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Marruecos, España y la disputa por la final del Mundial 2030

La carrera por acoger la final del Mundial 2030 ya ha salido del despacho y ha saltado al escenario político. Y lo ha hecho con fuerza en Marruecos.

El primer ministro marroquí, Aziz Akhannouch, ha frenado en seco al presidente de la federación de fútbol del país, Fouzi Lekjaa, después de que este se adelantara al guion y proclamara que Casablanca tendría “el honor” de albergar el partido decisivo del torneo que Marruecos organizará junto a España y Portugal.

La respuesta del jefe de Gobierno no dejó lugar a matices. En un mitin, delante de su propio público y del dirigente federativo, Akhannouch le lanzó un aviso directo: no vuelva a prometer la final sin hablar antes con los socios de candidatura.

“Deja de ofrecer acoger el gran partido final en Marruecos mientras aún no hemos tratado el asunto con nuestros aliados, España y Portugal”, le reprochó. Y remató con un mensaje que apunta tanto a la política interna como a la diplomacia deportiva: “Debe haber un poco de respeto, hermanos. Dejad de usar promesas electorales para quitarnos la alfombra. Son asuntos enormes. Decidir dónde se celebrará la final es un tema mayor”.

Un Mundial compartido… y una final en disputa

El Mundial 2030 será una edición histórica. Marruecos, España y Portugal compartirán la organización, con un arranque simbólico en Uruguay, Argentina y Paraguay para conmemorar el centenario del torneo. El mapa de sedes está propuesto, pero nada es definitivo: ni la lista cerrada de estadios ni, sobre todo, el escenario de la gran final.

Ahí se abre la grieta.

En Marruecos, Lekjaa ha convertido la ambición de acoger la final en un mensaje de orgullo nacional. La construcción de un estadio de 115.000 asientos —que, de completarse tal y como está planteado, sería el mayor recinto futbolístico del planeta— refuerza ese discurso de potencia emergente, capaz de mirar de frente a las grandes plazas europeas.

España, sin embargo, no piensa ceder ese terreno simbólico.

España se reivindica: “No puede ser de otra manera”

Rafael Louzan, presidente de la RFEF, ya había marcado su posición hace tiempo: para él, la final debe jugarse en suelo español. Y la segunda estrella mundialista lograda este verano ha servido como argumento adicional.

“Aunque no se ha tomado ninguna decisión, creo que España es el lugar porque no puede ser de otra manera”, declaró en la cadena Cadena SER. “Como sabéis, actualmente somos campeones del mundo. Creo que la capacidad organizativa de España para grandes eventos está fuera de toda duda y por eso la realidad dicta que la gran final no puede ni debe disputarse en otro sitio que no sea España”.

Louzan no habla solo de tradición. Habla de infraestructuras, de experiencia, de una industria del fútbol que lleva décadas acostumbrada a gestionar partidos de máxima exigencia.

El escaparate está listo: el renovado Santiago Bernabéu, con 83.000 asientos y un perfil tecnológico de vanguardia, y un Spotify Camp Nou que, una vez finalizadas las obras, alcanzará los 105.000 espectadores. Dos colosos que envían un mensaje claro: España tiene con qué.

El peso de la historia… y del calendario

La decisión final pertenece a la FIFA, que se ha limitado a recordar que “se tomará una decisión a su debido tiempo”. Traducido: no hay prisa oficial. El ejemplo más reciente lo deja claro. Para el Mundial que España ganó en julio de este año, la confirmación de New Jersey como sede de la final no llegó hasta febrero de 2024, apenas dos años antes del torneo.

Con el 2030 todavía en el horizonte, el margen de maniobra es amplio. Y ese tiempo alimenta la pugna política, mediática y emocional entre socios que, en teoría, reman en la misma dirección.

Porque el Mundial 2030 será compartido, sí. Pero la final no admite reparto. Será una sola noche, un solo estadio, un solo país. Y ahí, tanto Casablanca como Madrid —y, en menor medida, Lisboa— saben que no se juega solo un partido: se juega una declaración de poder en el fútbol global.

La pelota está en el despacho de la FIFA. Y cada palabra que se pronuncia en Rabat, Madrid o Lisboa empieza a contar.