logo

Lamine Yamal y su lucha contra el racismo en el fútbol

Lamine Yamal no habla como una estrella de 19 años deslumbrada por el éxito. Habla como alguien que ha tenido que crecer deprisa. Como alguien que, pese a haber levantado una Copa del Mundo con España en julio y haberse convertido en uno de los grandes símbolos del futuro de Barcelona, sigue chocando con la misma pared: el racismo.

En una entrevista con Movistar, el extremo del Barça describió con crudeza algo que para él ya es rutina. “Mil veces. La gente es racista indirectamente contigo, pero quizá no se da cuenta”, afirmó. No levantó la voz. No hizo teatro. Simplemente puso palabras a lo que muchos viven y pocos escuchan.

El peso de las miradas y los comentarios

Lamine no se refería solo a insultos explícitos. Fue más allá. “Hay muchos comentarios o miradas que son racistas y ni siquiera se dan cuenta”, explicó. Esa es la parte que más duele: el racismo que se esconde en lo cotidiano, en el gesto, en la broma, en la normalidad mal entendida.

Según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, organismo dependiente del Gobierno, Lamine Yamal y Vinicius Jr fueron los futbolistas que más insultos racistas recibieron en internet en España en el último trimestre de 2025. Dos extremos jóvenes, dos referentes globales, convertidos en blanco constante de un odio que no entiende de talento ni de títulos.

El problema no se queda en las redes. En octubre de 2024, durante un Clásico en el Bernabéu, varios jugadores del Barça, entre ellos Lamine, fueron objeto de insultos racistas desde la grada. Un escenario icónico, un partido seguido en todo el planeta, manchado por el mismo patrón de siempre.

“Si me llaman negro, no me va a molestar”

Lejos de esquivar el tema, Lamine entró en el matiz que muchos no quieren ver. “Si alguien me llama negro, no me va a molestar en absoluto, al fin y al cabo soy negro, no soy de otro color”, dijo. No hay victimismo en su frase, hay una constatación. El problema no es el término en sí, sino la intención con la que se lanza.

“Otra cosa es si es bueno o malo, si lo dicen para ofenderme”, añadió. Ahí está la línea que él marca con claridad: la diferencia entre nombrar y atacar, entre describir y deshumanizar.

Su postura ante los insultos en el campo también sorprende por la frialdad con la que la expresa: “Si estoy jugando un partido y han pagado una entrada para verme, no me voy a enfadar solo porque me hayan faltado al respeto”.

No es resignación. Es una forma de blindarse. De no regalarle poder al que insulta. Pero también es el reflejo de una normalización preocupante: un futbolista de élite asume que el desprecio forma parte del paisaje.

Una estrella precoz frente a un problema viejo

Lamine Yamal encarna el futuro del fútbol español: joven, técnico, valiente, campeón del mundo con la selección. Sin embargo, su testimonio recuerda que el presente sigue arrastrando un problema enquistado.

Mientras él rompe récords de precocidad y llena estadios, el racismo se cuela en los comentarios, en los perfiles anónimos, en los cánticos, en las gradas que presumen de pasión pero aún toleran el odio.

La pregunta ya no es si el fútbol español tiene un problema con el racismo. Eso está acreditado por datos, denuncias y testimonios como el suyo. La verdadera cuestión es cuánto tiempo más tendrán que seguir explicándolo, una y otra vez, los mismos jugadores que sostienen el espectáculo.