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Increíble final en el cricket: una impresora rota decide el partido

En el North West Cricket Union Premier League se vio este sábado una de esas escenas que parecen sacadas de una comedia, pero que cuentan como derrota oficial. Ballyspallen, necesitado de puntos y aferrado a cualquier resquicio para salir del fondo de la tabla, terminó perdiendo en casa ante Eglinton no por un colapso en el campo, sino por un fallo técnico fuera de él: una impresora rota.

El guion del encuentro, hasta que todo se torció, era el de una tarde de cricket tensa, pero normal. Eglinton había sido eliminado por 159 carreras en 48.1 overs, una cifra perfectamente defendible en las condiciones del día. Ballyspallen apenas había comenzado su respuesta: 19 carreras en el marcador, solo dos overs consumidos, cuando la lluvia irrumpió en Ballyspallen y obligó a detener el juego.

La situación pedía lo habitual en estos casos. Con overs a punto de perderse por la interrupción, los oficiales señalaron que había que recurrir al método Duckworth-Lewis-Stern (DLS) para recalcular el objetivo. Nada extraño. En el cricket moderno, el DLS es casi un protagonista más cada vez que las nubes se cierran.

Pero ahí apareció el giro inesperado. Para aplicar el DLS, el reglamento del North West Cricket Union exige la producción de una hoja oficial con el cálculo, accesible tanto para ambos equipos como para los árbitros. Y esa hoja, sencillamente, no pudo imprimirse. La impresora del club local no funcionaba. Sin hoja DLS, no había base reglamentaria para reanudar el partido.

La consecuencia fue tan tajante como dolorosa para el equipo anfitrión. De acuerdo con las normas del North West Cricket Union, si el club local no puede proporcionar la hoja DLS a los dos equipos y a los árbitros, “concede inmediatamente” el partido. Sin espacio para interpretaciones. Sin margen para soluciones improvisadas. El encuentro terminó ahí mismo y Eglinton fue declarado ganador sin que se lanzara una sola bola más.

El reglamento va aún más lejos en sus exigencias. Establece que el club local debe disponer de “un ordenador con el software necesario, una impresora compatible y operativa con suficiente suministro de papel y tinta, y un operador competente”. Todo, además, debe estar “operativo” antes del inicio del encuentro. En Ballyspallen, ese engranaje falló en el punto más frágil: la impresora.

Para el conjunto local, el golpe es doble. No solo pierde una oportunidad de firmar su quinta victoria en la Premier League, sino que permanece anclado en el último puesto de la clasificación, castigado no por una mala decisión táctica, ni por una mala entrada con el bate o la bola, sino por un fallo de infraestructura tan básico como decisivo.

En una liga donde cada punto cuenta y cada detalle se mide al milímetro, Ballyspallen ha aprendido de la forma más dura que, en el cricket moderno, la tecnología no es un accesorio: es parte del juego. Y que, a veces, el rival más letal no viste colores contrarios, sino que se esconde en una impresora que no arranca.