Fórmula 1 en Madrid: un nuevo espectáculo
En una ciudad de fútbol, la F1 viene a pedir sitio
Madrid está acostumbrada a otro tipo de ruido. El del Bernabéu en una noche de Champions, el de 75.000 gargantas rugiendo cuando Kylian Mbappé conecta una volea imposible o cuando Jude Bellingham decide un clásico en el minuto 92. Aquí manda el balón. Y manda, sobre todo, el escudo de Real Madrid, el club que presume de 15 Copas de Europa y 36 Ligas.
En ese territorio, donde el deporte se mide en goles y remontadas, la Fórmula 1 ha decidido plantar un circuito. No uno cualquiera: un trazado nuevo, agresivo, con una curva llamada Monumental que ya se ha ganado un lugar en las conversaciones del paddock. Veinte años después del último campeón del mundo español y más de cuatro décadas sin un Gran Premio en la capital, la F1 vuelve a Madrid para comprobar si puede arrancar aplausos en la casa de los aplausos eternos.
¿Hay sitio para otro espectáculo?
El reto es evidente. Cada fin de semana, en el flamante Bernabéu de acero y luces, o en el estadio del Real Madrid femenino, pegado al nuevo trazado, los madrileños consumen fútbol de élite como si fuera un bien de primera necesidad. Con Real Madrid dominando y Atlético apretando en LaLiga, cuesta imaginar que la ciudad necesite algo más para saciar su hambre deportiva.
Y, sin embargo, la curiosidad se abre paso.
“Sí, la carrera es buena para Madrid”, dice un aficionado. Lo resume con orgullo: la ciudad quiere mostrar al mundo que su identidad no se agota en el fútbol. “Estoy más que emocionado… tengo curiosidad. Quiero ver cómo sale”.
Otro hincha va un paso más allá. Confiesa que llevaba años soñando con tener la F1 cerca de casa. Ha viajado a Barcelona, a Spa-Francorchamps, sabe lo que implica un Gran Premio y también los riesgos del estreno: “Organizar suele ser un lío el primer año, no quiero ser el conejillo de indias”. Pero ve una oportunidad clara: que Madrid entre en el foco global, que aprenda de la maquinaria de la F1 y que la F1, a su vez, descubra “la manera verdaderamente española” de vivir un gran evento. Barcelona es más internacional, argumenta; Madrid ofrece otra cosa: una inmersión más cruda, más auténtica.
De los Palacios al asfalto
La capital se vende sola. El Prado como tarjeta de visita, los semáforos que suenan a trino de pájaro, los cipreses mexicanos meciéndose sobre un fondo de arquitectura palaciega. Pero ese encanto no encajaba con las necesidades de un circuito urbano moderno. Las calles del centro, con su trama relativamente plana y cuadriculada, no ofrecían la mejor experiencia de carrera.
La solución llegó en forma de zona “olvidada”: el área ferial gestionada por Ifema, junto al aeropuerto. Un espacio que muchos veían como un páramo de exposiciones y pabellones, y que ahora se convierte en el corazón de Madring, el nuevo circuito.
“Empezó como una broma, una fantasía”, admite Luis García Abad, jefe de Madring y antiguo mánager de Fernando Alonso. Un Gran Premio de F1, dice, es como un unicornio: todos lo persiguen, pocos lo atrapan. La cola de ciudades dispuestas a pagar y organizar es enorme. Madrid, al final, firmó por 10 años.
Hace siete u ocho años, la idea parecía lejana. Hasta que Ifema llamó a Abad y le pidió una opinión seria sobre la viabilidad. Bastó una mañana sobre el terreno para cambiar el discurso: “Es posible”.
Una ciudad pequeña, un proyecto enorme
Madrid, comparada con otras capitales, es compacta. Y eso, unido a un transporte público eficaz, ha permitido a los organizadores tomar una decisión poco habitual en la F1 moderna: reducir al mínimo los aparcamientos y pedir a los aficionados que dejen el coche en casa.
La imagen de Patrick Dempsey, Rafael Nadal o Mbappé esperando en el andén de Avenida de América para subirse a la línea rosa hasta el circuito es pura ficción. Las estrellas se moverán en otra órbita: zonas VIP, accesos privados, un paddock con seis áreas exclusivas que funcionará como un pequeño país dentro de la ciudad.
Para el resto, el viaje terminará en un escenario nuevo. Y la pregunta es obvia: ¿qué se encontrarán?
“Es una experiencia real, no solo para estar en Madrid, sino para la F1”, asegura Abad. “Cada parte del circuito tiene su propia personalidad. Monumental, la curva 12, es enorme, impresionante. Queríamos un punto icónico, con más de 30.000 personas alrededor de una sola curva”.
Monumental, la curva que lo cambia todo
Todos en el paddock hablan de lo mismo: Monumental. Una curva peraltada a 26 grados, más larga que la famosa inclinación de Zandvoort. Un muro de asfalto que atraviesa lo que, en pleno Gran Premio, parecerá un pequeño pueblo levantado para la ocasión.
Encima, un área VIP preparada para alojar al Rey de España y a su familia, encaramada sobre la colina como un castillo. Subir a pie ya cuesta. Sentarse ahí a 44 grados, imposible.
“Luis quería algo reconocible en nuestro circuito. Algo icónico”, explica Carlos Jiménez, director de operaciones de Ifema. Lo han conseguido. Pero Monumental no fue el único rompecabezas.
El proyecto se ha construido con una mirada insistente en la sostenibilidad: energía renovable para alimentar el Gran Premio, uso parcial de edificios ya existentes. Aun así, la factura es contundente: 65 millones de euros en infraestructuras adicionales y 85 millones más solo para el trazado.
El camino no fue sencillo. “Empezamos a construir en el invierno más lluvioso en 20 años en España”, recuerda Jiménez. Lluvias torrenciales, suelos de arcilla que se deshacían con el agua, tramos que hubo que estabilizar una y otra vez. Tres capas de asfalto, cada una aprendiendo de los errores de la anterior.
En 2022, la idea parecía “un poco loca”. Hoy, Madrid llega a la parrilla con viento de cola. “La ciudad tiene impulso, es vibrante, muy conocida por el fútbol”, apunta Jiménez. Y lanza su propia metáfora: igual que una estación de esquí necesita un buen après-ski, un circuito debe ofrecer un gran “después de la carrera”. Gastronomía, clima suave en septiembre, vida nocturna inagotable. En ese terreno, Madrid juega en casa.
Un urbano de verdad, con alma de viejo circuito
Madring es, en esencia, un circuito urbano: parte sobre vías públicas, parte construido ex profeso. Desde el asfalto, incluso a pie, la sensación es de encierro. Los muros parecen cerrarse a ambos lados. A simple vista, cuesta imaginar adelantamientos.
“Desde el punto de vista del piloto es un circuito duro”, avisa Abad. Veintidós curvas, cambios de elevación, peraltes. Todo adaptado a las nuevas regulaciones aerodinámicas de la F1. Charles Leclerc ya le ha dado su bendición en privado: le pareció un trazado “increíble” y, según le dijo al español, habrá oportunidades de adelantar, pero no regaladas. “Estamos hablando de gladiadores, de los mejores pilotos del mundo”, remata Abad.
Algunos ya lo han probado con rabia, en clave de futuro: los pilotos de Fórmula 3. Para ellos, el circuito ya no es un dibujo, sino un recuerdo en el cuerpo.
“Va a ser muy al límite”, avisa Bruno del Pino, madrileño y piloto de F3. “Siempre vas al máximo, las curvas son rápidas y los muros están cerca. Es como Jeddah, pero más difícil”. Monumental le impresionó desde la primera vuelta: tanta inclinación que parece no acabar nunca. “La primera vez la ves subir recta y sientes que vas a salir volando fuera del circuito”.
La aerodinámica, claro, engaña al ojo. Para ellos, con tanta carga, esa curva casi no es curva. El peligro llega antes: la combinación rápida de las curvas 10 y 11, pegadas al muro. “Más de uno va a besar la pared”, pronostica.
El británico Freddie Slater va todavía más lejos: una vuelta a Madrid, dice, es pura adrenalina. “Uno de los mejores circuitos del calendario, si no el mejor”. Tiene carácter, baches, subidas y bajadas. “Más old-school”, sentencia. Vieja escuela en un envoltorio nuevo.
¿Quién necesita más a quién?
Entre cifras, peraltes y nombres propios, Abad vuelve siempre al mismo punto: el público. Cree que serán los aficionados quienes dicten si este Gran Premio se queda o se convierte en una moda pasajera.
“No solo Madrid necesita a la F1, quizá también la F1 necesita a Madrid”, concluye. La ciudad invierte para crear una experiencia dentro de sí misma, no en las afueras, no en un descampado sin alma. Un Gran Premio incrustado en la vida cotidiana.
El mensaje al campeonato es claro: el futuro pasa por cuidar al espectador, por tratarlo como algo más que un número en la grada. En una ciudad que ya sabe llenar estadios cada tres días, la F1 está a punto de descubrir si su nuevo unicornio sabe también rugir como un gol en el minuto 90.






