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Pakistán en crisis: Un inicio bochornoso en Edgbaston

Los nubarrones que se cerraban sobre Edgbaston a la hora de la comida apenas podían competir con el ánimo en el vestuario de Pakistán. Gris sobre gris. Y eso es casi un elogio.

Las reformas polémicas impulsadas por la Pakistan Cricket Board pretendían ser un desfibrilador para un equipo en coma competitivo. Un golpe de corriente para reanimar una gira que se les escapa entre los dedos. Pero el marcador, 100-7 tras solo 23 overs en el tercer Test, contó otra historia: la del paciente que apenas reacciona.

Para los aficionados con entrada, incluso para el tercer día, la recomendación suena incómoda pero honesta: quizá convenga ir pensando en otros planes.

Un inicio que roza el bochorno histórico

La mañana en Birmingham dejó algo más que nubes bajas: dejó cicatrices. Con el marcador en apenas 48, los cinco primeros bateadores de Pakistán ya estaban de vuelta en el vestuario, una secuencia que los lanza a un rincón nada envidiable de los libros de récords.

Es solo la duodécima vez en la historia de los Tests que los cinco primeros de un equipo caen todos en cifras individuales. Pero nunca antes había sucedido en una primera entrada. Un registro que resume mejor que cualquier discurso la dimensión del desplome.

Y no es un accidente aislado. El inicio de las entradas de Pakistán en esta serie en Inglaterra roza lo grotesco. La segunda caída del wicket se ha producido con los marcadores en 6 y 13 en Leeds, 16 y 7 en Lord’s, y 14 este miércoles en Edgbaston. En total, 56 carreras combinadas para los dos primeros wickets en toda la serie: una media de 5,6 por el primero y 11,2 por el segundo.

Están a punto de pulverizar una marca que parecía anclada en otro siglo: la de Australia en 1888, que promedió apenas 16 carreras para la caída de su segundo wicket en aquella serie en Inglaterra. Más de un siglo después, Pakistán se asoma a un récord que nadie quiere firmar.

Técnica, mente y un vestuario en llamas

Desde la cabina de comentarios, la lectura fue tan dura como inevitable. El ex capitán Ramiz Raja no se anduvo con rodeos al analizar lo que veía.

Habló de una “técnica y mentalidad bastante ordinarias”, y fue más allá al describir un grupo agotado por dentro. “Hay fatiga mental y agitación en el banquillo, lo puedo entender”, dijo en Test Match Special. Pero no dejó espacio para excusas individuales: “Desde el punto de vista de cada jugador, da la sensación de que Pakistán ha estado esperando a que la bola venga y los destruya por completo. No han sido nada proactivos. Tienen que tener un plan”.

El argumento del campo tampoco les rescata. Sí, el pitch ofreció algo. El índice de irregularidad del bote medido por CricViz marcó 5,7, muy por encima de los valores recientes en Edgbaston: 2,6 contra India en 2025, 3,2 ante West Indies en 2024 y 3,3 frente a Australia en 2023. Pero no era, en palabras del propio Ramiz, “un pitch demoníaco, como el del tercer día en Lord’s”. Plano, jugable, exigente… pero no imposible.

Inglaterra aprieta, Pakistán se descompone

Inglaterra hizo lo que se espera de un equipo que huele sangre. Joe Root ganó el sorteo en condiciones otoñales y su cuarteto de seamers respondió como un bloque que huele la ocasión grande. Ritmo, disciplina, la pelota siempre preguntando algo.

Michael Vaughan, otro ex capitán inglés, resumió la escena desde la perspectiva local: Pakistán está “claramente destrozado de confianza” tras una mañana que definió como desastrosa. “Me da pena Pakistán porque esto es embarazoso con todo lo que han tenido que soportar en la última semana”, admitió.

La combinación de nubarrones, presión mediática y decisiones polémicas desde los despachos desembocó en una actuación que mezcla impotencia con cierto aire de fin de curso.

Golpes, excusas y una estadística demoledora

Hay casos que invitan a la compasión. Saim Ayub, por ejemplo. El opener, uno de los llamados de urgencia para este Test, no jugaba un partido de primera clase desde octubre de 2025. Lo soltaron en Edgbaston, frente a Ollie Robinson, con nubes bajas, bola nueva y una serie en llamas. Su wicket pareció casi un destino escrito desde el momento en que marcó la guardia.

Pero no todo se explica por la falta de ritmo o por el contexto. Hubo también decisiones de bateo difíciles de justificar. Con cuatro wickets ya caídos, Saud Shakeel y Babar Azam, dos hombres hechos y derechos, ambos en la treintena y con experiencia sobrada, se lanzaron a golpes expansivos fuera del off stump, justo cuando el guion exigía contención y oficio.

La estadística lo desnuda: el porcentaje de false shots de Pakistán en la sesión matinal alcanzó el 40%, la segunda cifra más alta en una sesión inaugural de un Test desde 2006. Un equipo que necesitaba calma eligió el riesgo. Y lo pagó.

Saud aguantó hasta el almuerzo. Babar no. El capitán cayó 40 minutos antes del intervalo, bowled por Josh Tongue, y se marchó gesticulando hacia el pitch, como si el terreno de juego fuera el principal acusado.

Ramiz Raja fue tajante al analizar la caída de su estrella: “Se desintegró. Es duro para él. Tiene que explicar todo este caos, luego cuidarse a sí mismo y, además, trabajar con un grupo que es más de naturaleza T20 que de Test cricket”. Una frase que retrata tanto a Babar como al ecosistema que lo rodea.

Una serie que se les escurre entre las manos

La sensación, al cierre de la sesión, era la de una entrada en “grave turbulencia”, como remató el propio Ramiz. El marcador, los récords negativos que se acumulan y el lenguaje corporal de los jugadores apuntan todos en la misma dirección: un equipo que no solo pierde, sino que se deshace.

Inglaterra huele una victoria rápida. Pakistán, en cambio, encara algo más profundo que un simple marcador adverso: la pregunta incómoda de si este grupo tiene todavía el carácter y la estructura para competir en el formato que, durante décadas, definió su identidad.