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Irlanda e Israel: un partido de fútbol en silencio y tensión

El domingo, en Debrecen, no habrá grada visitante. No habrá mosaicos, ni tifos, ni el rugido habitual que acompaña a una gran cita europea. Habrá un partido de élite de la Uefa Nations League, sí, pero envuelto en un silencio extraño, casi incómodo, en un estadio neutral de Hungría y con una retransmisión reducida al mínimo.

Que el encuentro se juegue ya es, en sí mismo, una historia.

Durante semanas, la duda planeó sobre la selección de la República de Irlanda. ¿Debía presentarse a jugar contra Israel en plena ofensiva militar en Gaza? ¿O plantarse, asumir las consecuencias deportivas y económicas, y convertir el balón en un gesto político?

La respuesta llegó en forma de votación interna. En julio, los delegados de la Football Association of Ireland (FAI) se pronunciaron: 75 a favor de disputar los partidos, 32 por el boicot. La decisión desbloqueó el calendario, pero abrió una herida que no se cierra con un simple pitido inicial.

Un “away” sin aficionados y una “casa” a miles de kilómetros

Irlanda viajará a Debrecen para un partido “fuera de casa” que no lo parece. No habrá entradas para seguidores irlandeses. Solo un pequeño cupo para aficionados israelíes, como ya ha ocurrido en otros encuentros en los que Israel ha ejercido de local en territorio húngaro.

Hungría se ha convertido en refugio futbolístico para Israel. Relaciones diplomáticas más sólidas que con otros países europeos y disposición a asumir un dispositivo de seguridad complejo han hecho del país un anfitrión recurrente.

Pero la anomalía no acaba ahí. El 4 de octubre, la República de Irlanda se medirá de nuevo a Israel, esta vez en teoría como local. Sin Dublín. Sin Aviva Stadium. Sin su gente. El partido se disputará en Backa Topola, una pequeña localidad serbia que, de repente, aparece en el mapa del fútbol internacional.

La FAI explicó en verano que el duelo “en casa” se jugaría en un estadio neutral por “retos operativos que podrían afectar a la celebración del partido en suelo propio”. No dio más detalles. Los informes apuntan a un temor claro: que las protestas en Dublín impidieran que el encuentro llegara siquiera a comenzar.

Elegir una sede en Serbia, en una ciudad remota, reduce la presión en la calle y facilita el control de seguridad. Esa es la lógica. También es un símbolo: una selección nacional renunciando a su estadio, a su capital y a su afición para poder cumplir con una obligación competitiva.

Televisión sin voces, contrato sin negocio

El clima alrededor de estos partidos se nota también en la pantalla. La radiotelevisión pública irlandesa, RTE, emitirá una versión desnuda de la retransmisión: sin comentaristas, sin tertulia, sin análisis al descanso. Solo la señal del encuentro, lo justo para cumplir con el contrato de derechos.

RTE ha decidido además no ingresar ni un euro en publicidad o patrocinios ligados a estos duelos. Una emisión de mínimos en todos los sentidos, que refleja hasta qué punto el fútbol se ha visto arrastrado al centro de una tormenta política y moral.

La FAI, por su parte, ha defendido que no jugar podría perjudicar seriamente al fútbol irlandés a largo plazo. Sobre la mesa, la amenaza de sanciones de Uefa por no presentarse a los partidos y la posible pérdida de millones de euros en ingresos. El coste deportivo y económico de un boicot total no era menor.

La fase de grupos de la Nations League, sorteada en febrero con Austria y Kosovo como otros rivales, se convirtió desde el primer momento en algo más que una cuestión táctica. Para una parte del entorno irlandés, enfrentarse a Israel en este contexto era simplemente inaceptable.

Protestas, cartas abiertas y un vestuario incómodo

Las gradas del fútbol doméstico en Irlanda han sido el primer altavoz. Aficionados de distintos clubes han mostrado pancartas y han coreado consignas contra la disputa de los partidos ante Israel en las últimas semanas. La presión ha ido creciendo.

El lunes, más de 160 deportistas irlandeses firmaron una carta abierta impulsada por el colectivo Irish Sport for Palestine, pidiendo el boicot. Entre los nombres, el boxeador Tyrone McKenna y la ex campeona de Europa de atletismo Ciara Mageean. El mensaje desde el deporte no futbolístico también es claro.

Dentro de la propia FAI, nadie oculta el malestar. El director de fútbol, John Martin, definió los encuentros como “una situación muy incómoda para todos”. El director ejecutivo, David Courrell, reveló que Uefa rechazó una petición para separar a Irlanda e Israel en futuros sorteos.

Y luego está la voz del banquillo. El seleccionador Heimir Hallgrimsson fue tajante al explicar su posición: disputar el partido, dijo, no significa legitimar lo que definió como el “genocidio” de Israel en Gaza. “No estamos jugando con genocidio, estamos jugando contra genocidio. Jugamos contra Israel, no jugamos con Israel”, declaró.

La respuesta desde la Israel Football Association fue inmediata y furiosa. Acusó al técnico de “ignorancia, hipocresía y estupidez”. El balón aún no rueda y el cruce ya es uno de los más cargados de tensión que se recuerdan en la historia reciente del torneo.

Una relación política que atraviesa la línea de banda

Nada de esto ocurre en el vacío. La República de Irlanda se ha situado, desde octubre de 2023, entre los países europeos más firmes en su apoyo a la causa palestina.

Según el ministerio de Sanidad de Gaza, controlado por Hamás y cuyas cifras son consideradas fiables por Naciones Unidas, más de 73.000 personas han muerto en ataques israelíes desde el inicio de la ofensiva. El 7 de octubre de 2023, el ataque del grupo armado palestino Hamás en territorio israelí dejó alrededor de 1.200 muertos y 251 rehenes, y desencadenó la respuesta militar de Israel, que defiende sus acciones como legítima defensa.

En mayo de 2024, Irlanda dio un paso político de enorme carga simbólica: junto a España y Noruega, reconoció oficialmente al Estado palestino. Más tarde, se sumó al caso de Sudáfrica contra Israel por genocidio en Gaza ante la Corte Internacional de Justicia.

No se quedó ahí. Irlanda se convirtió en el primer país de la Unión Europea en prohibir la importación de productos procedentes de asentamientos israelíes ilegales en Cisjordania. Ha impuesto vetos de viaje a ministros del gobierno israelí. Y, desde 2025, boicotea el festival de Eurovisión por la participación continuada de Israel.

La ministra de Exteriores, Helen McEntee, lo resumió esta semana con una frase contundente: “La posición de Irlanda es clara: se está violando el derecho internacional. Estamos viendo un intento de borrar a una población”.

Israel, por su parte, critica la postura irlandesa y sostiene que su actuación en Gaza responde a la necesidad de proteger a su población tras el ataque del 7 de octubre.

Serbia, Hungría y el tablero geopolítico

La elección de sedes neutrales también se lee en clave diplomática. Hungría ha ofrecido a Israel un escenario estable, con un gobierno dispuesto a garantizar seguridad y a sostener una relación más estrecha que la de otros socios europeos.

Serbia, donde se jugará el “partido en casa” de Irlanda, ha ido tejiendo en los últimos años lazos estratégicos con Israel. En 2025, su ministro de Exteriores, Marko Duric, llegó a describir a Israel como uno de los “amigos más cercanos y socios estratégicos” del país. Belgrado ha comprado drones, misiles y otro material militar israelí en fechas recientes.

Backa Topola, un nombre casi desconocido para el aficionado medio, se convierte así en escenario de un choque donde el fútbol se cruza con la geopolítica. Un lugar elegido, precisamente, porque promete calma.

Un precedente reciente: el balón no siempre se detiene

No es la primera vez que Irlanda se enfrenta a Israel en medio de un debate encendido. La selección femenina de baloncesto jugó contra Israel en las ventanas de clasificación para el EuroBasket el pasado otoño y a principios de este año, después de lo que se describió como “deliberaciones extensas”.

La línea que separa el deporte de la política se ha ido difuminando con cada decisión, cada viaje, cada himno sonando en un pabellón o un estadio neutral.

Ahora, esa misma tensión aterriza en la Nations League. Un torneo pensado para elevar el nivel competitivo de las selecciones europeas se ha convertido, en este caso, en el escenario de una discusión mucho más grande que una tabla de clasificación.

El domingo, cuando el árbitro señale el inicio en Debrecen, la pelota empezará a rodar en un contexto casi aséptico: sin grada irlandesa, con una retransmisión sin voces, con protestas a cientos de kilómetros y con un debate que no se apagará con el pitido final.

La pregunta es cuánto tiempo podrá el fútbol seguir jugando en medio de este fuego cruzado sin convertirse, definitivamente, en uno de sus protagonistas principales.