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Madison Keys brilla en el US Open 2025

Bajo techo, mientras Nueva York se empapaba

La lluvia convirtió la primera jornada del US Open en una tarde interminable de esperas y frustración para buena parte del cuadro. Menos para Madison Keys. Resguardada bajo el techo del Arthur Ashe Stadium, la estadounidense aprovechó su escenario principal para firmar un estreno sólido: 7-5, 6-4 ante la rusa Alina Korneeva y billete directo a la segunda ronda.

No fue un vendaval, fue oficio. Keys manejó los tiempos, apretó cuando tocaba y cerró cada set con la frialdad de quien ya ha visto casi todo en este torneo.

La quinceañera eterna cumple 15 US Open

Este año no es uno más. Es el 15º US Open de Keys, que con 31 años lleva literalmente media vida en el circuito: se hizo profesional el día que cumplió 14, en febrero de 2009. Hoy, campeona del Abierto de Australia 2025, mira atrás y se reconoce en distintas versiones de sí misma, todas con una raqueta en la mano.

En estos días, las preguntas se repiten, los recuerdos también. Ella se ríe cuando le recuerdan la cifra. Dice que no le cuadra con lo “joven” que se siente, pero asume que su carrera ha sido una especie de biografía en directo, escrita año tras año en Nueva York, Melbourne, París y Londres.

Arrancó tan pronto que, según admite, al principio ni siquiera entendía del todo lo que estaba viviendo. Quizá por eso ahora aprecia más esa evolución: misma profesión, persona distinta. Más capas, más cicatrices, más perspectiva.

Curar una herida en la misma ciudad

El triunfo ante Korneeva tiene un peso extra si se mira el pasado reciente. Hace un año, Keys se marchó de Flushing Meadows con una de las derrotas más duras de su trayectoria en este torneo: adiós en primera ronda ante la entonces número 82 del mundo, Renata Zarazúa. Un golpe seco, de los que dejan eco.

Por eso el estreno de este año tenía trampa emocional. El vestuario, en los días previos, es una olla a presión. Ella misma lo describió: a medida que se acerca el debut, las manos sudan más, las voces suben de tono, las raquetas se escapan un poco del agarre. Se palpa la ansiedad colectiva.

Todos llegan con ilusión. Después aparece el miedo a fallar. La tensión compartida se contagia de banco en banco, de taquilla en taquilla. Keys lo reconoce sin rodeos: el gran desgaste muchas veces no es físico, es la anticipación. Saber que el momento se acerca y que no hay red de seguridad.

Este lunes, al menos, la estadounidense transformó esa carga en control. Jugó con calma, sin estridencias, y dio el primer paso que el año pasado no pudo dar.

Rybakina, a paso firme hacia la cima

En otro rincón del torneo, Elena Rybakina también salió reforzada. La kazaja superó su estreno con autoridad: 6-3, 6-2 ante la joven estadounidense Thea Frodin, de 17 años e invitada por la organización. Partido limpio, sin sobresaltos, ideal para medir sensaciones después del susto físico de Cincinnati, donde una lesión en el pie la obligó a retirarse en cuartos de final ante Iga Swiatek.

En Nueva York, Rybakina se movió con soltura, sin rastro evidente de molestias. Y cada victoria cuenta más de lo habitual: está en plena carrera por el número 1 del mundo. Ahora mismo manda en la clasificación en vivo y tiene un objetivo muy concreto: si alcanza las semifinales y ni Aryna Sabalenka, ni Jessica Pegula ni Coco Gauff levantan el trofeo, se convertirá por primera vez en su carrera en la número 1 del ranking.

No es solo un torneo para ella. Es una oportunidad histórica.

Cobolli firma una remontada de carácter

El cuadro masculino también dejó su historia de resistencia. El quinto cabeza de serie y finalista de Roland Garros, Flavio Cobolli, estuvo al borde del abismo en su debut ante Francisco Comesaña. Dos sets abajo, sensaciones flojas, un rival suelto. El típico partido que se escapa sin hacer demasiado ruido.

Pero Cobolli se negó a que su US Open terminara en un suspiro. Ajustó, se agarró al partido y empezó a ganar metros punto a punto. 3-6, 2-6, 6-3, 6-4, 6-4. Una remontada de cinco sets que dice mucho más de su cabeza que de su derecha.

En una jornada marcada por la lluvia y los parones, el italiano encontró la forma de cambiar la historia de su partido. Y en un Grand Slam, a menudo, ese primer día de supervivencia marca el tono de todo lo que viene después.