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Josh Tongue brilla en Edgbaston y lleva a Inglaterra al dominio sobre Pakistán

La cuadrilla de seamers de Inglaterra volvió a rugir en Edgbaston. Cuatro hombres, un mismo plan: atacar sin descanso hasta derribar a Pakistán por apenas 133 carreras y tomar el control psicológico de un Test que, sobre el papel, sigue abierto, pero que ya huele a dominio local.

El protagonista más ruidoso esta vez fue Josh Tongue. Cuatro wickets, una nueva arma y la sensación de que el laboratorio de lanzadores ingleses no cierra nunca, ni siquiera entre partidos. El derecho, todavía en pleno crecimiento en el escenario internacional, se atrevió a sacar en pleno Test una variante que había estado puliendo lejos de los focos: la wobble seam, esa costura que vibra, engaña y castiga cualquier duda del bateador.

Tongue no ocultó el origen de su nueva joya. El maestro, Ollie Robinson. “He hablado bastante con Robbo sobre ello”, explicó el pacer, después de ver cómo ese lanzamiento debutante en partido le regalaba un wicket inmediato. Robinson, especialista consumado en esa pelota durante toda la serie, ha sido su referencia en las últimas semanas, tanto en conversaciones durante los Tests como en las sesiones de entrenamiento más recientes. Tongue probó, ajustó y, cuando decidió usarla en el juego, la recompensa llegó al primer intento. No piensa guardársela: quiere más recursos, más filo, más maneras de desarmar alineaciones.

La estadística del día retrata un trabajo coral. Tongue se quedó con cuatro víctimas; las otras seis se repartieron a partes iguales entre Robinson y Jofra Archer. Tres cabezas de cartel, un mismo guion: costura viva, movimiento lateral constante y una presión que no dio respiro a un orden de bateo paquistaní que vuelve a naufragar en condiciones inglesas.

Porque la tendencia ya es alarmante para los visitantes. Cinco entradas en la serie, cinco veces por debajo de las 200 carreras. En contraste, Inglaterra todavía no ha sido despedida por menos de esa cifra. En Edgbaston, los de casa cerraron la jornada con 156/4, 23 carreras por delante con seis wickets aún en la mano. Ventaja real, pero no definitiva.

Tongue lo sabe y no vende triunfalismo. Para él, la batalla se reanuda en cuanto amanezca. “Esa primera hora mañana por la mañana va a ser muy crucial. Solo tenemos que superar ese primer tramo”, advirtió. El mensaje es claro: consolidar, no regalar nada, y estirar la brecha hasta hacerla insoportable para un rival tocado.

Del otro lado, Saud Shakeel se aferró a la explicación que se ha repetido durante toda la serie: condiciones duras, movimiento lateral, una realidad a la que la alineación paquistaní no está acostumbrada. Fue el máximo anotador de su equipo con 43, un parche demasiado pequeño para tapar una nueva caída colectiva.

Shakeel no esquivó la autocrítica, pero tampoco ignoró el contexto. Reconoció que perder el sorteo les dejó a merced de un campo con humedad y un cielo encapotado que hizo brillar aún más a los lanzadores ingleses. Admitió “soft dismissals”, salidas blandas, errores de ejecución que cortaron cualquier intento de reconstrucción. Y, sin embargo, vio un hilo de esperanza en la respuesta con la bola: “Empezamos bien con nuestro bowling y, si podemos sacarlos rápido, hay una buena opción de regresar al partido”. Esa es la ecuación: wickets tempranos o resignarse a otra persecución cuesta arriba.

El problema es que la historia se repite. “Estamos trabajando duro, no es que no lo intentemos”, insistió. Habló de ese movimiento lateral constante, de lo poco habituados que están a enfrentarlo y de una realidad asumida: el grupo de bateo ha sufrido, lo han aceptado, y los bowlers “han estado por encima” durante toda la serie. Una confesión que retrata el tono del vestuario: esfuerzo sin recompensa, lucha contra un entorno que no perdona errores técnicos ni mentales.

En medio de tanta frustración, Pakistán encontró al menos una chispa que invita al futuro: Razaullah. Solo 21 años, apenas su noveno partido de first-class, pero una presencia que se hizo notar desde la primera carrera. Ritmo puro, acción incómoda, esa sensación de peligro que se percibe incluso desde la grada. Se llevó los wickets de Emilio Gay, uno de los dos medio centuriones ingleses junto al aún invicto Harry Brook, y de Joe Root, el tótem del orden medio local.

Shakeel lo conoce poco —solo se había cruzado con él una vez en el circuito doméstico—, pero lo que vio en Edgbaston refuerza la apuesta por su “raw pace” y su talento en bruto. Para él, con lanzadores de esa velocidad, la falta de experiencia se vuelve un detalle menor si el instinto y la agresividad se mantienen. Y eso fue exactamente lo que mostró Razaullah: una amenaza real, no un simple relleno en la rotación.

Mientras Inglaterra afila su ventaja y su ataque de seamers sigue sumando argumentos, Pakistán se agarra a su joven velocista y a la esperanza de una mañana perfecta con la bola. La serie ya ha dejado claro quién se adapta mejor a estas condiciones. La pregunta es si los visitantes encontrarán por fin una entrada que rompa el patrón… o si Edgbaston será otro capítulo más en una gira marcada por los 200 que nunca llegan.