Moses Itauma pierde ante Filip Hrgovic: lección en el ring
Durante años, Moses Itauma fue la historia favorita de los gimnasios británicos: el chaval que llegaba aún con el uniforme del colegio y daba una lección a profesionales hechos y derechos. En el O2 Arena, con 21 años recién cumplidos y el mundo del peso pesado mirándole fijamente, la lección cambió de dirección.
Filip Hrgovic, 34 años, cicatrices de guerra y un físico de granito, se llevó el vacante título mundial IBF del peso pesado al obligar a la esquina británica a tirar la toalla en el noveno asalto. No fue un nocaut brutal. Fue algo más cruel para un talento joven: el cuerpo de Itauma dijo basta antes que su orgullo.
Un inicio que olía a relevo generacional
Durante muchos minutos, pareció la coronación del nuevo rey. Itauma fue el más rápido, el más fino, el más seguro. La mano izquierda entraba una y otra vez, limpia, precisa, dibujando un combate que justificaba todo lo que se había dicho de él en los despachos y en los vestuarios: que estaba hecho para la cima.
Hrgovic, sin embargo, no se descompuso. No corrió, no se desesperó, no persiguió sombras. Simplemente estuvo ahí. Aguantó. Esperó.
Mientras Itauma sumaba asaltos, otro contador corría en silencio: el del desgaste. La boca abierta buscando oxígeno. Las piernas, cada vez menos elásticas. El brillo inicial empezó a convertirse en esfuerzo. El croata, curtido en noches que el británico aún no conocía, entendió que el combate no era una carrera de velocidad, sino de resistencia.
El final llegó en el noveno. La esquina de Itauma, viendo a su boxeador exhausto y castigado, lanzó la toalla al mismo tiempo que el árbitro intervenía. No hubo protestas. Solo la realidad, fría, de un debut mundialista para el que el joven no estaba preparado física ni mentalmente.
La imagen posterior fue dura: Itauma, derrotado por primera vez en su 15ª pelea profesional, abandonando el recinto en camilla rumbo al hospital. Frank Warren, su promotor, trató de rebajar la alarma: “Es algo de precaución, es lo que hacemos siempre porque lo más importante es la salud del boxeador. También se ha hecho algo en la pierna y estaba bastante cansado. Fue una pelea de ritmo alto y rápido para los dos”.
Talento mundial, cuerpo sin experiencia
La noche no destapó a un fraude. Al contrario. Confirmó que Itauma tiene boxeo para competir al máximo nivel. Lo que dejó al desnudo fue la diferencia entre el talento y el oficio. Entre poder brillar ocho asaltos y saber gestionar doce.
Hasta el sábado, Itauma nunca había pasado del sexto asalto como profesional. Antes del combate reconoció que ni siquiera había llegado a hacer 12 rounds de sparring. El dato, escuchado a posteriori, suena a aviso ignorado. Su condición física no estaba a la altura de un campeonato del mundo, y esa responsabilidad no recae solo en el boxeador, también en el equipo que decidió acelerar los tiempos.
Lo que funcionó ante rivales de segundo escalón funcionó, en buena parte, también ante un auténtico peso pesado de élite. Aguantó bien los golpes, no hubo una mano aislada que delatara una barbilla frágil. Su velocidad de manos incomodó a Hrgovic, que por momentos pareció pesado y lento.
Pero un campeonato mundial no se gana solo con ráfagas de talento.
El juego mental y la trampa del nocaut
La pelea empezó antes del primer tañido de campana. Hrgovic pasó la semana atacando la edad de Itauma, reduciéndolo una y otra vez a “solo un crío”. Día tras día, el británico fue perdiendo calma. En el pesaje, explotó: empujón al croata, respuesta con una bofetada. El veterano había conseguido sacar al joven de su centro.
Itauma presume de ser un peso pesado distinto, más cerebral. Lee libros de psicología, de autoayuda, habla abiertamente de entrenar la mente, de analizarse a sí mismo. Pero pensar tanto tiene un riesgo conocido: cruzar la delgada línea hacia la sobrecarga mental, algo de lo que se ha acusado a Anthony Joshua en la etapa final de su carrera.
Cuando sonó la campana, el plan de Itauma quedó claro: quería terminar la noche pronto. Buscar el nocaut, validar su irrupción con un final rotundo. Frank Warren lo explicó después con cierto recelo: “Alguien me dijo que él sentía que no ganaba un título mundial si no lo noqueaba. Eso no me gustó”.
Esa mentalidad le había funcionado hasta ahora. Le había dado un aura de imparable. Pero subestimó, como casi todos, lo que tenía delante. Hrgovic no es un nombre de relleno. Es medallista olímpico de bronce, un hombre que ya había compartido 12 asaltos durísimos con Zhilei Zhang y que solo tiene una derrota profesional, ante Daniel Dubois, en una pelea que iba ganando en dos de las tres tarjetas antes de que las heridas provocaran la detención.
El croata sabe lo que es estar tocado, cansado, sufriendo, y seguir en pie. Itauma aún no lo sabía.
El octavo asalto, retrato de un talento verde
El octavo round fue el espejo perfecto de lo que es hoy Moses Itauma: brillantez y falta de oficio en el mismo minuto. Tiró más golpes que en cualquier otro asalto, vaciando el tanque en busca de un nocaut que no llegaba. Quiso arrancar de cuajo a un rival que ya había demostrado ser casi imposible de sacar de ahí a base de pura fuerza.
Hrgovic lo explicó sin adornos: “Estaba tirando demasiado. Estaba peleando como un amateur. Yo sabía que tenía que aguantar. Tenía que quedarme ahí. Se cansaría y lo cogería en los asaltos finales”.
Eso fue exactamente lo que ocurrió. La presión acumulada, el ritmo, la falta de experiencia en tramos largos, todo se cobró su factura. Cuando el cuerpo de Itauma se apagó, Hrgovic seguía ahí, entero, esperando el momento.
¿Y ahora qué?
La derrota abre una nueva etapa. El aura de perfección intocable se ha roto. El chico del uniforme escolar ya sabe lo que es pagar la novatada en el nivel más alto.
Hrgovic, lejos de recrearse, le dejó un consejo que sonó más a diagnóstico que a burla: “No te rindas. No pierdas la confianza. Coge unas peleas fáciles, victorias fáciles. Reconstruye y aprende de estos errores. No puedes boxear como un amateur. Es una pelea de 12 asaltos, tienes que dosificarte”.
Frank Warren sigue convencido de que Itauma es uno de los talentos más extraordinarios que ha visto, y señala a Daniel Dubois como ejemplo de un pesado que se recompuso tras golpes durísimos a su carrera y terminó siendo dos veces campeón del mundo.
El boxeo británico, sin embargo, también conoce el otro final del cuento. Nombres como David Price recuerdan que una serie de derrotas a destiempo puede erosionar un aura de futuro campeón hasta dejarla irreconocible.
A partir de ahora, cada paso de Itauma será diseccionado. Se mirará cómo respira, cómo administra la energía, cómo responde cuando el combate se alarga y las piernas pesan. Esa vulnerabilidad, paradójicamente, puede convertirlo en un boxeador todavía más interesante de seguir. Ya no es el prodigio invencible; es el talento enorme que tiene algo que demostrar.
La lección ya está dada. Falta por ver si Moses Itauma la convierte en el primer capítulo de su madurez o en el recuerdo de una promesa que se quiso graduar demasiado pronto.






