Katie Taylor se despide del boxeo en Croke Park
Katie Taylor se sienta para cumplir con los medios de la semana de pelea con una sonrisa amplia, casi de costumbre. Pero los ojos la delatan. Están húmedos, cansados, conscientes de que el reloj ya no marca solo los días hasta el combate, sino los últimos compases de una vida entera entre las cuerdas.
El sábado, en un Croke Park repleto, la irlandesa se mide a la invicta francesa Flora Pili. No es solo otra defensa, ni una noche más de boxeo en Dublín. Es la despedida. El cierre de una historia que empezó con una niña que tenía que disfrazarse de chico para poder subirse a un ring en un deporte que le cerraba la puerta a las mujeres, y que terminó en oro olímpico y títulos indiscutidos.
Ahora, con 40 años, el peso de esa travesía empieza a notarse en cada gesto.
La última caminata
“Pensé que estaba manejando bien todas las emociones hasta hoy”, admite a BBC Sport. La coraza habitual, esa frialdad competitiva que la protegió durante años, empieza a agrietarse. Esta vez no hay un siguiente nombre esperando en la sombra. Solo 80.000 voces, un mar de banderas tricolores y la certeza de que el capítulo final ya está escrito. Solo falta leerlo en voz alta.
“Esto es material de sueños y casi no me lo creo”, añade. “Miro mi carrera y pienso en lo extraordinaria que ha sido. Los altos, los bajos, los fracasos, las decepciones y los éxitos”.
Taylor nunca ha escondido su aversión al teatro de la semana de pelea: las cámaras, los micrófonos, los careos mil veces repetidos. Su refugio siempre fue el gimnasio, el sudor, el silencio. Esta semana, sin embargo, se ha permitido algo distinto. Se le han humedecido los ojos bajo los focos y ha alargado un segundo más los cara a cara, como si necesitara memorizar cada detalle de este adiós.
“Cada boxeador del mundo desearía estar en esta posición”, dice. Y no suena a tópico. Suena a alguien que sabe exactamente cuánto costó llegar hasta aquí.
Está desbordada por el país que la ha hecho suya. “No creo que haya muchos otros lugares donde 80.000 personas vayan a ver a una atleta mujer”, subraya. La imagen del sábado es fácil de imaginar: el cántico de “olé, olé, olé” retumbando por última vez, el estadio teñido de verde, blanco y naranja, y ella, caminando hacia el ring sabiendo que no habrá otra igual.
Un país en pie
La emoción ha contagiado a todos los que la rodean. Eddie Hearn se quebró en plena rueda de prensa final, consciente de que era la última semana de pelea de Taylor que viviría desde dentro. Más tarde, explicaba a BBC Sport lo que le espera: cuando todo acabe, los cinturones y la cuenta bancaria serán solo objetos; lo que quedará serán esos momentos que te hacen llorar al recordarlos. Él mismo lo tiene claro: llorará en la caminata al ring y llorará en la entrevista posterior.
En estos días ha salido a la luz una versión de Katie que el gran público apenas conocía. Sigue siendo suave al hablar, enfocada, casi ascética. Pero también se ha dejado ver más relajada, incluso bromista. En uno de los últimos compromisos con la prensa, llegó a soltar que le daban ganas de volcar la mesa solo para romper la monotonía. Hearn lo resume de forma sencilla: “Katie Taylor es una de las personas más graciosas que he conocido. Inesperadamente graciosa. Es fuerte y determinada, pero quien la conoce sabe que es muy jovial, con una energía tremenda. Y creo que está absorbiendo todo eso”.
Su entorno no ha dudado: para ellos es la mejor deportista de la historia de Irlanda. El mánager Brian Peters llegó a pedir perdón en tono de broma a Roy Keane, asegurándole que quedaba muy cerca en ese ranking imaginario.
La fiebre por la despedida se palpa en cada esquina de Dublín. Taxistas atrapados en el tráfico preguntan por entradas. Camareros en Temple Bar interrogan a cualquiera que parezca tener un contacto. Todo el mundo busca un billete de última hora para Croke Park.
Un adiós que se trabajó como un título
Llenar un estadio así no es sencillo ni siquiera con el tirón de Taylor. Ella, que siempre prefirió el anonimato del gimnasio a los focos, ha tenido que salir a la carretera. Y lo ha hecho a su manera: trabajando.
Peters lideró una agotadora gira en autobús de 1.500 millas por toda la isla, las 32 condados, con decenas de entrevistas de radio y paradas comunitarias para promocionar la función de despedida. “Nadie trabaja tan duro como Katie”, insiste. “Esos cuatro días no paró. Estos estadios no se llenan solos”.
En Kilkenny, miles de aficionados se agolparon en las puertas pese a un horario implacable. La agenda pedía seguir adelante, pero Taylor se negó. “Ah Brian, no podemos pasar de largo”, recuerda Peters que dijo, ordenando detener el autobús para hacerse fotos en grupo. Ese gesto, repetido una y otra vez, ha convertido el sábado en algo más que un evento deportivo.
Los números lo confirman: alrededor del 80% de los que estarán en Croke Park verá una pelea en directo por primera vez. Un 65% de las entradas se vendió fuera de Dublín. Y con la velada emitida en abierto en toda Irlanda y la presencia musical de Westlife, la despedida de Taylor se ha transformado en una celebración nacional.
La amenaza silenciosa de Flora Pili
Mientras tanto, Flora Pili se ha movido por la semana de pelea casi en silencio, deslizándose por los pasillos mientras la tormenta mediática giraba en torno a la estrella local. Llega invicta, 12-0, con hambre de escribir su propia historia precisamente en la noche que Irlanda quiere dedicar a la suya.
“No tengo nada que perder y todo por ganar”, afirma la francesa, de 29 años. Una frase sencilla, pero peligrosa para cualquiera que se confíe en una noche tan cargada de emoción.
Taylor, sin embargo, ha organizado su semana con precisión quirúrgica. La mayoría de los compromisos con la prensa se concentraron al principio, para dejar espacio al boxeo y a las lágrimas. Primero vaciarse por dentro. Después, centrarse en el combate.
“No creo que pueda prepararme para lo que va a pasar el sábado, pero voy a intentar mantener las emociones bajo control y disfrutar de la caminata al ring. Pero lo más importante es ganar”, recalca.
Cuando le preguntan cómo se verá el domingo por la mañana, responde sin rodeos: “Probablemente un poco aliviada: no tendré que recibir más golpes”.
Puede que el sábado las lágrimas regresen cuando suene la campana final. Esta vez, sin embargo, ese sonido no anunciará otra defensa ni otro capítulo. Será la señal de que la historia de Katie Taylor, la niña que se disfrazó para boxear y acabó llenando Croke Park, ha llegado al último asalto. Y el país entero tendrá que aprender a imaginar sus noches de boxeo sin ella.






