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Combates de peso pesado en el O2 Arena: Vianello, Ursu y Hysa brillan

En una noche pensada para coronar a un nuevo rey del peso pesado en el O2 Arena, el telón se levantó con una serie de combates que recordaron por qué las carteleras grandes se construyen desde abajo: sangre, ambición y carreras en plena encrucijada.

Vianello vs Jolly: guerra pesada sin ganador

Guido Vianello y Moses Jolly abrieron la velada con un duelo de peso pesado que fue de menos a más hasta convertirse en una pequeña batalla campal… sin vencedor claro.

Desde la primera campanada quedó claro que ninguno había ido a Londres a hacer sparring. Jolly, más grande y con aire de prospecto en ascenso, bajó rápido al cuerpo, castigando el torso del italiano. Vianello respondió con manos más vistosas arriba, buscando impresionar a los jueces.

La tensión se hizo carne en el segundo asalto. Ambos terminaron con cortes, intercambiando combinaciones desordenadas pero peligrosas, de esas que pueden cambiar una pelea en un segundo. Jolly conectó dos derechas por encima demoledoras que habrían tumbado a muchos. Vianello las aguantó entre agarres y forcejeos. El galés, crecido, cerró el asalto lanzando un beso al público y moviéndose al ritmo de la música en su esquina. Confianza total.

El trabajo al cuerpo empezó a pasar factura. Hacia la mitad del cuarto asalto, Vianello jadeaba, buscando aire, pero se mantenía vivo con contras inteligentes y trabajo corto en la corta distancia. No brillaba, pero resistía.

En el sexto, el guion cambió. El ritmo de Jolly cayó en picado, reducido casi a un jab solitario. El italiano aprovechó ese bache, encontró huecos al contragolpe y, con los dos ya más cansados y desordenados, equilibró la balanza.

El último asalto llegó con la pelea en el aire. Ninguno tenía ya pólvora para cerrar por la vía rápida, aunque lo intentaron. Al final, el árbitro vio un 76-76 que dejó el combate en empate. La sensación en el O2 fue otra: Jolly había dominado con claridad la primera mitad y se marchó con un sabor amargo, como si le hubieran robado una noche que parecía suya.

Ursu vs Vaughan: título, sangre y una defensa que deja dudas

El turno del título británico del peso wélter trajo a Constantin Ursu defendiendo por primera vez el cinturón conquistado ante Owen Cooper. Enfrente, Ben Vaughan, que llegaba tras recuperar sensaciones después de caer a los puntos contra Bobby Dalton en su intento por el título inglés.

Los dos primeros asaltos hablaron claro: Vaughan salió a trabajar. Presionó, ensució la pelea, no dejó pensar al campeón. Ursu buscaba el hueco para su uppercut de mano atrasada, arriba y abajo, pero el aspirante lo ahogaba en la corta distancia.

La mano adelantada del campeón, eso sí, marcó diferencia. El jab de Ursu fue afilado, le rompió la nariz a Vaughan y, aunque el inglés conectó manos claras, la defensa del moldavo desactivó parte del veneno. Técnicamente, Ursu era mejor. Pero se dejaba tocar con golpes evitables, “tontos”, que alimentan dudas sobre su techo.

Vaughan tenía un plan simple y efectivo: destrozar las piernas del campeón. Golpeó abajo con insistencia, intentando vaciarle el tanque de gasolina. Parecía funcionar.

El combate cambió en el quinto. Ursu empezó a conectar con más continuidad y abrió un corte feo sobre la ceja izquierda de Vaughan. La sangre le caía al ojo, y el campeón olió la oportunidad. Cerró el asalto lanzando manos a placer, con otro aire.

El sexto fue una carnicería. Ursu también terminó con un corte en el ojo derecho. Dos hombres, dos heridas profundas, cero intención de dar un paso atrás. Intercambiaron sin freno, pero las manos de Ursu llevaron más veneno, más peso.

Cubiertos con la sangre del otro, salieron al octavo. No duró mucho. El árbitro y el médico intervinieron: el corte de Vaughan no daba para más. Combate detenido, TKO en el octavo para Ursu.

El campeón se marchó con el cinturón británico y el de la Commonwealth aún en su poder. Vaughan, con el respeto ganado tras darle una noche muy dura. Y Ursu, con una pregunta inevitable sobre la mesa: ¿puede seguir defendiendo así, con una guardia tan “alegre”, frente a rivales de mayor nivel?

Hysa vs Narmo: un vikingo cae de un solo trueno

El peso pesado volvió a escena con Nelson Hysa frente a Thomas Narmo, apodado “The Last Viking”, en un duelo entre noqueadores invictos que prometía pólvora.

El inicio engañó. Dos gigantes tanteando con jabs flojos, más atentos a medir distancias que a entrar en guerra. Narmo, sin embargo, dejaba un detalle inquietante: salía de la distancia con la barbilla alta. Hysa lo vio, sonrió. Había tomado nota.

El final llegó como un rayo. En el segundo asalto, casi antes de que el público se acomodara, el albanés clavó una derecha por encima que derrumbó al “último vikingo”. Narmo se levantó, pero la mirada perdida y las piernas blandas contaban la verdad. El árbitro detuvo con acierto. Seguir habría sido jugar con el desastre.

Hysa alargó su récord perfecto a 25 peleas y conservó su título WBO Global. Noche corta, mensaje contundente.

Noakes vs Berinchyk: paciencia, presión y un paso hacia otro mundial

En el combate de semifondo, Sam Noakes se jugaba algo más que una victoria. Volvía al gran escenario tras la dura guerra perdida ante Abdullah Mason. Al otro lado del ring, Denys Berinchyk, ex campeón mundial WBO del peso ligero, que llegaba tras ser noqueado por Keyshawn Davis y perder su cinturón.

El ucraniano dejó clara su idea desde el primer minuto: moverse, no entrar en guerras, vivir sobre la bicicleta. Mucho desplazamiento, cintura, jab educado. Noakes, en cambio, cargaba cada golpe con mala intención, pero le costaba encontrar el blanco limpio. El tamaño del ring jugaba a favor de Berinchyk, que flotaba por fuera y respondía cuando el inglés se acercaba demasiado.

En el cuarto asalto, el ex campeón empezó a marcar aún más su plan desde la guardia zurda. Conectó varias izquierdas secas, de esas que frenan impulsos. Noakes insistía en arrastrarlo a un combate más sucio, más de choque, metiéndose al cuerpo y castigando abajo cuando podía. Sabía que tenía que cortar piernas, no solo distancia.

El quinto trajo un cambio sutil pero clave. Noakes comenzó a acorralar a Berinchyk, a empujarlo hacia las cuerdas con un jab más disciplinado y combinaciones de dos y tres golpes, arriba y abajo. No era un paseo, el ucraniano seguía respondiendo, pero el inglés avanzaba sin miedo a lo que venía de vuelta.

Poco a poco, el ring se hizo pequeño para Berinchyk. El antiguo medallista de plata olímpico se vio forzado a intercambiar más de lo que quería. Su rostro se enrojecía, y con él, sus opciones de recuperar el control. La pelea empezaba a escapársele.

Las manos rápidas del ucraniano obligaban a Noakes a aceptar un intercambio de “tomo una para darte otra”. Pero el tamaño y la potencia del británico se hicieron notar. Noakes bajó con inteligencia su trabajo al cuerpo, vaciando la energía del ex campeón y cambiando la dinámica física del combate.

Camino al último asalto, la pelea seguía siendo competitiva, pero la sensación era clara: Noakes había hecho más, había conectado más y había impuesto su físico. Berinchyk, obligado por la situación, se quedó algo más en la media distancia y encontró éxito con uppercuts y ganchos de mano adelantada, intentando un arreón final.

No bastó. Los tres jueces vieron ganador a Sam Noakes por decisión unánime. Una victoria madura, trabajada, que lo vuelve a colocar en la antesala de una nueva oportunidad mundialista.

En una noche en la que los focos apuntaban al título mundial pesado, fueron estos combates los que dibujaron el futuro inmediato de varias carreras. Algunos salieron reforzados, otros con más preguntas que respuestas. La próxima vez que sus nombres aparezcan en una gran cartelera, ya no llegarán como simples teloneros, sino como hombres que han demostrado que, cuando las luces se encienden, no se esconden.