Novak Djokovic y su sorprendente derrota en el US Open
Nueva York — La noche en que Novak Djokovic dejó de ser eterno llegó sin avisar, y lo hizo a lo grande: con una derrota en primera ronda del US Open, algo que no le ocurría desde 2006. Casi dos décadas de invulnerabilidad en los estrenos de Grand Slam, rotas en Arthur Ashe Stadium por Mariano Navone, un argentino curtido, competitivo, pero hasta ahora ajeno al territorio de las leyendas.
El marcador dice 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1 para Navone, en 4 horas y 36 minutos.
Lo que no dice es cómo se desmoronó Djokovic. Lánguido, luego cojeando. Vomitando, después acalambrado. Rugiendo, por momentos. Resignado al final.
El día que la racha se rompió
Desde el Abierto de Australia de 2006, cuando era el número 76 del mundo, Djokovic había convertido las primeras rondas en un trámite casi administrativo. Setenta y siete victorias consecutivas en estrenos de Grand Slam. Una racha que definía tanto su grandeza como sus títulos.
Todo eso se vino abajo en una noche extraña, en la que solo hubo una certeza: Djokovic tiene 39 años. Una cifra que, para casi todos los grandes de la historia, ya no admite competitividad real al máximo nivel. Él había desafiado esa lógica durante años. En Nueva York, el cuerpo decidió cobrar la deuda.
Navone clavó el puñal definitivo al inicio del quinto set. En el segundo juego, lo movió de lado a lado, lo atrajo a la red y soltó un revés paralelo que Djokovic no pudo devolver de media volea. El serbio trastabilló en los apoyos siguientes, empezó a cojear, a gesticular de dolor. El estadio, lleno, pasó de la excitación al silencio de velatorio.
En la pista, a pocos metros, Jelena, Stefan y Tara, su familia, se hundían en la butaca punto a punto, juego a juego.
“Mi cuerpo empezó a colapsar”
Minutos después de abandonar la pista, exhausto y desencajado, Djokovic lo resumió con crudeza en la zona de vestuarios: una sensación “horrible” en la pista, un problema de vómitos que, según explicó, arrastra prácticamente en cada partido de este año, seguido por calambres, dolor, la espalda que “se rinde”, el hombro que no responde. Un cuerpo que, en sus palabras, se “colapsa”.
Contó que empezó a sentirse mal desde el cuarto juego del partido. Intentó no restarle méritos a Navone, a quien definió como “un buen tipo, un luchador”. Pero dejó en el aire la gran incógnita: no sabe si podrá solucionar el problema médico que lo está destrozando físicamente en plena competición.
“Lo intento, de verdad que lo intento. Vamos a ver”, dijo, casi más como ruego que como declaración.
Un inicio engañoso
El arranque fue el de siempre. Tres aces en sus dos primeros juegos de saque, un 3-0 rápido, la sensación de que Djokovic iba a usar la noche inaugural para engrasar la maquinaria. Navone, jugador de tierra batida, sin pedigrí en Ashe, parecía el rival ideal para entrar en calor.
Pero el guion se torció enseguida. El argentino empezó a morder en los peloteos, a obligar a Djokovic a pegar un golpe más, y otro más, en una noche húmeda, pegajosa, pero lejos de ser asfixiante. El serbio cedió la ventaja inicial y empezó a mostrar signos de fatiga inusual.
La lluvia obligó a cerrar el techo y encender el aire acondicionado. Condiciones que, históricamente, han sido territorio de Djokovic: noche, pista dura, ambiente cerrado. Esta vez, el entorno fue irrelevante. El problema estaba dentro de su propio cuerpo.
En el séptimo juego del tercer set, Djokovic vomitó en una papelera en pleno juego. Cada punto largo se convertía en una tortura. Entre intercambios, se doblaba sobre las rodillas para recuperar aire. En los puntos de cuatro golpes o menos, dominaba. En todo lo que se alargaba, Navone se adueñaba del ritmo y de la energía. Cada rally parecía quitarle un año de carrera.
El contraste con Wimbledon y la sombra de Sinner
Resultaba desconcertante. Apenas siete semanas antes, Djokovic había alcanzado las semifinales de Wimbledon, con una victoria clásica, a cinco sets, ante Félix Auger-Aliassime. Aún entonces, su leyenda de hombre invencible en los grandes parecía intacta.
La derrota en tres sets ante Jannik Sinner en esas semifinales, sin embargo, dejó una cicatriz distinta. No fue solo el marcador. Fue el tono. Un aficionado le gritó que aún podía competir con el número uno del mundo. “Quizá hace 10 años”, respondió el serbio.
Después de Wimbledon, se desconectó. Vacaciones, familia, poco más. Peloteos con su mujer y sus hijos, pero sin la urgencia de preparar la gira de pista dura.
Volvió en Cincinnati y se vio fuera de sitio: derrota en su debut ante Thiago Tirante, problemas físicos bajo el calor y la humedad. Allí deslizó, de forma vaga, la existencia de una condición médica que arrastra desde hace un par de años. No quiso dar detalles.
En Nueva York, en su rueda de prensa previa al torneo, intentó vender una versión optimista: la eliminación temprana le había dado dos semanas completas para entrenar, para poner cuerpo y mente “en el estado adecuado” para el US Open, uno de los torneos que más valora. Admitió, eso sí, que los estrenos se le han hecho cada vez más complicados.
“Espero poder superar el primer obstáculo y construir a partir de ahí”, dijo entonces.
Ese “primer obstáculo” se convirtió en un muro.
Navone no se apartó del camino
Navone no se dejó intimidar por el escenario ni por el nombre. No en el primer set, cuando hizo algo que durante años fue casi imposible: ganarle un desempate a Djokovic en un Grand Slam. No al inicio del tercer set, cuando salvó dos bolas de break y sostuvo el saque, obligando al serbio a sentarse en la silla con dos bolsas de hielo sobre la cabeza.
Tampoco en el cuarto set, cuando Djokovic pareció encontrar un último hilo al que agarrarse. Rompió el servicio del argentino, lo desordenó con errores no forzados y vio la meta a lo lejos. Navone respondió de inmediato. Le hizo correr, lo quebró de vuelta y lo volvió a romper en el siguiente juego, ya con el cuerpo del serbio al límite.
Djokovic pidió un tiempo médico antes del quinto set. El fisio le masajeó la zona lumbar, preparándolo para una última resistencia. La narrativa de los últimos dos años se dibujaba con claridad: en los Grand Slams, el formato al mejor de cinco se ha convertido en una batalla contra el reloj interno. Djokovic sabe que dispone de un número limitado de horas de alto rendimiento. Si las gasta en la primera semana, llega vacío a la segunda.
Esta vez, ni siquiera hubo segunda semana en el horizonte. A mitad del quinto set, en el quinto juego, se le escaparon las lágrimas. La noche, que tantas veces había sido su aliada en Nueva York, se le echaba encima.
Un gigante frente al abismo
Djokovic se disculpó por no haber rendido como quería. La escena evocó aquel final de 2021, cuando, a un partido del Grand Slam de calendario, jugó uno de sus peores encuentros del año en la final del US Open. Entonces, el público de Nueva York lo arropó como nunca y él rompió a llorar en el banquillo.
Esta vez, al marcharse, giró sobre sí mismo, miró a los cuatro costados del estadio y dibujó un corazón con los dedos. Un gesto de despedida, quizá solo de la noche, quizá de algo más profundo.
Navone, especialista en tierra, ganador de un único título ATP, vivió su tercera presencia en el cuadro principal del US Open como si fuera la primera y la última. Nunca había jugado en Ashe. Djokovic ha levantado allí cuatro trofeos y ha disputado casi todos sus partidos del torneo en los últimos 15 años en esa pista. El contraste era brutal. El resultado, impensable hace no tanto.
Djokovic suma 101 títulos en su carrera, solo por detrás de Jimmy Connors y Roger Federer. Si hubiera podido elegir un rival de primera ronda para ir entrando en calor, el perfil de Navone habría encajado. La realidad lo desmintió con contundencia.
Hace unas semanas, el serbio presentó un documental, “The Wolf in Winter”, sobre su negativa a rendirse ante el final de una de las carreras más grandes de la historia. En Arthur Ashe, en una noche que casi no existe en su biografía deportiva, se encontró mirando de frente a ese invierno que siempre ha querido aplazar.
La pregunta ya no es qué más puede ganar. Es cuánto tiempo más le va a permitir su cuerpo seguir intentándolo.






