Monza y la F1 de 2026: un Gran Premio incómodo
El templo de la velocidad está a punto de vivir algo que suena casi a sacrilegio: un Gran Premio de Italia con coches de Fórmula 1 que no volarán en las rectas como antes. Varios pilotos ya lo han adelantado: la experiencia será “rara”, “confusa” y “no fantástica”. Monza, el circuito que siempre ha sido sinónimo de punta de velocidad, se convierte este fin de semana en el escaparate más crudo de las limitaciones de la nueva generación de monoplazas de 2026.
No será solo una cuestión de tiempos por vuelta. Será una sensación. Y no precisamente agradable desde el cockpit.
Monza, sin punta: cuando Hungría es más rápida en recta
En los primeros simuladores con la normativa 2026, Monza se convirtió en un quebradero de cabeza. El miedo inicial era claro: salir disparado de las curvas, pero ver cómo la velocidad se desplomaba a mitad de recta cuando se agotaba la energía eléctrica. Se llegó a estudiar la posibilidad de que los pilotos tuvieran que bajar marchas en plena recta para gestionar esa caída brutal de velocidad.
Los ajustes posteriores en la gestión de energía —menos capacidad de recarga, despliegue limitado— han cambiado el perfil, pero no para mejor en términos de espectáculo puro. Ya no se espera una caída de 30-40 km/h desde picos de 350-360 km/h. El problema es otro: el coche ya ni siquiera se acerca a esos números. La velocidad se estabiliza antes, muy lejos de los registros que hicieron famoso a Monza.
Arvid Lindblad, de Racing Bulls, lo resumió con crudeza: no es que el coche se arrastre, es que simplemente no hay con qué empujar más.
Oscar Piastri, desde McLaren, fue más allá con un dato que rompe el instinto de cualquier aficionado: según el simulador, el monoplaza alcanzaba mayor velocidad punta en la recta principal del Hungaroring que en Monza. Hungría, el circuito tradicionalmente revirado y lento, superando a la Catedral de la Velocidad en la tabla de km/h.
No es un error de cálculo. Es falta de energía disponible para gastar.
En la práctica, los pilotos ya no tendrían que reducir a mitad de la recta principal antes de la primera chicane, como se temía al principio. Pero sí podrían verse obligados a engranar séptima en la subida hacia Ascari, un gesto que ilustra bien el tipo de gestión incómoda que les espera.
El fantasma del “super clipping” se contiene, pero no desaparece
Uno de los grandes temores para este fin de semana era que Monza se convirtiera en un festival de “super clipping”: levantar a lo bestia en plena recta o antes de curvas icónicas para recuperar energía, destrozando el ritmo natural del trazado. Las Lesmo, Ascari… todas esas curvas que siempre han exigido valentía podían quedar domesticadas por la tiranía de los megajulios.
La FIA, sin embargo, ha puesto un freno claro con un límite de 5 MJ de recuperación para este evento. Eso reduce mucho las opciones de “clipear” en exceso porque, sencillamente, no hay tanto margen para recolectar energía.
Piastri lo explicó con frialdad técnica: con un límite de recuperación más alto, los coches estarían perdiendo 30 o 40 km/h al final de cada recta. Con el tope actual, el “super clipping” se mantiene en un nivel más razonable. No desaparece, pero no destroza por completo la esencia de las rectas.
Ser listo ya no basta: Monza no perdona la falta de energía
En otros circuitos de este 2026, los pilotos han aprendido a ser casi ingenieros sobre la marcha. Ir más lento en una curva para poder recargar y luego volar en la recta. Levantar en zonas que antes se hacían a fondo. No pisar a fondo a la salida de curvas donde, hasta hace nada, solo había una consigna: máxima potencia.
Spa-Francorchamps fue el ejemplo extremo. En Pouhon, una de las curvas más rápidas y comprometidas del calendario, algunos encontraron tiempo… levantando el pie. Menos velocidad en el momento, más energía para después. Contraintuitivo, pero efectivo.
Monza, sin embargo, no ofrece tanta creatividad. Lando Norris lo dejó claro: en Spa había dos grandes rectas separadas por un tramo con muchas curvas donde podías recargar y luego soltar toda la energía. En Monza, las dos rectas largas están prácticamente encadenadas, y entre ellas apenas hay curvas útiles para cosechar energía.
El resultado es demoledor: poca energía, poca potencia, y casi ninguna herramienta estratégica para compensarlo. Simplemente, se va lento.
Vuelta rápida sí, vuelta de enfriamiento… a paso de tortuga
La clave de una buena vuelta en Monza 2026 ya no será solo la frenada en la primera chicane o el valor en Ascari. Será el estado de carga de la batería. Sin una batería bien preparada, el resto del trabajo se desmorona.
Para las vueltas de salida en clasificación, el límite de recarga se ha fijado en 9 MJ. Eso, sumado a la necesidad de calentar neumáticos, invita a rodar a un ritmo decente, sin exagerar la lentitud. No tiene sentido arrastrarse si se quiere llegar con gomas y batería en la ventana correcta.
El problema llega en las vueltas de enfriamiento. Ahí se aplica el límite estándar de 5 MJ. Si un piloto quiere hacer una secuencia de push–cool–push, se verá obligado a rodar muy, muy despacio en esa vuelta intermedia para no saturar el sistema de recarga demasiado pronto.
Lindblad ya anticipa que esas vueltas no van a ser precisamente divertidas. Las de salida serán lentas, pero lógicas. Las de enfriamiento, en cambio, pueden rozar lo ridículo desde fuera: coches de F1 arrastrándose por Monza para no pasarse de un techo de energía.
El inicio de vuelta, un rompecabezas con riesgo añadido
Otro punto crítico será la gestión del inicio de vuelta. Cuánta energía usar al salir de Parabolica para arrancar el giro con velocidad, sin llegar tieso de batería antes del final. Esa decisión puede marcar la diferencia entre una vuelta buena y una vuelta tirada a la basura.
Al principio de la temporada, los pilotos tuvieron que improvisar el punto exacto donde empezar a acelerar a fondo antes de la línea de meta, cada uno con su propia receta. Eso generaba imprevisibilidad, con coches preparando vuelta en zonas inesperadas y diferencias de velocidad difíciles de anticipar.
Las modificaciones introducidas en Miami cambiaron el juego. Con el llamado “auto-K”, los equipos pueden programar el momento exacto en que la batería empieza a desplegar su energía. El piloto sale de Parabolica con el pedal a fondo, pero el sistema decide dónde y cuándo entra en acción el empuje eléctrico.
En Monza, ese automatismo puede generar situaciones delicadas. Lindblad recordó lo vivido en Zandvoort, donde ya se vio un delta de 50-60 km/h entre coches en vuelta rápida y otros preparando giro, aunque el peralte ayudaba a apartarse.
Aquí no hay peraltes salvadores. Y la diferencia de velocidad puede ser aún mayor. Un coche lanzado, otro apenas cargando batería, ambos compartiendo una pista estrecha y lineal. El cóctel no suena bien ni para la seguridad ni para la fluidez de la clasificación.
Gestionar la energía, clavar la temperatura de los neumáticos, coordinar el tráfico y, al mismo tiempo, sobrevivir a esos diferenciales de velocidad. Todo para intentar exprimir una batería que, como resume Lindblad, se queda corta.
La catedral de la velocidad convertida en un laboratorio de límites energéticos. La pregunta ya no es cuán rápido puede ir un Fórmula 1 en Monza. La pregunta, este año, es otra: cuánto está dispuesta a sacrificar la categoría reina en nombre de su nueva era.






