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Lionel Messi: adiós al genio que transformó el fútbol en arte

En algún momento de la noche, tras 120 minutos bajo un calor insoportable y con 39 años a la espalda, Lionel Messi se quedó quieto. No dijo nada. Ojos vidriosos, la medalla de plata colgando del cuello, el cuerpo inmóvil en mitad del césped. No era la imagen de 2014. No era el rostro desbordado por la frustración ni la caricatura que durante años construyó una parte del entorno mediático. Era otra cosa: un hombre que se sabía en el final de un camino irrepetible.

Se sentó en el césped. El mismo césped del que una década atrás se marchó convencido de que el título con su selección sería siempre una puerta cerrada. Se desató los botines, despacio, como si estirara el último minuto de una película que no quería terminar. Y ahí, sin discursos, sin documental de despedida, sin entrevista exclusiva, jugó su último partido con la camiseta de Argentina.

Un adiós a su manera

Messi se fue de la Selección como vivió su carrera: sin estridencias. No hubo “último baile” anunciado, ni campaña de expectativa, ni palabras antes de tiempo. Desde que tenía cuatro años y lo consideraban demasiado pequeño para jugar con los más grandes en Rosario, eligió siempre el mismo idioma: la pelota.

Tras más de veinte años de carrera internacional, 207 partidos, nueve finales y cuatro títulos mayores —con la cima absoluta alcanzada en 2022—, el capitán de Argentina anunció oficialmente su retiro del equipo nacional. La historia se cierra con una derrota ante una España claramente superior, pero ese epílogo no roza siquiera la dimensión de su torneo ni, mucho menos, de su trayectoria con la Albiceleste.

En 2026, con 39 años y todos los sueños cumplidos, cuesta recordar que durante mucho tiempo el gran reproche sobre su figura fue siempre el mismo: la falta de éxitos con la selección. “Sí, con el Barça lo hace todo, pero con Argentina no aparece”, se repetía. El dardo no venía solo de rivales. También de su propia casa.

Messi y su familia soportaron burlas, faltas de respeto y un odio abierto de sectores de la hinchada y del periodismo argentino que hoy lo veneran sin matices. Hicieron falta cuatro finales perdidas, años de golpes anímicos y hasta una renuncia en caliente tras la derrota ante Chile en 2016 —que luego revirtió— para que el viento empezara a soplar a su favor.

El nacimiento de una era

Con Lionel Scaloni en el banco y un núcleo duro de soldados a su alrededor —Rodrigo De Paul, Cristian Romero, Emiliano Martínez—, más la experiencia de Ángel Di María y Nicolás Otamendi, Argentina se reconstruyó. En 2021, en casa del rival de siempre, la represa se rompió. Y cuando se abrió, ya nadie pudo contener el agua.

Se sumaron Enzo Fernández, Julián Álvarez y una nueva camada que empujó al equipo hacia otro nivel. Argentina se convirtió en una máquina competitiva, un rival al que nadie quería enfrentar. Solo Arabia Saudita se atrevió a interrumpir el paso arrollador de una selección que, desde entonces, coleccionó tres títulos más, incluido el Mundial de 2022. La Scaloneta se transformó en un fenómeno: un equipo que jugaba para un líder, pero también para un mito vivo.

Hoy Messi se va habiendo comandado la era más gloriosa de la historia de la selección argentina. Antes de esta última derrota, un niño de segundo grado jamás había visto a su país perder una eliminación directa con él en cancha. El jugador que durante años cargó el estigma de “fracaso internacional” deja detrás un palmarés tan descomunal que algunos de sus viejos detractores ahora recurren al argumento opuesto: “el fútbol está arreglado para él”.

El fútbol pierde a su artista supremo

El escenario más grande del fútbol se queda sin su figura central. Ahí quedan sus números: 91 goles en un año natural, ocho Balones de Oro —cuatro antes de cumplir 25—, 1.348 participaciones directas en goles, 44 títulos. Récords que parecen diseñados para sobrevivir décadas. Pero el golpe más duro no está en las estadísticas. Está en lo intangible.

El fútbol pierde un pedazo de su alma. Porque este juego no es una ecuación, es una obra abierta, y Messi la interpretó como nadie. El talento explica parte de la historia, pero no cómo llevó de nuevo a su selección a una final mundial con 39 años, superando a rivales que tienen edades más cercanas a la de sus hijos que a la suya, mientras su padre peleaba por su vida. Tampoco explica cómo alguien que lo ganó todo siguió jugando cada partido como si fuera el último.

Su impacto es imposible de abarcar con palabras. Muchos lo intentaron. Todos se quedaron cortos. Quizás porque su legado va más allá de los goles, las asistencias o los títulos.

Cada aficionado tiene un Messi distinto en la memoria. Para algunos serán aquellas carreras imposibles ante Real Madrid, Athletic Club o Getafe. Para otros, los desmarques de Jordi Alba, la sociedad con Neymar y Luis Suárez, o la conexión con el mejor mediocampo que se haya visto. Muchos guardarán para siempre la imagen de las Champions levantadas, las Ligas encadenadas y, por fin, la Copa del Mundo.

El privilegio de ver a un maestro

Messi dejó miles de momentos para el recuerdo, pero su valor más puro fue otro: la sensación de estar viendo a alguien que dominó su oficio hasta un nivel casi inhumano. Alguien que ve, entiende y ejecuta el juego a una velocidad distinta al resto. Miles de millones de personas patearon una pelota alguna vez. Muy pocas lograron que el fútbol generara la mezcla de pasión, emoción y felicidad que despertó él.

Da igual si lo alentaste con la camiseta de tu país o si lo seguiste desde la neutralidad, solo para ver al mejor. Cada control orientado, cada pase de primera, cada amague de hombro, cada finta sin tocar el balón tenía la capacidad de dejarte sin habla. Hacía parecer sencillo lo que para los demás era imposible. Y cuando ya no quedaba espacio, inventaba un pase que nadie más veía, encontraba un ángulo inexistente, rompía defensas que parecían un muro. Encima, fue también el mejor goleador de todos los tiempos.

Su retiro de la escena internacional provoca una reacción que une a un niño que llora desconsolado con un adulto que no encuentra explicación racional. Ningún título universitario lo explica. El fútbol es un juego de chicos al que los grandes le pusieron millones, cámaras y análisis. Y hubo un hombre que lo perfeccionó.

Debajo de pizarras, trabajos de gimnasio y planificación milimétrica, el corazón del juego sigue siendo el mismo. Hacía falta alguien como Messi para recordarlo y devolvernos esa mirada infantil cada vez que festejábamos uno de sus goles. Nadie quiere que se vaya. Todos quieren estirar un poco más su magia. En el fondo, seguimos siendo ese chico que le ruega que se quede.

El líder que inspiró a una generación

Muy pocos futbolistas en la historia combinaron la capacidad para ser ícono con la lucidez para liderar como tal. Messi lo hizo. No solo por lo que jugó, sino por cómo vivió el juego: con pasión, humildad y una entrega que contagió a una generación entera.

Esa generación vendió lo que tenía para cruzar el planeta y verlo en directo. Esa generación corrió del colegio a casa para no perderse ni un minuto de sus noches en el viejo Camp Nou. Esa misma generación fue escalando en las juveniles de Argentina. Los chicos que crecieron viéndolo por televisión, soñando con entrenar una vez a su lado, terminaron dejando la vida en cada partido para ayudar a su ídolo a levantar la copa que parecía escrita en su destino.

Se dijo muchas veces que el fútbol le debía un Mundial a Messi. La realidad es que fueron sus compañeros los que tuvieron que dar un paso al frente. Es un deporte colectivo. Y ellos sabían que jugaban por algo más grande que sus propias carreras. Crecieron viéndolo mover cielo y tierra para darle gloria a su selección, vieron las lágrimas tras cada final perdida, la resiliencia de volver siempre a intentarlo.

Quizás el homenaje más sincero que recibe hoy Messi no está en las cifras, sino en los mensajes de quienes compartieron vestuario con él. Hablan del capitán, del líder, del compañero y del amigo. Del hombre que no solo redefinió el fútbol para sí mismo, sino que elevó a todos los que lo rodearon. Más allá de la genialidad única, fue su generosidad lo que lo convirtió en una figura imposible de no querer, dentro y fuera del campo. Y esa misma generosidad es la que le permite irse de la selección como campeón indiscutible.

Un último gran escenario

Su carrera todavía no terminó, pero todo indica que ya jugó su último gran partido en el escaparate mundial. Lo que viene será verlo en Miami, rodeado de amigos, estirando una carrera que desafía el calendario —hace una semana marcó cuatro goles—, pero sin el peso dramático de una final de Copa del Mundo.

Suena injusto. Porque, entre tantas virtudes, también dejó claro que, a los 39 años, seguía siendo el mejor jugador sobre cualquier césped. No le queda nada que demostrar. Ni a los demás, ni a sí mismo.

El fútbol seguirá. Aparecerán nuevas estrellas, nuevas comparaciones, nuevos debates interminables. Pero para quienes crecieron con él, habrá siempre un antes y un después de Messi con la camiseta de Argentina.

Su último acto con la Albiceleste no fue solo el final de una carrera internacional. Fue el cierre de una era que difícilmente se repita. Y la pregunta ya no es quién será el próximo Messi. La verdadera incógnita es otra: ¿volverá el fútbol a encontrar a alguien capaz de hacernos sentir así?