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Fermín López: De verano cruel a estrella del Barça

El fútbol tiene memoria corta, pero hay noches que se encargan de corregirla. En Mestalla, con un Barcelona aún en construcción bajo Hansi Flick, Fermín López firmó ese tipo de partido que cambia jerarquías, debates y pizarras. No fue solo brillante. Fue dominante.

Venía lanzado: un doblete ante el Elche, otro gol frente al Athletic Club. En Valencia subió el listón. Un gol, dos asistencias, una acción decisiva en el tanto anulado a Lamine Yamal y un disparo al palo tras una carrera que retrató a medio Valencia. Cada vez que el Barça olía peligro, ahí estaba su dorsal, apareciendo entre líneas, atacando el área, girando el ritmo del encuentro.

No fue una buena actuación. Fue una exhibición.

El nuevo intocable de Flick

El dato es sencillo, pero contundente: según “AS”, Fermín suma ya tres titularidades tras empezar la temporada en el banquillo ante el Rayo Vallecano. Hoy, la fotografía del mediapunta del Barça ha cambiado. Ya no es el chico que espera su oportunidad. Es el jugador que obliga al entrenador a justificar cada vez que no aparece en el once.

La consecuencia es directa: ahora mismo está por delante de Dani Olmo en la pugna por el puesto de enganche. Y eso que Olmo, con apenas diez minutos de inspiración, firmó dos asistencias que recordaron a todos su talento. Pero el fútbol manda sobre el papel, y la forma actual de Fermín es un argumento difícil de rebatir en el vestuario y en la grada.

Para Flick, el dilema es tan incómodo como envidiable. ¿Cómo sentar a un futbolista que toca todo lo que pasa en tres cuartos, que llega, que asiste, que marca y que contagia energía en cada presión? Quitarle del once, hoy, suena a sacrilegio táctico. Tener a los dos, en cambio, es oro puro para una temporada larga, exigente y llena de matices.

La competencia no rompe. Acelera. Y el Barça lo está notando.

La herida del verano que lo cambió todo

Detrás del arranque descomunal hay una cicatriz reciente. Fermín cerró la pasada campaña levantando la liga española y abriendo de par en par las puertas de un Mundial que parecía escrito para él. Entonces llegó la lesión, en el peor momento posible, y con ella el corte más doloroso: se quedó fuera de la cita.

Él mismo lo reconoció sin rodeos: “Pasé un momento extremadamente difícil y no pude ver los primeros partidos por el dolor que sentía”. No era solo frustración deportiva. Era la sensación de haber tocado la élite con la punta de los dedos y volver a caer justo antes de la foto.

Ese verano, mientras el mundo miraba al torneo que se le escapó, Fermín eligió otro camino. Trabajo silencioso, recuperación sin focos, una mezcla de rabia y ambición que ahora se nota en cada arrancada. Volvió con algo más que piernas frescas: regresó con una intensidad que se ve en cada gesto, en cada choque, en cada desmarque.

Un inicio que ya no admite dudas

Lo que está firmando en este comienzo de curso ya no es una racha simpática de un canterano con chispa. Es un nivel sostenido, con impacto directo en el juego y en el marcador. En Mestalla, tuvo mano en casi todas las jugadas de verdadero peligro del Barça. No se escondió cuando el partido se trabó, no se apagó cuando el equipo necesitó pausa. Se ofreció siempre.

Flick lo sabe. El vestuario también. No es casualidad que haya pasado de opción de rotación a hombre del partido ante un rival histórico, en un estadio que no perdona las dudas. Fermín ha decidido que este año no quiere ser la nota al pie de página del proyecto. Quiere estar en el título.

La temporada es larga, los estados de forma cambian y los grandes clubes viven de la gestión de egos y minutos. Pero hay momentos en los que un jugador se gana el derecho a no salir del once. Hoy, ese jugador en el Barcelona se llama Fermín López.

La pregunta ya no es si merece jugar. La pregunta es quién se atreve ahora a quitarlo.