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Nikola Jokic y el desafío de criar hijos normales

Durante dos veranos seguidos, en Denver cundió el nerviosismo. Nikola Jokic volvía a dejar sin firmar la extensión de contrato con los Denver Nuggets, la franquicia de toda su carrera en la NBA. Once temporadas, un tres veces MVP y el miedo latente a un escenario imposible de imaginar para la afición: perder al mejor jugador de su historia.

El pánico no duró demasiado. Jokic, fiel a su estilo directo, explicó que el retraso tenía un único motivo: dinero. Si espera hasta el próximo verano, el pívot será elegible para una extensión supermax de 359,5 millones de dólares, el contrato más grande jamás firmado en la liga. Esa cifra, sumada a lo que ya ha ganado, lo colocará como el jugador con mayores ingresos en la historia de la NBA, por encima de leyendas como LeBron James y Kevin Durant, con más de 700 millones acumulados a lo largo de su carrera.

Con ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿cómo se crían hijos “normales” en medio de una fortuna histórica?

El contraste entre Sombor y Colorado

Jokic abordó el tema sin rodeos en el pódcast “Jao Mile”. Allí habló de lo que significa para él ver crecer a sus dos hijos rodeados de lujos que él ni siquiera podía imaginar cuando era niño.

“Mis padres me enseñaron valores que quiero transmitir a mis hijos. Si tuviera que destacar algo, sería el sentido de ‘normalidad’. Para mis hijos, su punto de partida de lo que es normal ya está muy alto: una piscina y un buen coche son normales para ellos, mientras que en su momento nosotros ni siquiera teníamos coche”, explicó. “Quiero que aprendan a pensar qué significa realmente la verdadera normalidad”.

Las palabras golpean con más fuerza cuando se recuerda de dónde viene Jokic. Creció en Sombor, una pequeña ciudad serbia, en una familia trabajadora. Sus padres se ganaban la vida con esfuerzo físico, estirando cada recurso para que su hijo pudiera ir a entrenar baloncesto. No vivían en la miseria, pero el abismo con la vida actual es evidente.

Hoy, su hijo y su hija corren por los pasillos de una villa de lujo en Colorado, con todas las comodidades imaginables, mientras su padre se consolida como uno de los deportistas mejor pagados del planeta.

Un reto que ni el Joker puede controlar

Jokic sabe que, por mucho que insista en los valores, hay algo que nunca podrá igualar: el contexto. Sus hijos crecerán con privilegios que él jamás tuvo. Lo asume, lo verbaliza y lo mira de frente. Puede hablarles de esfuerzo, de humildad, de sacrificio, pero ellos no conocerán lo que es ir a entrenar sin saber si habrá dinero para el transporte o para las zapatillas.

No es un caso aislado. Es casi una constante en la élite del baloncesto actual. La mayoría de las grandes estrellas de la NBA vienen de entornos humildes y ven cómo la siguiente generación nace en mansiones, rodeada de lujos, coches de alta gama y viajes privados. Es un “problema” muy particular: intentar que el éxito brutal no se coma la esencia que los llevó hasta ahí.

En el caso de Jokic, la paradoja es aún más llamativa porque su figura choca con el molde clásico del superestrella moderno.

Un fuera de serie que vive como si no lo fuera

En plena era de la exposición constante, Jokic se mantiene al margen. No tiene redes sociales, no persigue grandes contratos con marcas de zapatillas ni construye una imagen pública calculada al milímetro. Su figura se ha levantado sobre otra cosa: juego, resultados y una humildad casi desconcertante para el nivel al que compite.

Mientras otros convierten cada gesto en contenido, él se escapa a Sombor a cuidar caballos y a vivir lejos de los focos. Esa discreción, repetida año tras año, ha levantado una imagen insólita: quizá el atleta de élite más humilde del planeta. Al menos, uno de los pocos cuya vida privada parece ir en dirección contraria a su cuenta bancaria.

Sus hijos crecen viéndolo así. Sin ostentación pública, sin exhibición permanente de riqueza, sin un padre convertido en personaje de redes. Ven a un hombre que gana cientos de millones, pero que sigue hablando de “normalidad” como si aún durmiera en su habitación de Sombor.

La NBA puede seguir rompiendo récords de contratos y cifras astronómicas. Jokic también. La verdadera batalla, para él, está puertas adentro: que sus hijos entiendan que la piscina y el coche no son el punto de partida del mundo, sino un privilegio que casi nadie tiene. Y que, detrás de cada cifra histórica, hubo una vida que empezó muy lejos de ese lujo.