Novak Djokovic y su conmovedora derrota en Nueva York
En el quinto set, con el marcador ya en su contra y el cuerpo al límite, Novak Djokovic se llevó la toalla a la cara y las lágrimas asomaron. No eran de rabia por un punto perdido ni de emoción por una remontada épica. Eran otra cosa. Eran el gesto, casi íntimo, de un campeón que empieza a sentir que el cuerpo ya no obedece como antes.
Durante casi dos décadas, ese momento del partido —tarde en el quinto set, el rival al otro lado respirando hondo— era territorio Djokovic. Ahí aparecía su arsenal, su instinto asesino, su capacidad para convertir la tensión en control absoluto. Esta vez, en la pista dura de Nueva York, el guion se rompió.
Cayó 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2, 6-1 ante Mariano Navone, en su primera derrota en una primera ronda de Grand Slam desde 2006. Un dato que resume el tamaño del terremoto. El hombre de los 24 títulos de Grand Slam, a los 39 años, se asoma ahora a un tramo de su carrera que ya no admite engaños: saldrá del Top 10 y, por primera vez en mucho tiempo, su estatus como candidato real a los grandes vuelve a estar en cuestión.
Un cuerpo que dice basta
La noche neoyorquina parecía aliada. Nada del sol abrasador de las sesiones diurnas, condiciones más amables para un veterano que ha aprendido a gestionar cada gota de energía. Sin embargo, menos de una hora después de empezar, algo se torció.
Djokovic mandaba 3-0 en el primer set. De pronto, se sintió enfermo. Náuseas. Sensación de vacío. El control del marcador se le escurrió entre los dedos. En el tercer set llegó a vomitar. En el cuarto y en el quinto, los calambres se apoderaron de él. Las piernas ya no respondían igual, el servicio perdió velocidad, la mecánica que tantas veces había sido automática empezó a chirriar.
Fueron cuatro horas y 36 minutos que lo exprimieron por completo, física y mentalmente. Hubo destellos de siempre —ganadores brillantes, ángulos imposibles—, pero la estadística final fue implacable: 70 errores no forzados. Una cifra que no se asocia con el jugador que ha construido su leyenda sobre la precisión quirúrgica en los momentos clave.
“Creo que era obvio que fue una sensación horrible en la pista para mí”, reconoció después, en declaraciones recogidas por The Associated Press. “Esto es algo que, por desgracia, he ido arrastrando prácticamente en cada partido de este año”. No hubo rueda de prensa tradicional; Djokovic optó por hablar con un pequeño grupo de periodistas, según explicó Ben Rothenberg, de Bounces.
El serbio describió cómo, a partir de cierto punto, “todo el cuerpo empieza a colapsar, básicamente calambres y dolor”, y añadió que la espalda y el hombro “se rindieron”. Palabras duras en boca de alguien que ha hecho de la resistencia física y mental su marca registrada.
Navone resiste, el tiempo no perdona
Sería injusto reducir todo a la debacle física de Djokovic. Mariano Navone, de 25 años, no se dejó intimidar por el escenario ni por el nombre que tenía enfrente. Ganador de su primer título ATP Tour en 2026, mostró una madurez competitiva que explica por qué está dando el salto.
Golpeó profundo, empujó a Djokovic hacia atrás, ganó más del 70% de los puntos con su primer servicio y aprovechó los puntos de ruptura que tuvo. No se descompuso cuando el serbio amagó con la reacción. Aguantó, esperó, y cuando el gigante empezó a tambalearse, apretó.
Sin embargo, el relato del domingo giró, inevitablemente, alrededor de Djokovic. Hace solo un año, en este mismo US Open, había alcanzado la segunda semana y se despidió con una derrota digna en semifinales ante Carlos Alcaraz, a la postre campeón, en tres sets. Pocos le daban opciones reales de tumbar al español, pero su presencia en esa ronda reforzaba la idea de que aún podía competir al máximo nivel en los grandes escenarios.
En septiembre de 2025, un artículo de Last Word on Tennis dejaba una frase que hoy resuena con más fuerza: “como todos los deportistas descubren, el tiempo es un rival al que nadie puede vencer”. Doce meses después, las alarmas suenan más alto. Djokovic no está acostumbrado a desmoronarse físicamente tan pronto en un torneo.
Señales que se acumulan
Lo de Nueva York no es un episodio aislado. En agosto, en el ATP 1000 de Cincinnati, ya había sufrido en condiciones físicas igualmente duras. Perdió 2-6, 6-4, 6-4 en su debut ante Thiago Agustin Tirante, un resultado que encendió algunas luces rojas. En Nueva York, trató de ver el lado positivo de aquel tropiezo: lo interpretó como una especie de bendición encubierta, una oportunidad para descansar, recuperar y preparar a conciencia el US Open.
Durante años, Djokovic ha repetido que los Grand Slams son su prioridad absoluta. A su edad, sin embargo, la estrategia de recortar el calendario para llegar fresco a los torneos a cinco sets tiene un límite. El cuerpo necesita ritmo de competición. Los grandes, por sí solos, ya no bastan.
Jugar cuatro horas a los 39 años es una hazaña. Hacerlo cuando, a los 30 minutos de partido, ya se intuye que algo no va bien, es casi una condena. Más aún cuando la temporada ha sido larga en sensaciones, pero corta en torneos: solo siete en todo 2026. No parece una carga excesiva para un jugador que siempre se ha cuidado al milímetro. Y, sin embargo, el desgaste está ahí, visible, innegable.
La pregunta que flota en el ambiente es incómoda: ¿se trata solo de un problema puntual de salud o de la primera señal clara de un deterioro físico que ya no tiene marcha atrás?
¿Y ahora qué?
En las gradas y en las salas de prensa del US Open, el debate ya está instalado. ¿Volverá el año que viene? ¿Querrá hacerlo? ¿Podrá hacerlo en las condiciones que él mismo se exige?
Solo Djokovic conoce la respuesta. Podría seguir en el circuito como número 20 del mundo, jugando por puro amor al juego, disfrutando de la competición sin la obligación de ganar siempre. Sería un regalo para los aficionados y, quizás, una etapa liberadora para él.
También existe el otro camino: aceptar que ya no es un candidato real a ganar Grand Slams y decidir que no quiere prolongar una versión que no se reconoce en el espejo de su propio palmarés. Nadie se sorprendería si, en un momento de honestidad brutal, optara por colgar la raqueta antes de ver cómo la élite se le escapa definitivamente.
Por ahora, hay un dato que invita a pensar que el final no es inmediato: su nombre aparece en la lista de inscritos del ATP 500 de Beijing. No es el gesto de alguien que haya tomado ya la decisión de parar. Es, más bien, la señal de un competidor que aún no ha terminado de escribir su último capítulo.
Lo que sí ha cambiado es la ecuación de sus aspiraciones. Durante años, la mente de Djokovic fue su gran superpoder. Su fortaleza mental, su capacidad para “cerrar la puerta” en los momentos críticos, le permitió ganar partidos que parecían perdidos. Hoy, su derrota ante Navone deja una impresión distinta: para seguir siendo candidato serio a los grandes títulos, ya no basta con la cabeza. El cuerpo manda.
Al despedirse de Nueva York, dejó un mensaje en redes sociales: “Forever grateful, New York”. Tres palabras en inglés, un agradecimiento sincero y, quizá, una pista. No tanto de que este haya sido su último baile en Flushing Meadows, sino de que él mismo empieza a mirar este torneo —y su carrera— con la perspectiva de quien sabe que ya no tiene infinitas oportunidades.
La próxima vez que Djokovic salte a una pista grande, la pregunta no será solo si puede ganar. Será si su cuerpo le permitirá, de nuevo, parecerse al jugador que convirtió lo imposible en rutina durante casi veinte años. Y esa, para un mito, es la batalla más dura de todas.






