El contrato de Jonathan Kuminga con Minnesota y su impacto en los Warriors
El contrato de Jonathan Kuminga con Minnesota ha reabierto una vieja herida en la Bahía. No por lo que firmó, sino por lo que una vez rechazó… y por lo que los Golden State Warriors estuvieron dispuestos a poner sobre la mesa.
El miércoles, Kuminga aceptó un acuerdo de dos años y 12,4 millones de dólares con los Timberwolves, usando la taxpayer mid-level exception: 6,1 millones el primer año y poco más en el segundo. Para un jugador que hace apenas un año dijo “no” a tres años y 75,2 millones garantizados por parte de Golden State, el contraste es brutal. Y deja al desnudo algo incómodo para la franquicia: aquel ofrecimiento de los Warriors nunca tuvo sentido.
Un proceso de negociación que se les fue de las manos
El relato de ESPN, a través de Shams Charania y Anthony Slater, ya había dejado claro que las negociaciones del verano pasado fueron largas y tensas. La secuencia, vista hoy, parece casi una advertencia de lo que vendría.
Mike Dunleavy Jr. arrancó con una propuesta razonable: dos años y 45 millones, con opción de equipo en la segunda temporada. Un compromiso fuerte, pero con margen de maniobra para la franquicia. Kuminga la rechazó. No quería una opción de equipo. Buscaba más valor medio anual o, al menos, una opción de jugador que le diera el control.
Los Warriors subieron la apuesta: tres años y 75,2 millones, otra vez con opción de equipo, esta vez en el tercer año. De nuevo, Kuminga dijo que no. La presencia de esa opción seguía siendo el gran obstáculo.
Joe Lacob, por su parte, se negó a la idea de un “balloon deal” de un solo año, un contrato inflado a corto plazo que lo convirtiera en agente libre sin restricciones al verano siguiente. No quería correr el riesgo de perderlo por nada.
Al final, las partes aterrizaron en un acuerdo de dos años y hasta 48,5 millones, con opción de equipo en la segunda temporada. Justo aquello que el jugador no quería al principio: una opción de equipo. Y, para colmo, con más de 20 millones menos garantizados que la oferta de 75,2 millones que había estado sobre la mesa.
Visto en retrospectiva, Kuminga claramente eligió mal. Pero el foco no debería quedarse solo en él. La pregunta más dura recae sobre Golden State: ¿por qué una franquicia tan meticulosa estuvo a un “sí” de comprometer 75,2 millones con un jugador que la liga, un año después, valora en poco más de 6 millones anuales?
Un mercado que habló claro
El verano actual ha sido un baño de realidad. Ningún equipo ha considerado a Kuminga como un jugador cercano a ese rango salarial que le ofrecieron los Warriors. No hubo guerra de pujas. No hubo contrato largo. Solo un acuerdo corto, de valor medio, con los Timberwolves.
Eso convierte aquella propuesta de tres años y 75,2 millones en lo que siempre fue: una oferta temeraria. En su momento ya sonaba agresiva. Hoy, con el mercado dictando sentencia, parece directamente imprudente.
La narrativa habitual habría sido la contraria: un jugador joven, con físico y flashes de talento, que apuesta por sí mismo, rechaza un gran contrato y luego lo supera en la agencia libre. Aquí pasó lo opuesto. Kuminga perdió dinero. Los Warriors, por pura negativa del jugador, evitaron un compromiso que habría lastrado su flexibilidad futura.
El “qué hubiera pasado si…”
Nadie puede saber con certeza cómo habría evolucionado todo si Kuminga hubiera aceptado los 75,2 millones. Pero hay elementos que permiten intuir un escenario poco amable para Golden State.
El choque entre Kuminga y Steve Kerr no fue una anécdota aislada. Su rol, sus minutos, su encaje en el sistema, todo fue motivo de fricción. Con un contrato medio, siempre existe la salida: un traspaso razonable, un experimento en otro contexto. Con 75,2 millones garantizados, la historia cambia.
Parte del motivo por el que Atlanta se lanzó a por Kuminga fue precisamente contractual: llegaba, en la práctica, como un jugador en último año de acuerdo, con opción de equipo pendiente. Los Hawks lo trataron exactamente así. Rechazaron la opción y lo dejaron probar la agencia libre sin ataduras.
Cuesta imaginar que Atlanta hubiese entregado a Kristaps Porzingis si el salario de Kuminga para 2026-27 hubiera estado ya garantizado. Es otro tipo de apuesta. Mucho más pesada. Mucho más difícil de mover si las cosas no salen bien.
En ese universo alternativo, Kuminga quizá seguiría siendo jugador de los Warriors, pidiendo un traspaso, con la franquicia atrapada: un contrato difícil de colocar, un jugador descontento y un mercado que no devuelve el valor que el front office creyó ver.
Una era mal gestionada
El hecho de que Golden State haya “salvado” la situación gracias a la negativa del propio jugador no exonera a la directiva. Al contrario: expone una planificación errática.
No se trata solo de cómo Mike Dunleavy Jr. y Joe Lacob gestionaron las negociaciones de 2025. Se trata de todo lo que la organización invirtió en la idea de que Kuminga sería la próxima gran estrella de la franquicia. Minutos protegidos. Paciencia. Oportunidades. Y, sobre todo, traspasos rechazados que, según múltiples informes, podrían haber traído piezas de impacto inmediato mientras la ventana de Stephen Curry seguía abierta.
El resultado final es contundente: ese supuesto futuro pilar entra en su sexta temporada con un contrato de dos años y 12,4 millones, firmado con otro equipo. Muy lejos del estatus de estrella que se proyectó sobre él.
Para ser justos, no todo recae en Dunleavy. Bob Myers era el general manager cuando se eligió a Kuminga en el draft. Desde que Dunleavy tomó el mando, su hoja de servicios en reclutamiento es sólida: Brandin Podziemski, Quinten Post, Will Richard, y un inicio prometedor de Yaxel Lendeborg en la Summer League apuntan a una buena lectura de talento reciente.
Pero el balance global de la “era Kuminga” en Golden State es innegable: una apuesta alta, mal calibrada, que nunca terminó de encajar ni en la pista ni en los libros contables. Y en medio de todo, aquella oferta de 75,2 millones queda como recordatorio incómodo de lo cerca que estuvieron los Warriors de atarse a una visión que el resto de la liga, a día de hoy, no comparte.
En un equipo que aún intenta estirar los últimos años de grandeza de Curry, la pregunta ya no es qué pudo ser Kuminga, sino cuánto tiempo más puede permitirse Golden State este tipo de errores de cálculo.






