Katie Taylor: El legado del boxeo irlandés
En la antesala de Croke Park, donde una carrera de cuento de hadas se prepara para bajar el telón, el boxeo irlandés mira hacia atrás y encuentra siempre el mismo punto de partida: Katie Taylor. No como mito abstracto, sino como compañera de guante, como rival en el gimnasio, como voz tímida en un avión o como figura dorada en el Excel Arena de Londres.
Lo que sigue no es una hagiografía. Es la memoria viva de quienes la vieron antes que nadie.
“Es mi compañera de sparring”
Eric Donovan, excampeón superpluma de Europa, retrocede dos décadas y vuelve a ser un adolescente en el equipo nacional.
Katie y él tenían casi la misma edad, el mismo peso, la misma rutina de sudor y golpes. Cuando la selección irlandesa se formó en 2003, ella ya rondaba el equipo. Muy pronto, los dos estaban frente a frente en el cuadrilátero.
Donovan admite algo que muchos pensaban en silencio entonces: al principio, la trataba distinto.
En los primeros guanteos, se contenía. Bajaba el ritmo. Era “una chica”. Hasta que su entrenador, Zaur Antia, lo fulminó en plena sesión. Le dijo que aquello era “muy, muy mal sparring”, nada serio. Eric se defendió: estaba boxeando con Katie Taylor, con una mujer. Antia estalló. Le recordó que esa “chica” quería ser campeona olímpica, que merecía respeto y exigencia, no condescendencia.
Ese tirón de orejas le cambió la mirada. Desde entonces, Katie dejó de ser “la chica del gimnasio” para convertirse en otra atleta de élite, alguien con derecho a la dureza del alto nivel. Donovan empezó a apretar de verdad. Sparrings técnicos, de alta velocidad, intensos. Sin malicia, pero sin rebajas.
En aquellos años, ella recibía mucho castigo. Era inevitable: casi todos eran hombres, muchos con más peso. Paddy Barnes, por ejemplo, protagonizó auténticas batallas con ella, equilibradas solo porque él cedía bastantes kilos. Pero Katie nunca se escondió. Daba tanto como recibía.
En un entorno masculino casi absoluto, no parecía fuera de lugar. No se la percibía vulnerable. Era, como dice Donovan, “uno de los chicos”. Y al mismo tiempo, estaba sola en la cima del boxeo femenino irlandés. Otras llegarían después —Alanna Nihell, Aisling Daly—, pero ella ya iba varios pasos por delante.
La estela venía de lejos. Deirdre Gogarty había abierto una primera brecha, obligada a emigrar para pelear. Katie tomó ese testigo y lo convirtió en ariete. Su impacto acabó empujando cambios legislativos en Irlanda.
El golpe más duro, antes de la gloria, fue político. En 2008, el boxeo femenino no entró en el programa de Pekín. Ella ya era campeona del mundo desde 2005. Había hecho más que méritos. Aun así, se quedó fuera.
En 2007, en los Mundiales de Chicago, Donovan presenció uno de esos momentos que cambian el rumbo de un deporte. El torneo servía como clasificatorio para Pekín. A Katie la invitaron a un combate de exhibición en la última noche. En el vestuario, los delegados le pusieron una losa sobre los hombros: le dijeron que subía al ring para pelear por la inclusión del boxeo femenino en los Juegos de Londres.
No solo era un combate. Era un plebiscito.
La respuesta fue una lección magistral. Una exhibición que dejó boquiabiertos a campeones como Frankie Gavin, Billy Joe Saunders, Luke Campbell o James DeGale. En medio del murmullo, Donovan sonrió y dejó caer una frase que hoy suena profética: “Esa es mi compañera de sparring”.
De hincha del fútbol a compañera de selección
Gráinne Walsh no creció entre sacos ni cuerdas. Su mundo era el balón. Soñaba con ser futbolista profesional. No tenía tíos boxeadores, ni padres entrenadores. El boxeo llegó casi por casualidad. O por destino.
En 2012, por primera vez, se quedó sin liga de verano de fútbol. Quería mantenerse en forma, pero intuía que un gimnasio no la engancharía. Justo entonces, frente a su casa, abrió un club de boxeo en Tullamore. Y la encargada de inaugurarlo era Katie Taylor, recién llegada de China con su quinto título mundial.
Era mayo, a un par de meses de Londres 2012. Gráinne cruzó la calle y se encontró con la mujer que iba a cambiar su vida. Después de conocerla, se pegó al televisor durante los Juegos. Eran los primeros en los que las mujeres podían competir en boxeo olímpico. Un momento histórico para el deporte, pero también íntimo para miles de chicas que, como ella, se vieron reflejadas en esa figura menuda con guantes.
Walsh lo resume con una frase sencilla: se quita el sombrero ante Katie por haber visto un sueño que, en realidad, no existía. No había camino. Ella lo abrió a golpes. Lo convirtió en posibilidad. Y lo hizo tan ancho que otras pudieron pasar.
Sin ese esfuerzo, Walsh está convencida de que no estaría donde está hoy. Ni ella ni muchas otras. Taylor dio visibilidad, respeto y plataforma al boxeo femenino en Irlanda.
Su admiración se convirtió en obsesión. Su entrenador tenía buena relación con Zaur Antia y ella insistía una y otra vez: quería ir a ver entrenar a Katie. Acabó sentada en una esquina de la unidad de alto rendimiento, observando cada movimiento, absorbiendo cada detalle.
El salto llegó rápido. Empezó a competir en 2012. Cuatro años después, ya era campeona nacional, ya tenía llamadas del equipo irlandés. En 2016, viajó a los Mundiales de Kazajistán. Y allí, en la lista de la expedición, apareció un nombre que aún la intimidaba: Katie Taylor. De superfan en la grada a compañera de selección en el avión.
Walsh recuerda aquellos trayectos con una mezcla de orgullo y vergüenza ajena. Sentada a su lado, intentando no tartamudear, conteniendo el rubor. Seguía siendo fan. Solo que ahora compartía chándal y objetivos con su ídolo.
La noche dorada de Londres
Para Marty Morrissey, voz de RTÉ Radio 1, el relato de Katie Taylor no se mide solo en títulos. Se mide en ruido. En himnos espontáneos. En un pabellón londinense convertido en sucursal de Dublín.
Ha narrado finales de All-Ireland, ha vivido epopeyas con los hurlers de Clare. Sin embargo, hasta hace apenas unas semanas, cuando Mayo rompió su maldición, nada superaba en su memoria profesional el oro olímpico de Katie en Londres 2012.
El Excel Arena, compacto y cerrado, vibró como un estadio de fútbol. Cuando sonó “The Fields of Athenry” entonado por miles de irlandeses, el canto rebotó en las paredes metálicas y se convirtió en una ola. Dentro del ring, la pelea contra Sofya Ochigava fue durísima. Tan igualada que, al sonar la campana final, Katie dudó.
Morrissey recuerda cómo Taylor miró a su padre, Pete, y a Zaur Antia buscando una señal. Ellos le transmitieron confianza. Poco después, el veredicto confirmó lo que Irlanda entera esperaba: campeona olímpica.
La escena tuvo sus ironías. Soldados del ejército británico custodiaban cada salida del recinto. Los aficionados irlandeses, desbordados de felicidad, se hacían fotos con ellos. El contexto histórico hacía la imagen todavía más llamativa.
En una esquina del pabellón, otro detalle curioso. Jimmy Magee narraba para la televisión. A su lado, Morrissey hacía lo propio para la radio. De repente, apareció Kate Middleton para saludar a los comentaristas. Él asume que el príncipe William también estaba en el recinto, pero no se cruzaron. La duquesa, en cambio, se acercó a la zona de comentarios. Una postal insólita en una noche ya de por sí irrepetible.
Mientras tanto, en RTÉ querían a Katie en directo con Bill O’Herlihy. Pero no había manera de localizarla. No contestaba el teléfono. Su padre insistía: esa noche era para la familia, no para los medios.
Morrissey, sin embargo, no se rindió. Un miembro del equipo le contó que estaba pasando un reconocimiento médico. En el pasillo, vio una bata de doctor con un cordón identificativo colgando. Se la puso y entró como si nada en la sala. Varios boxeadores irlandeses se echaron a reír al verlo allí dentro. “¿Qué demonios haces aquí?”, le preguntaron.
Encontró a Katie y a Pete. El padre volvió a negarse. Pero ella, al ver la insistencia del periodista, intervino. “Papá, creo que deberíamos hacer la entrevista”. Y así se abrió la puerta.
Antes de aparecer en televisión, los Taylor tenían otro compromiso: acudir a lo que les habían dicho que era la “embajada irlandesa”. Subieron a un coche, los llevaron al lugar… y resultó ser un pub. Un bar rebosante de compatriotas eufóricos, dispuestos a rendir homenaje. No era el escenario que imaginaban para una noche que querían íntima.
Media hora después, Pete llamó a Morrissey, algo desbordado, y pidió otro coche. Los recogieron, los llevaron a los estudios de RTÉ y, finalmente, Katie se sentó junto a Bill O’Herlihy para cerrar en directo una de las jornadas más importantes de la historia del deporte irlandés.
De la barra del pub al ring olímpico
Hugh Cahill, también voz de RTÉ, conoció primero al padre antes que a la hija. Pete Taylor trabajaba en la puerta de un pub en el paseo marítimo, Jim Doyle’s, patrocinador del club de rugby de Greystones. Después de los partidos, los jugadores solían pasar por allí. Entre ellos, Cahill.
En Bray, en Greystones, corría el rumor de una chica que “machacaba” a los chicos en los sparrings. Sonaba a historia de barra, a exageración local. Una joven boxeadora que aguantaba y dominaba a los hombres del gimnasio. Una locura para la época.
Cahill pensó lo que muchos: el boca a boca había inflado el relato. Hasta que fue a verla entrenar. Entonces comprendió.
El boxeo femenino, por aquel entonces, se percibía casi como una rareza. Una curiosidad. Algo que se miraba de reojo. Ese halo de “novedad” se desvaneció en cuanto la gente vio de cerca lo que Katie era capaz de hacer. Técnica, ritmo, intensidad, una cabeza fría en medio del ruido.
La final olímpica de 2012 frente a Sofya Ochigava marcó a Cahill tanto como la conquista mundial de Bernard Dunne en 2009. Dos noches que, para él, cambiaron la forma en que Irlanda se mira a sí misma en el ring.
El Excel Arena, pequeño y cerrado, parecía un club nocturno abarrotado. Los gritos chocaban contra las paredes y volvían con más fuerza. Ochigava apenas tenía apoyo: algún ruso, compañeras de equipo, poco más. Ahogados por un mar verde, blanco y naranja.
Cahill, sin embargo, deja una reflexión que va más allá del ruido. Siente que, pese a su éxito, mucha gente no conoce realmente a Katie. Saben que es admirada, que reza, que ayuda en silencio a causas benéficas. Pero fuera de su grandeza deportiva y de su fe, el público general sabría decir poco más. La campeona, paradójicamente, sigue siendo un enigma.
“Era buena, era letal”
Para Mick Dowling, dos veces olímpico, dos veces bronce europeo y entrenador de largo recorrido, el primer recuerdo de Katie llega a través de una amistad. Pete Taylor, buen amigo suyo, se la llevó a su club, Mount Tallant Boxing Club, en Terenure.
Lo que vio le bastó. Una joven obsesionada con el trabajo, capaz de lanzar volúmenes de golpes inagotables. No era una pegadora devastadora, pero sí un torbellino. Un estilo que Dowling aprecia: bob and weave, esquivar, cabecear, deslizarse. Puro movimiento. Puro ataque.
Pete tuvo un papel gigantesco en esa etapa, insiste. Su influencia fue decisiva en la formación de la campeona. Sin él, la historia no se entiende.
Dowling recuerda que Katie ya mostraba algo distinto. Como cuando un ojeador ve a un futbolista y sabe, de inmediato, que hay materia prima de élite. “Era buena, era letal”, dice. Tenía encaje. Podía recibir golpes. Y, sobre todo, aceptaba ese intercambio con naturalidad. No rehuía el castigo, confiada en que siempre devolvería más de lo que recibía.
Mientras él viajaba con la selección irlandesa, veía cómo esa joven se abría paso, escalón a escalón. Sabía que estaba ante una estrella en ciernes. El tiempo solo se encargó de confirmarlo.
Ahora, con Croke Park esperando y una carrera que ya pertenece a la historia, todas esas escenas —el grito de un entrenador en un gimnasio vacío, una adolescente cruzando la calle hacia un nuevo deporte, una bata de médico robada en un pasillo olímpico, un pub confundido con una embajada— se alinean en una misma dirección.
No explican solo quién fue Katie Taylor. Plantean otra cuestión: qué vendrá después, cuando el eco de sus guantes deje de sonar y las nuevas generaciones tengan que escribir su propia versión de este legado.






