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El homenaje a Kyle Lowry en Toronto: un legado que perdura

En Caledon, Ontario, el futuro ya está escrito en lo alto del Scotiabank Arena. Dos números, dos eras, dos formas opuestas de marcar una franquicia, acabarán colgados lado a lado: el 15 de Vince Carter y el 7 de Kyle Lowry. El primero ya está arriba. El segundo subirá el 10 de enero. Y no hay metáfora más clara de cómo han crecido los Toronto Raptors que esa pareja de camisetas presidiendo el techo.

El homenaje inevitable a Lowry

Lo de Lowry siempre fue cuestión de tiempo. No de debate. El base que llegó como un “journeyman” y se marchó como el corazón competitivo de una franquicia tenía reservado su lugar desde hace años. Él mismo lo dejó entrever en plena temporada 2020-21, cuando el equipo jugaba exiliado en Tampa por la pandemia y todo apuntaba a un traspaso rumbo a un aspirante al título. Dijo entonces que, fuera donde fuera y cuando fuera, su último contrato lo firmaría en Toronto.

Cumplió la palabra el 7 de julio: un día, un papel simbólico, una última firma como jugador de los Raptors y el anuncio oficial de su retirada. A partir de ahí, se puso en marcha una celebración a fuego lento que desembocará en la noche del 10 de enero, cuando los Raptors reciban a los Philadelphia 76ers de su ciudad natal y su número 7 suba definitivamente al cielo del pabellón.

Pero antes de ese momento, Toronto se ha volcado en un fin de semana hecho a la medida del personaje.

Lowry aterrizó para 36 horas de agenda apretada, con un punto de partida muy suyo: el KLOW Invitational, un torneo benéfico de golf en TPC Toronto at Osprey Valley, con la recaudación destinada a la MLSE Foundation. A su lado, un cartel que habla por sí solo de la huella que dejó: Fred VanVleet, DeMar DeRozan, Serge Ibaka, CJ Miles, Danny Green y el exentrenador Nick Nurse, todos en el campo, todos presentes para acompañar al viejo líder.

“Es algo que no esperaba y lo agradezco”, confesó Lowry. “No hay palabras para describir lo que siento por lo que han hecho”.

El golf solo fue el inicio. Después llega el Kyle’s Block Party, un evento gratuito para aficionados en Jurassic Park, la plaza frente al Scotiabank Arena que se convirtió en símbolo global durante las Finales de 2019. Y por la noche, A Night For Seven, una gala en beneficio, de nuevo, de la MLSE Foundation. Toronto no está improvisando: está construyendo un relato.

De la ruptura con Carter al manual Raptors

Que todo parezca tan fluido con Lowry no es casualidad. Es experiencia. Es aprendizaje. Es, en el fondo, la consecuencia directa de lo que pasó con Vince Carter.

La salida de Carter fue todo lo contrario a un final feliz. El entonces joven superestrella fue traspasado a mitad de la temporada 2004-05 en un divorcio sonado. Una parte importante de la afición lo acusó de haber bajado los brazos. Con el tiempo, la otra cara de la historia se hizo evidente: la franquicia tampoco estuvo a la altura de lo que exigía un talento generacional.

El resultado fue una década larga de heridas abiertas, silbidos, reproches y distancia emocional. Carter nunca cargó contra la ciudad ni contra los aficionados, pero el vínculo se rompió. Reconstruirlo llevó años de trabajo silencioso, de gestos, de acercamientos medidos.

“La organización estaba en un lugar muy distinto cuando Vince estuvo aquí”, resume una voz interna. “Kyle se benefició de las lecciones de aquello”.

Cuando por fin el 15 subió al techo en noviembre de 2024, el círculo se cerró. El acto destiló emoción pura: un ídolo reconciliado, una grada que por fin aplaudía sin reservas, una franquicia que se permitía mirar atrás sin rencor. Ese proceso ha marcado un antes y un después en la forma de los Raptors de tratar a sus leyendas.

Nick Nurse, ahora al frente de unos Sixers renovados y que estará en el banquillo visitante el día del homenaje a Lowry, lo ve como parte de la madurez de la entidad: “La organización va madurando con los años. Ahora tiene ocasiones y éxitos que celebrar. En el gran esquema de las cosas, sigue siendo una franquicia relativamente nueva. Estaba en nuestro centro de entrenamiento en Filadelfia y tenemos a Moses Malone y Dr. J allí arriba; ahora los Raptors empiezan a contar también sus historias”.

Un modelo de celebración… y de mensaje

El paralelismo entre Carter y Lowry no está solo en el destino final de sus dorsales, sino en cómo se han tejido los homenajes. En el caso de Carter, la franquicia rescató un proyecto de su propia fundación: la renovación de una pista de baloncesto construida en sus años de esplendor en Toronto. Incluso hubo un avión con decoración especial de Air Canada en honor al apodo que definió a toda una época.

Con Lowry, la hoja de ruta es similar: actos públicos, presencia de excompañeros, foco en la comunidad y en la ciudad. Nada es casual. El club quiere que sus figuras sientan que Toronto es casa, aunque el final deportivo no siempre sea perfecto. Y lanza un mensaje claro al resto de la liga.

“Los jugadores hablan, los agentes hablan”, recuerda otra fuente. “Se fijan en estas cosas”.

En una NBA donde la agencia libre y las estrellas descontentas pueden cambiar el mapa en cuestión de semanas, proyectar la imagen de una franquicia que cuida a los suyos tiene un valor incalculable.

¿Quién será el siguiente?

Con Carter y Lowry ya en el techo, la gran pregunta se impone: ¿quién sigue?

El candidato más obvio es DeMar DeRozan. Máximo anotador y jugador con más partidos en la historia de los Raptors, está a las puertas de su 18ª temporada, ahora con Denver Nuggets. Su vínculo emocional con Toronto nunca se rompió del todo.

“Eso espero”, admite DeRozan cuando se le pregunta por la retirada de su dorsal. “Esto siempre será casa para mí”.

Lowry no deja lugar a dudas: “El 10 tiene que subir, sin ninguna duda”.

También aparece el nombre de Pascal Siakam. Dos veces All-NBA con la camiseta de los Raptors, titular en el equipo campeón de 2019 y quizá la mejor historia de desarrollo interno que ha tenido la organización. Hoy juega en Indiana Pacers, pero su evolución de elección tardía del draft a estrella consolidada nació y se forjó en Toronto.

Ni DeRozan ni Siakam se marcharon por decisión propia. En ambos casos hubo, y puede que aún haya, heridas por cómo terminó su etapa en el equipo. El precedente de Carter, sin embargo, demuestra que el tiempo y una gestión inteligente pueden curar casi todo. Y el caso Lowry confirma que la organización está decidida a reconocer a quienes han construido su identidad.

El enigma Kawhi y el horizonte Barnes

En cualquier conversación sobre el techo del Scotiabank Arena aparece inevitablemente otro nombre: Kawhi Leonard. Un año, un anillo, un legado imborrable. ¿Alcanza eso para ver el 2 colgado para siempre?

Hoy por hoy, no. Un solo curso, por histórico que sea, no suele bastar para el máximo honor de una franquicia. Pero el escenario podría cambiar si el jugador que lleva el 2 decide cerrar su carrera en Toronto y encadena, por ejemplo, tres temporadas con presencia constante en playoffs y alguna carrera profunda en primavera.

En ese contexto, la discusión sería otra. Leonard, según distintas fuentes, ve con buenos ojos esa posibilidad. Una de las razones de su regreso a Toronto pasa por la idea de encontrar por fin un hogar definitivo en la liga, algo que no terminó de cuajar ni en San Antonio ni, sobre todo, en Los Angeles Clippers, donde las cosas no acabaron precisamente bien.

Más intrigante aún es el caso de Scottie Barnes. A punto de arrancar su sexta temporada, ya acumula dos apariciones en el All-Star y un segundo equipo All-NBA en su currículum. Con solo 25 años, ya está entre los diez primeros de la franquicia en puntos (octavo), rebotes (octavo), asistencias (sexto) y tapones (séptimo, con la previsión de entrar en el top 10 de robos antes de Navidad).

En sus años en la liga, los Raptors han pisado los playoffs en dos ocasiones y, con Leonard en la plantilla, el plan es volver a competir en serio en el Este. Barnes estuvo presente en la gran noche de Carter y estará también en el pabellón cuando Lowry reciba su homenaje.

Si algún día le toca a él, puede tener la certeza de que la franquicia ya domina el arte de honrar a los suyos. Y de que, en Toronto, las leyendas no solo se construyen en la cancha: también se cuelgan del techo para recordar, a cada nueva generación, quién abrió el camino.