sea significativo en el futuro”.

Ahí está la clave. Federer ya no persigue puntos ni rankings. Persigue sentido. Su ingreso en el International Tennis Hall of Fame certifica lo que el mundo del tenis sabía desde hace años: su nombre pertenece al Olimpo. La pregunta, ahora, no es qué más puede ganar, sino cuánto puede seguir cambiando el juego sin una raqueta en la mano.

Y quizá, dentro de unos años, cuando un joven jugador cobre un cheque digno por perder en primera ronda o disfrute de un vestuario mejor, recuerde que hubo un número uno que también peleó esos puntos lejos de la red.