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Liverpool busca su próximo mago: el plan para el nuevo Coutinho

En Anfield todavía se habla de Philippe Coutinho con una mezcla de nostalgia y pragmatismo. Del brasileño queda el recuerdo del futbolista que encendía las noches grises, pero también el negocio que cambió la historia reciente del club: su venta abrió la puerta a Virgil van Dijk y Alisson Becker. A la larga, todos ganaron… salvo el Barcelona.

Coutinho fue, durante un tramo de su carrera en Liverpool, el número 10 perfecto. Ligero, imprevisible, con ese regate corto que dejaba rivales atrás como si fueran conos de entrenamiento. Veía pases que otros ni imaginaban y los ejecutaba con una técnica limpia, casi arrogante. Un mago, sin necesidad de exagerar.

Desde entonces, en Liverpool se busca, más que un sustituto, un heredero espiritual. Alguien capaz de recibir entre líneas, girar y romper defensas con un solo toque.

Wirtz, el heredero que aún no despega

Durante un tiempo, el elegido parecía claro: Florian Wirtz. Por talento, por perfil, por edad. Cuando el club decidió invertir fuerte en el alemán, la sensación fue que, por primera vez en años, había llegado el candidato serio a ocupar el trono vacío de Coutinho.

Pero la Premier League no perdona. Y Wirtz, de momento, lo está comprobando en carne propia.

Donde Coutinho se adaptó con rapidez, el alemán todavía se ve atascado. Un segundo tarde en soltar el balón. Un toque de más. Una duda donde antes había instinto. No es el chico que arrasó en la Bundesliga, al menos no todavía.

Ahí está el rompecabezas que puede marcar la era de Andoni Iraola en Anfield: cómo encender de nuevo a Wirtz. Cómo hacer que ese talento vuelva a fluir en un entorno mucho más exigente, más físico, menos indulgente con los periodos de adaptación.

La respuesta quizá no esté solo en el presente. Puede que se esté gestando, silenciosa, en la base del club.

Erik Farkas, el chico que juega como si ya conociera el final de la jugada

Mientras las miradas se centran en Wirtz, en las oficinas de Liverpool se celebran dos victorias discretas pero cruciales: asegurar el futuro de Joshua Abe y Erik Farkas. El club los considera dos de sus mayores joyas y no es casualidad que media Europa se haya interesado por ellos.

Abe cerró su contrato profesional en verano. El viernes llegó la confirmación de que Farkas también ha firmado su acuerdo. Para el primer equipo es una noticia de medio plazo; para la academia, casi un manifiesto: el talento creativo se queda en casa.

Con Farkas, las comparaciones con Coutinho no son un recurso fácil. Tienen sentido. El joven tiene ese algo que no se entrena: la capacidad de ver el pase que rompe el partido cuando el resto solo ve un muro rojo de camisetas rivales.

Su visión de juego es prematura para su edad. Lee los movimientos de sus compañeros con una naturalidad que recuerda a los mejores días del brasileño. Y, como Coutinho, ha convertido el pase con el exterior del pie en una firma personal: balones filtrados que se curvan en el momento justo, que se cuelan por rendijas que parecían cerradas.

No es solo técnica. Es inteligencia. Una comprensión del juego que le permite decidir bien en zonas donde un error se paga caro. Cuando recibe entre líneas, el ritmo cambia. Se nota. El rival se tensa.

Quien lo ha visto de cerca habla de un futbolista “puro”, de esos que parecen disfrutar más de habilitar al compañero que de lucirse ellos mismos. Un creador, no un mero ejecutor.

El futuro creativo de Anfield

Liverpool ha hecho los deberes: ha blindado a dos de sus talentos más codiciados y, con Farkas, se ha asegurado un perfil que escasea incluso en la élite. No hay garantías de que vaya a convertirse en el nuevo Coutinho. El fútbol no funciona con copias al carbón.

Pero hay algo innegociable: el club ha conseguido retener a un jugador con esa rara mezcla de imaginación, técnica y valentía para intentarlo siempre un pase antes que el resto.

Mientras Iraola busca la fórmula para que Wirtz se parezca al futbolista que deslumbró en Alemania, en los campos de entrenamiento ya crece un chico que ve el juego con los mismos ojos que veía Coutinho.

La pregunta no es si Liverpool tiene su próximo mago. La pregunta es cuánto tardará Anfield en verlo aparecer bajo los focos.