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Pakistán incendia Edgbaston con remontada histórica

Pakistán eligió el tercer día en Edgbaston para cambiar el tono de toda la gira. De la duda a la osadía. Del sufrimiento a la diversión pura. Cerró la jornada en 449, su mayor total de la serie, y dejó a Inglaterra con un objetivo incómodo de 130. Nada de eso se intuía cuando arrancó la mañana.

Awais y Masood marcan el tono

Azan Awais y Shan Masood, los bateadores que habían sobrevivido a la víspera, salieron con un plan sencillo: resistir la nueva bola, desgastar a los rápidos y esperar el error. Jofra Archer les lanzó una bienvenida a base de bouncers, mientras Gus Atkinson y Archer, desde el otro extremo, mantenían la soga tensa. El que aflojó fue Josh Tongue, que ofreció las primeras grietas para sumar.

Había algo de movimiento en el aire, algo de vida en el césped, pero no lo suficiente para inquietar a una pareja concentrada. Los dos fueron construyendo, golpe a golpe, hasta que a ambos les llegó el premio: medio siglo a cada lado del descanso para bebidas, y la sensación de que el día podía ser largo para Inglaterra.

El primer giro llegó con la introducción del spin. Dan Lawrence entró en escena y, casi de inmediato, rompió la sociedad. Awais, intentando desviar una bola que se iba por la pierna, tocó lo justo. El ‘keeper reclamó, el umpire dijo que no, y Joe Root, sin dudar, pidió revisión. El ruido en el UltraEdge bastó. Awais, fuera. Inglaterra encontraba una rendija.

Masood y Babar, clase y control

El golpe no desordenó a Masood. Al contrario. El capitán Shan mantuvo el pulso del innings y encontró un socio de peso: Babar Azam, que hasta entonces arrastraba una serie discreta, sin siquiera alcanzar dobles dígitos.

Los dos veteranos pusieron una capa de autoridad sobre el partido. Rotaron el strike, castigaron lo corto y lo ancho, frenaron cualquier intento de mini-ráfaga inglesa. La sociedad creció hasta los 89, con Masood acercándose a un centenar que olía a reivindicación.

Entonces, otro momento Lawrence. Esta vez, con los guantes. Masood, a cinco de los tres dígitos, cortó hacia el gully y Lawrence se lanzó abajo, una mano, cerca del césped. Tomó la pelota limpia. Un golpe seco al corazón del orden superior paquistaní.

Babar, sin embargo, se mantenía firme. Elegante, sereno, parecía haber encontrado por fin su ritmo en la serie. Inglaterra, sin ideas frescas, recurrió a un viejo recurso: la trampa del short ball. Primero Archer lo probó con una serie de envíos al cuerpo. Babar resistió esa fase, pero Tongue insistió en la misma zona, por la pierna, y el capitán terminó cayendo cuando el centenar empezaba a asomarse en el horizonte.

Siete overs después, Saud Shakeel mordió el mismo anzuelo. Otro short ball, otro intento de defensa incómoda, otro guante hacia el short leg. El plan funcionaba; el marcador, no tanto.

Colapso… y luego la tormenta

El último acto del día comenzó con Pakistán aún por detrás, 23 carreras de desventaja y cinco wickets en mano. El escenario invitaba a una remontada sobria. Inglaterra, en cambio, olió fragilidad y atacó.

En un tramo feroz, se llevó a Saud Shakeel, Ghazi Ghori y Mohammad Imran Randhawa antes de que el déficit se esfumara. De repente, Pakistán estaba contra las cuerdas con solo dos wickets restantes. El partido parecía inclinarse de nuevo hacia los locales.

Y entonces apareció Razaullah.

El debutante de 21 años decidió que no había espacio para el miedo. Entró y cambió el guion con una violencia controlada. Nueve seis en 63 bolas, el mayor número de máximos para un debutante en Test, y una entrada que convirtió la angustia en euforia.

El destrozo empezó pronto: una over de Gus Atkinson voló tres veces por encima de la cuerda. Inglaterra trató de ajustar, de variar ritmos, de esconder la bola. Razaullah simplemente esperó su momento. Hubo un pequeño respiro, un par de overs más tranquilos, y luego otra explosión: un golpe monumental a Archer por encima de long off para sellar su medio siglo. Edgbaston, mudo.

La sociedad del noveno wicket que lo cambió todo

Mientras Razaullah golpeaba, Mohammad Abbaas hacía el trabajo silencioso al otro lado. Defendió con criterio, eligió bien los golpes y le dio a su compañero el escenario perfecto para desatarse. Entre los dos levantaron una asociación de 121 carreras para el noveno wicket, que no solo borró el déficit, sino que giró por completo el marcador.

La ventaja paquistaní se disparó hasta los 119 antes de que Tongue encontrara finalmente la forma de deshacerse de Abbaas, en 42, una entrada tan valiosa como subestimada. Inglaterra había dejado escapar la presa.

Razaullah aún añadió 10 carreras más al total, estirando la herida, antes de que Lawrence volviera a intervenir. El offspinner lo engañó en la salida y el ‘keeper completó el stumping. Segundo wicket para Lawrence en la entrada, y el último de Pakistán.

Cuando cayó el último hombre, el tablero marcaba 449. Un día antes, esa cifra habría parecido fantasía. Ahora, es el contexto de un cuarto día con Inglaterra obligada a perseguir 130 bajo la presión de una remontada que ha encendido a Pakistán y ha devuelto vida a una serie que parecía escrita en otro tono.