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Roger Federer: el genio que llora y conquista

La primera vez que Roger Federer lloró tras una gran victoria, ni siquiera entendió qué le estaba pasando. Era 2001, Wimbledon, su debut en la Centre Court. Acababa de destronar a Pete Sampras, su héroe, el rey del césped.

Se arrodilló, fue a la red, estrechó la mano de Sampras… y se desbordó. Lágrimas, emoción pura. “¿Qué está pasando?”, se preguntaba entonces, según contó a CNN Sports. No era, decía, la forma en que él solía reaccionar. Pero aquel día abrió una compuerta que ya nunca se cerró del todo.

De ese joven desconcertado por su propia sensibilidad al hombre que se despidió entre sollozos en 2022, Federer construyó una de las carreras más impresionantes de la historia del tenis. Y, de paso, se convirtió en algo insólito: quizá el llorón más famoso del deporte mundial… y a la vez su figura más elegante.

Este fin de semana, el suizo entra en el International Tennis Hall of Fame, en Newport, Rhode Island. Y él mismo admite que las lágrimas probablemente volverán a escena.

Imagina la escena: el discurso, el repaso a una vida entera entre raquetas, la gratitud acumulada durante décadas, y en primera fila sus padres, su esposa, sus cuatro hijos, su equipo de siempre, entrenadores, fisioterapeutas. Federer lo ve venir. Sabe que puede golpearle muy hondo. Aspira a superar el momento sin demasiados “quiebros” en la voz, pero no promete nada. Y, en el fondo, tampoco hace falta.

El destino que se veía venir desde 2004

Para sus aficionados, la entrada en el Hall of Fame se sentía inevitable desde hace dos décadas. En 2004, Federer se adueñó de tres de los cuatro títulos de Grand Slam en individuales y se instaló en el número uno del ranking mundial. No se movió de ahí durante 237 semanas consecutivas, un récord que sigue intacto y que explica mejor que cualquier adjetivo lo que fue su dominio.

En 2005 ganó más del 95% de sus partidos. Pero 2006 fue otra cosa. Su cima. Tres grandes más, 12 títulos en total, un balance de 92 victorias y solo 5 derrotas. Un 94,8% de triunfos en una temporada que todavía hoy parece irreal.

Durante años, el listón de Pete Sampras —14 Grand Slams— pareció inalcanzable. Federer lo superó en Wimbledon 2009 y, desde ahí, ya nunca miró hacia atrás. Se marchó con 20 grandes, una cifra que luego rebasarían Rafael Nadal y Novak Djokovic, pero que no altera la devoción de quienes lo consideran, pase lo que pase, el mejor de todos los tiempos.

La paradoja de la facilidad

En la pista, Federer flotaba. Deslizaba los pies, acariciaba la pelota, encontraba ángulos imposibles sin aparente esfuerzo. Fuera de ella, sonreía, bromeaba, desarmaba con naturalidad. Esa mezcla lo volvió universalmente querido, pero también creó una imagen que a él siempre le dejó una espina.

No se arrepiente de nada, asegura. Si acaso, de esa percepción de que todo le salía “demasiado fácil”.

Recordaba cómo, de joven, muchos pensaban que ni siquiera golpeaba tan fuerte la bola. Que aquello era simple, casi automático. Pero la pelota salía de su raqueta con una potencia brutal. “Parecía elástico”, contaba, pero detrás había horas infinitas de trabajo. Cuando perdía, le pedían que se esforzara más. Cuando ganaba, le decían que todo era facilísimo para él.

En esa contradicción se esconde parte del misterio de sus lágrimas. “El sacrificio fue enorme y estaba conteniendo mucha presión”, admitió. Cada título, cada punto clave, cada trofeo levantado tenía detrás una tensión que rara vez dejaba ver. Quizá por eso, cuando llegaba el momento de soltar, lo hacía sin filtros.

La vida después del vértigo

Lo más llamativo es que Federer no parece añorar el vértigo de la competición. No hay vacío, no hay necesidad de recrear el peso de aquella presión ni la montaña rusa emocional de los grandes escenarios.

Está en paz. Disfruta de una vida a otro ritmo. Más lenta, más doméstica, pero no por ello menos intensa. Padre de cuatro hijos, filántropo, inversor, hombre de negocios. El calendario sigue lleno, los viajes no han desaparecido —“siempre he sido un tipo al que le encanta estar en la carretera”, reconoce—, pero ahora el punto de partido ya no marca el pulso de sus días.

Su entrada en el Hall of Fame le permite, por un momento, volver a jugar con la imaginación. Le divierte pensar en duelos imposibles, en enfrentarse a las leyendas con las que ahora comparte espacio en la historia: Rod Laver, Bjorn Borg, John McEnroe, Stefan Edberg, Boris Becker, el propio Sampras. Nombres que él mismo recita casi como un niño que enumera a sus ídolos. Dice que serían sus rivales soñados. Los admira por lo que lograron y por lo que representan para el juego.

Un maestro que busca nuevos retos

Su colección de 20 grandes ya no es el techo estadístico del tenis masculino. Nadal y Djokovic han ido más allá. Pero el legado de Federer, para muchos, vive en otra dimensión: la de la estética, la del carisma, la de la forma de ganar y de perder.

Cuando le preguntan en qué más se considera bueno, tras haber dominado su deporte, su respuesta baja a tierra. Nada de grandilocuencia. Habla de golf, un reto nuevo en el que intenta mejorar. Sueña con volver a un viejo amor: la música. De niño tocaba el piano y quiere retomarlo cuando tenga más tiempo, sobre todo porque su esposa y sus cuatro hijos ya lo tocan. Le atrae la idea de compartir también ese lenguaje en familia.

Aspira a ser un buen oyente, un buen tomador de decisiones. Alguien con quien la gente disfrute estando. “Soy muy de familia”, insiste. Le gusta rodearse de amigos. Esa, dice, es ahora la prioridad.

Quizá, cuando suba al escenario en Newport y mire a todos esos rostros conocidos, se repita la escena de 2001. Rodillas temblorosas, nudo en la garganta, lágrimas asomando. Esta vez ya no se preguntará qué le ocurre. Lo sabrá: es el precio —y el privilegio— de haberlo dado todo. Y de seguir, muchos años después, sin poder contenerse cuando el tenis le devuelve el espejo de su propia historia.