logo

Novak Djokovic derrotado en una noche brutal en el US Open

La primera sesión nocturna del US Open se acercaba a las tres horas cuando Novak Djokovic caminó con paso rápido hacia la esquina de la pista del Arthur Ashe, se agachó y vomitó directamente en el cubo de las toallas. La imagen, cruda y descarnada, marcó el tono de una noche que se convirtió en un calvario de cuatro horas y 36 minutos.

No fue un episodio aislado. Djokovic vomitó varias veces, se dobló, jadeó, perdió el equilibrio, peleó contra calambres y acabó abandonando la pista cerca de la medianoche entre lágrimas, derrotado por 7-6 (5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1 por Mariano Navone en la primera ronda.

Para el serbio, que disputaba su 84º torneo de Grand Slam, una cifra récord, la cita se transformó en una de las derrotas más duras y desoladoras de su carrera. Solo es la tercera vez que cae en su debut en un grande y la primera desde el Abierto de Australia de 2006, cuando tenía 18 años. Más de dos décadas después, el golpe llega con una carga simbólica distinta: esta vez el cuerpo dijo basta.

Y lo hizo muy pronto. Antes siquiera de consolidar su primer break, con 2-0 en el set inicial y apenas 15 minutos jugados, Djokovic ya mostraba síntomas de estar sufriendo con la humedad, pese a tratarse de un turno nocturno y no de las condiciones más extremas del día.

A partir de ahí, el partido se convirtió en una lucha desigual entre la voluntad y el físico. Djokovic se movía como en una especie de trance. Desde el fondo, respiración entrecortada, manos en las rodillas, mirada perdida. De repente, otro vómito. Más tarde, calambres. El cuerpo encogido por el dolor. Al final, nada más que ofrecer.

No se trató de un virus pasajero ni de un malestar improvisado. Hace apenas unas semanas, en Cincinnati, ya había sufrido en una humedad similar ante otro argentino, Thiago Agustín Tirante, que le derrotó en tres sets sin mostrar problemas con las condiciones. Entonces, Djokovic habló de un problema de salud específico, agravado por el calor y la humedad. Tras esta derrota, repitió el diagnóstico.

“Creo que fue obvio que fue una sensación horrible en la pista para mí”, explicó. “Es algo que, por desgracia, he arrastrado prácticamente en cada partido este año. Vomitar, echar todo, un problema serio ahí, y luego todo mi cuerpo empieza a colapsar, básicamente calambres y dolor, y la espalda se rindió al final, y el hombro, y no pude cerrarlo, con break arriba en el cuarto, pero sufrí desde el cuarto juego del partido. Y, de nuevo, no quiero quitarle mérito a su victoria. Felicidades para él; es un buen tipo, un luchador, pero yo no disfruté nada”.

La derrota duele todavía más porque, sobre el papel, el cuadro le había sonreído. Navone, argentino de 25 años, es un competidor duro, sí, pero casi todos sus mejores resultados han llegado en tierra batida. Un rival de primera ronda teóricamente asumible para un 24 veces campeón de Grand Slam. Una oportunidad para entrar en el torneo con paso firme, ahorrar energía y marcar territorio.

O eso parecía.

En apenas 20 minutos el guion saltó por los aires. A mitad del primer set, Djokovic empezó a toser, a atragantarse desde el fondo, a doblarse una y otra vez. Con 4-3, la lluvia obligó a cerrar el techo del Arthur Ashe. El ambiente se volvió más pesado, más cerrado. A partir de ahí, la escena resultó incómoda de ver.

Navone se movía ligero, su camiseta apenas empapada, como si el clima fuese un detalle menor. Djokovic, en cambio, se cubría con toallas heladas, buscaba aire donde no lo había. Con 5-4 en el primer set, el médico entró en pista y le dio pastillas. Aun así, su servicio, por momentos brillante, le sostuvo durante buena parte del encuentro y le permitió estirar la resistencia mucho más de lo que su cuerpo parecía capaz.

Al otro lado de la red, un sueño de infancia tomaba forma. Navone, que se declara admirador de Djokovic desde niño, vio cómo, tras el sorteo, aficionados rescataban en redes sociales viejos mensajes suyos de 2014, cuando con 13 años llenaba su cuenta de X con apoyos al serbio. Sus padres ni siquiera tenían previsto viajar a Nueva York este año. Cambiaron unas vacaciones en el Caribe por un billete urgente al US Open. No se equivocaron.

En la noche más grande de su carrera, Navone respondió. Corrió cada bola, sostuvo una profundidad impecable con ambos golpes y llevó a Djokovic a intercambios largos, duros, que el serbio, en estas condiciones, no podía resistir. No fue una exhibición deslumbrante, pero sí una actuación madura, consistente, exactamente lo que exigía el contexto: obligar al mito a sufrir cada punto.

Djokovic, mientras tanto, se mantenía en pie casi por inercia. Vomitó en repetidas ocasiones. Ya en el cuarto set, los calambres empezaron a morderle las piernas. Aun así, tiró de saque, de orgullo, de una resistencia casi irracional. Se puso dos sets a uno arriba y logró un break en la cuarta manga. Parecía que, una vez más, la narrativa conocida —la del campeón indestructible que sobrevive a todo— iba a imponerse.

Pero el cuerpo ya no acompañaba a la leyenda.

En ese cuarto set, las piernas se le hicieron plomo. La velocidad del primer saque cayó. La bola perdió peso. Navone olió la oportunidad y se lanzó sin mirar atrás. A partir de ahí, el marcador se inclinó con una claridad que contrastaba con el drama físico del serbio. El quinto set fue casi un epílogo cruel: 6-1, con Djokovic desfondado, sin respuesta, apenas sosteniéndose entre punto y punto.

Cuando todo terminó, el número de Grand Slams, los récords, las hazañas pasadas no importaban. Solo quedaba un hombre de 39 años caminando de vuelta al vestuario, roto, llorando, consciente de que la élite del tenis no perdona ni un milímetro de debilidad, y menos aún cuando la edad empieza a pesar.

La pregunta ya no es qué más puede ganar Novak Djokovic, sino cuánto tiempo podrá seguir desafiando a un cuerpo que, en noches como esta, le recuerda de forma brutal que el reloj del deporte nunca se detiene.