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Estados Unidos conquista su quinto Mundial consecutivo

La hegemonía, dicen, mata los deportes. Pero cuando alguien te discute de verdad el trono, el juego se vuelve interesante. En Berlín, la selección femenina de Estados Unidos levantó su quinto Mundial consecutivo con un 97-79 sobre Francia que no fue la paliza fría que sugiere el marcador, sino una demostración de oficio tras caminar al borde del abismo.

Durante veinte minutos, el gigante tambaleó. Luego, simplemente recordó quién es.

Francia golpea primero

El partido arrancó con un guion que olía a sorpresa. Francia atacó el aro sin complejos, encontró bandejas fáciles y castigó desde el perímetro. Con Gabby Williams manejando el ritmo y Dominique Malonga imponiéndose por dentro, las francesas se dispararon hasta un 31-17 que silenció a más de uno.

Estados Unidos sobrevivía a base de talento individual, pero sin fluidez. Breanna Stewart forzaba tiros, el banquillo no terminaba de entrar en ritmo y las rotaciones de Kara Lawson no encontraban una unidad sólida. Caitlin Clark, recibida con la expectación habitual, arrancó con dos pérdidas consecutivas y un pie en la línea de fondo. El Mundial no entiende de campañas mediáticas.

Francia se fue 45-39 arriba y dominando la narrativa. Williams mandaba, Ayayi y Salaun castigaban desde fuera y el ataque estadounidense parecía un boceto a medio hacer.

Hasta la última jugada de la primera parte.

Con el reloj a cero, Clark apareció por fin en la historia con un triple desde la esquina. 45-43. Un tiro. Un recordatorio. Y un mensaje: el partido seguía muy vivo.

El tercer cuarto que cambió el Mundial

A la vuelta del descanso, Estados Unidos salió con algo más que ajustes tácticos. Salió con orgullo. Stewart empató en la primera posesión. A partir de ahí, la defensa subió una marcha y Francia empezó a ver un aro cada vez más pequeño.

Jackie Young y Chelsea Gray tomaron el control del partido. Young, hiperactiva en ambos lados de la pista, enlazó puntos y asistencias. Gray, esa base que parece jugar a cámara lenta mientras todo a su alrededor va a toda velocidad, castigó con tiros imposibles y lecturas quirúrgicas.

Collier dio la primera ventaja “en eones”, como reflejaba el propio marcador en directo, y Copper clavó un triple tras un rebote ofensivo salvado por la alero de Minnesota. Francia, que había manejado el partido con solvencia, empezó a acumular tiros forzados y pérdidas.

El momento clave llegó en un gesto de impotencia defensiva: falta dura de Marine Johannes sobre Copper en una penetración. Revisión arbitral. Calificación de “acto de violencia”. Cuatro tiros libres y posesión. Copper metió tres de cuatro, Clark volvió a pista, y en la siguiente acción la escolta conectó con Aliyah Boston para estirar la renta a 17. El tercer cuarto terminó 73-57. El partido, prácticamente, también.

De un 45-40 para Francia al borde del descanso a un 73-57 para Estados Unidos al final del tercer cuarto. Un parcial devastador, sin alardes estéticos, pero con una eficacia implacable.

Stewart manda, Young ejecuta, el banquillo espera

En la estadística final, la jerarquía quedó clara. Stewart firmó 22 puntos y 9 rebotes, a uno del doble-doble, y dominó el rebote en los momentos calientes. Young sumó 18 puntos y 5 asistencias, siempre apareciendo cuando Francia amagaba con volver. Gray, 12 puntos y otras 5 asistencias, marcando el tempo como una veterana que conoce cada pliegue de este tipo de finales. Copper añadió 15 puntos de puro impacto.

Estados Unidos se adueñó del rebote: 36-27. En una final igualada, esa diferencia suele ser sentencia.

Clark, foco constante de debate, dejó una actuación breve pero incisiva: 12 puntos en poco más de 10 minutos, con 4/5 en tiros de campo y 2/3 desde el triple. También cuatro pérdidas y una técnica por protestar, prueba de que está aprendiendo a navegar otro nivel de exigencia. No fue la protagonista, pero sí una chispa útil en el momento en que el partido se rompía.

Lo llamativo fue la gestión del banquillo en el tramo final. Con el choque sentenciado y la ventaja disparada hasta los 27 puntos (86-59), Lawson tardó en “vaciar” el banquillo. El quinteto titular —Copper, Gray, Stewart, Collier, Young— siguió en pista mientras Malonga encadenaba canastas y maquillaba el marcador con un parcial casi en solitario. Solo a falta de menos de dos minutos entraron Citron e Iriafen, acompañadas por Clark, para cerrar la noche. Bueckers apenas había aparecido en toda la final.

Decisión conservadora, mensaje claro: en los días de título, la confianza se concentra en las veteranas.

Malonga y Williams, orgullo en la derrota

Francia se fue del Mundial con un marcador duro, pero con dos nombres propios muy claros. Malonga, con 21 puntos, fue la referencia interior que sostuvo al equipo cuando todo se derrumbaba. Atacó a Boston, chocó con Collier, se abrió al triple y no dejó de producir incluso con el partido ya decantado.

Williams, por su parte, cerró con 20 puntos y 7 asistencias, aunque su segunda parte fue una pesadilla comparada con su brillante arranque. De ser la arquitecta del 31-17 inicial pasó a encadenar pérdidas y fallos en el tramo en el que Estados Unidos apretó las tuercas. Aun así, dejó otra gran actuación en un ciclo en el que se ha consolidado como una de las grandes estrellas del baloncesto internacional.

Ayayi aportó 8 puntos, Johannes se fue apagando con el paso de los minutos y el resto del bloque francés no pudo sostener el nivel del primer tiempo. El tiro exterior, que había sido un arma letal (8/14 en triples al descanso entre ambos equipos, con Francia especialmente inspirada), se desplomó cuando la defensa estadounidense cerró líneas de pase y negó las ventajas iniciales.

El cierre: oficio, no fuegos artificiales

El último cuarto tuvo algo de trámite y algo de advertencia. Estados Unidos llegó a mandar por 27. Francia encadenó un 13-2 casi a base de Malonga, y la pregunta flotó unos segundos: ¿por qué siguen las titulares en pista? El parcial no puso en duda el título, pero sí recortó una diferencia que pudo haber sido histórica.

A falta de algo más de minuto y medio, Copper anotó para el 97, Williams respondió con un tiro libre, Howard lanzó un triple forzado sobre la bocina de posesión y el sueño del centenar se esfumó. No hubo cifra redonda, pero sí una sensación clara: Estados Unidos no necesitó la espectacularidad para cerrar su quinto Mundial seguido. Le bastó con experiencia, defensa en el momento justo y un dominio del rebote que fue decantando cada posesión dudosa.

El dato que resume la noche: este partido llegó a ir 31-17 para Francia. Al descanso, 45-40. El tercer cuarto fue “horrible” para las de azul, como reflejaba la crónica en directo. Y en ese derrumbe se explica por qué la hegemonía estadounidense sigue viva.

Un trono más incómodo que nunca

El contexto importa. Este título no tiene el aroma de las viejas palizas rutinarias. Italia ya había rozado la sorpresa en la fase de grupos. España llevó a Estados Unidos al límite en semifinales, 58-58 al borde del último cuarto. Francia tuvo en la mano la final olímpica de 2024 y hoy volvió a enseñar los dientes.

El dominio sigue siendo real —cinco Mundiales seguidos, una sola derrota en grandes torneos desde 1994—, pero ya no es intimidación automática. Es trabajo. Es ajuste. Es aceptar que el resto del mundo ya no mira desde abajo, sino a la misma altura.

Por delante asoma una pregunta inevitable: ¿qué hará la próxima generación con este legado? Clark, Reese, Boston, Bueckers, Howard, Citron, Iriafen. Todas ya han probado el sabor del oro, pero no el peso de la responsabilidad total. Francia, España y el resto de Europa no van a esperar a que maduren.

Estados Unidos levantó otra vez el trofeo. Lo hizo con las veteranas tirando del carro y las jóvenes asomando en ráfagas. La corona sigue en las mismas manos, sí. La diferencia es que ahora, cada verano, hay más selecciones dispuestas a arrancarla de un tirón.