Fabio Wardley defiende a Ben Davison tras la derrota de Moses Itauma
El sábado por la noche, en el O2 de Londres, Moses Itauma se quedó sin aire y sin sueño. Ocho asaltos de dominio absoluto sobre Filip Hrgovic, un ritmo feroz, una apuesta valiente… y luego el vacío. En el noveno, el joven prodigio de 21 años caminaba exhausto, sin respuesta, hasta que su esquina arrojó la toalla y con ella se esfumó su intento de convertirse en el segundo campeón mundial del peso pesado más joven de la historia.
Lo que vino después no fue solo la resaca de una derrota. Fue una oleada de críticas. Miradas directas al gimnasio, a la preparación, a un nombre en concreto: Ben Davison.
Wardley toma la palabra
Ahí apareció Fabio Wardley. Mismo entrenador, misma casa, misma diana pública. El británico, que también trabaja con Davison, no dudó en salir al frente.
“Me siento como que ahora es mi turno”, lanzó Wardley, convencido de que Itauma volverá y acabará siendo campeón del mundo. Su mensaje no era solo de apoyo al compañero, sino un desafío abierto a los detractores del técnico.
Wardley no se anduvo con rodeos al hablar de las críticas hacia Davison. Las calificó de “delirantes” y dejó claro que piensa responder donde más duele: en el ring. “Es mi turno de hacer mi parte por el gimnasio. Es mi turno de demostrar”, subrayó, todavía sorprendido por la virulencia contra el entrenador. “No conozco a otro entrenador en el boxeo británico que reciba tantos palos después de una derrota”.
La indignación le ha encendido una chispa. “Me parece absurdo, delirante. Si acaso, eso me ha dado algo de combustible: ‘Vale, perfecto, no hay problema. Os enseñaré lo que nosotros, el equipo, Ben Davison, lo que todos podemos hacer. Os lo demostraré. Lo cargaré sobre mis hombros. Lo llevaré, sin problema’”.
Un déjà vu con Dubois
Wardley sabe de lo que habla. Su primera derrota como profesional llegó de una forma dolorosamente similar a la de Itauma. Frente a Daniel Dubois, dominó los primeros asaltos, impuso su boxeo… y se vació tarde. El castigo acumulado acabó pasando factura y el árbitro detuvo la pelea en el undécimo asalto.
Con una diferencia clave: su esquina no tiró la toalla.
Para Wardley, lejos de ser un error, aquello fue un ejemplo de gestión correcta. “Mi esquina manejó la pelea perfectamente”, insiste. Y lo repite porque, para él, el vínculo con quienes le guían desde abajo del ring es innegociable.
“Las personas en mi esquina no son nuevas”, remarca. No es un boxeador que salte de entrenador en entrenador. Desde el inicio ha tenido un núcleo estable. “He tenido a Robert Hodgins, que ha sido mi entrenador desde que empecé. Y hablo desde la primera vez que me puse unos guantes. Confío en ese hombre con mi vida”.
El mismo discurso para Davison: “Lo mismo con Ben Davison. Está conmigo desde hace cinco, seis, quizá casi siete años. También confío en ese hombre. No son gente nueva. No son personas inexpertas que no me conocen”.
Wardley recuerda que ambos han visto lo peor y lo mejor de él. “Me han visto en sparrings duros. Me han visto en peleas duras, en momentos complicados, en grandes ocasiones. Conocen mi durabilidad, saben lo que puedo soportar y cómo puedo salir por el otro lado”.
Ahora, con la revancha ante Dubois marcada para el 17 de octubre y la posibilidad de recuperar el título mundial WBO, Wardley se ve como el estandarte perfecto para responder a la tormenta que rodea a su gimnasio.
Warren apunta a la gestión del combate
Mientras Wardley cierra filas alrededor de Davison, desde la promotora también se alza una voz con matices. Frank Warren, jefe de Queensberry, defendió al entrenador, aunque reconoció que habrá que revisar la forma en la que se gestionó la pelea de Itauma frente a Hrgovic.
Warren recordó que la exposición de Davison en grandes veladas lo convierte en un blanco fácil. Cuanto más alto es el escenario, más ruido generan las derrotas. Aun así, dejó claro que no todo se puede pasar por alto.
“En cuanto a Ben, hablaremos”, adelantó. Hay detalles que no le gustaron. “Hay ciertas cosas que vi en la pelea y vi esa noche que obviamente hay que tratar”.
El promotor puso el foco en la forma en la que Itauma encaró el combate. “Tienes que gestionar una pelea”, recalcó. Y ahí, el joven pesado pisó a fondo el acelerador desde el primer asalto y nunca levantó el pie. “Se subió al ring, pisó el acelerador, lo metió en sobremarcha y nunca lo soltó”.
No hubo pausa, no hubo respiro, no hubo plan B. “Nunca salió, nunca volvió al jab, a moverse, a tomárselo con calma, a tranquilizarse”, explicó Warren. Con el contexto sobre la mesa, la crítica duele más: Itauma iba muy por delante en las tarjetas. “¿Qué estaba, ocho asaltos arriba en todas las cartulinas? Todo lo que tenía que hacer era boxear”.
Ahí está la herida. Un talento desbordante, una victoria encarrilada, pero una gestión de energía que acabó costándole caro.
Entre la presión y la reivindicación
El debate ya está abierto. ¿Fallo del boxeador por inmadurez? ¿Error de planificación en el campamento? ¿Defecto de gestión en la esquina durante la pelea? En medio de todo, el nombre de Ben Davison se repite como si fuese el único acusado en un juicio público.
Wardley ha decidido no mirar hacia otro lado. Asume la presión, la hace propia y la transforma en objetivo: usar su revancha con Dubois como escaparate para reivindicar a su equipo. Si gana y recupera el cinturón, la narrativa cambiará de tono. Si pierde, las voces que hoy señalan a Davison serán todavía más estridentes.
Mientras tanto, en el gimnasio, Itauma tendrá que aprender la lección más dura del boxeo de élite: no basta con ser mejor, hay que saber administrar cada segundo. Y Davison, cuestionado pero respaldado por sus propios púgiles, se prepara para otro examen a vida o muerte.
El veredicto no llegará en una rueda de prensa ni en redes sociales. Llegará cuando suene la campana el 17 de octubre y Fabio Wardley demuestre si su fe en el gimnasio y en su entrenador está a la altura de sus palabras.






