Coco Gauff: De la lluvia al control en el US Open
Hace un año, la imagen de Coco Gauff golpeando saques bajo la lluvia fina en las pistas de entrenamiento del US Open resumía mejor que cualquier estadística el bloqueo que la atenazaba. Mojada, frustrada, encadenando dobles faltas y buscando respuestas en cada lanzamiento de bola. La campeona de dos grandes convertida en un laboratorio a cielo abierto.
Doce meses después, la escena es otra. Mismo torneo, misma ciudad, otra Coco. Su servicio, antes un problema existencial, se ha convertido en el cimiento de su estreno en Nueva York: 6-3, 6-4 ante la turca Zeynep Sonmez en primera ronda, y una declaración silenciosa desde la línea de fondo.
De la lluvia al control
El partido arrancó con un aviso. Juego en blanco al saque, sostenido por un 112 mph directo al centro, seguido de un primer servicio que Sonmez ni tocó y otro ace. Menos de 90 segundos para el 1-0. No hizo falta más para entender que la historia con el servicio ya no es la misma.
En el primer set, cada vez que la número cuatro del mundo colocó su primer saque, la respuesta fue casi siempre la misma: punto. Gauff ganó el 93% de los puntos con primer servicio en esa manga, una cifra que hace un año habría sonado a ciencia ficción para ella en Flushing Meadows.
El dominio con el saque le permitió mandar en los intercambios, jugar más suelta, elegir cuándo arriesgar. Sonmez, asfixiada cuando la bola entraba con peso y precisión, apenas encontró resquicios para discutir el marcador.
La apuesta que cambió su arma más frágil
El giro empezó en la víspera de este mismo torneo hace un año. Con el ruido mediático habitual del US Open de fondo, Gauff tomó una decisión incómoda: reordenar su equipo técnico y apostar por Gavin MacMillan, especialista en biomecánica, el mismo que ayudó a Aryna Sabalenka a salir de su propio laberinto con el servicio.
No fue un retoque menor. Venía de un torneo en Cincinnati plagado de dobles faltas y la paciencia se había agotado. Tocar la mecánica justo antes de un Grand Slam en casa era casi un salto al vacío, con la certeza de que cada gesto sería analizado al detalle.
El resultado a corto plazo fue duro. Eliminada en cuarta ronda del US Open 2023, visiblemente tensa, lágrimas en pista y un servicio que no respondía al plan. “Sabía que todas las miradas iban a estar en el saque”, admitió ahora. MacMillan trabajaba, pero los frutos no llegaban a la velocidad que el entorno exigía. Y la presión pesaba.
Hoy, el relato es otro. El lanzamiento de bola es más estable, ya no se va tanto hacia delante, la muñeca se mantiene más firme. Ajustes finos, pero decisivos. En Cincinnati, este mes, el servicio fue pieza clave en su camino al título. Los datos lo confirmaron: impacta más cerca de las líneas sin perder velocidad, una combinación que habla de confianza y de precisión, no solo de potencia.
El punto de inflexión ante Sonmez
Ante Sonmez, esa evolución se vio con crudeza en el momento más delicado. Tras romper de inicio en el segundo set y colocarse 1-0, el saque perdió filo. La turca se soltó, igualó 2-2 y se plantó con tres bolas de break para el 4-2. Un escenario que, hace un año, habría olido a derrumbe.
Esta vez, no. Un ace quirúrgico abierto y un primer saque a 115 mph que no regresó al otro lado de la red sostuvieron a Gauff en un juego que parecía escapársele. Un juego que, como ella misma insinuó, probablemente habría perdido en 2023.
Ese hold valió más que un simple 3-2. Cambió la sensación en la pista. Gauff salió de ese pequeño incendio con el gesto firme y rompió de inmediato para el 4-3. Desde ahí, manejó el tramo final con una seguridad que contrasta con la Coco que se marchó entre lágrimas hace un año.
El último juego al saque fue casi un manifiesto. Tres primeros servicios sin respuesta, todos rozando los 120 mph, tres puntos de partido encadenados. En el primero, Sonmez cedió tras un intercambio corto. Partido cerrado, sin temblores, con el arma que tanto la había traicionado convertida en garantía.
Una Coco distinta en la línea de fondo
“Ahora psicológicamente voy a buscar el ace, o sé que puedo sacar y probablemente el resto no va a volver”, explicó después. La frase encierra el cambio real: ya no reza para meter la bola, ataca con el servicio. “El año pasado literalmente pensaba: ‘ojalá entre’. Es una diferencia enorme saber que en casi cada saque intento ir a 110, 115, 120 mph si puedo”.
No se han esfumado todas las dobles faltas. Todavía aparecen. Pero ahora son el peaje de un servicio agresivo, no el síntoma de un miedo paralizante. La diferencia es abismal.
Con el cuarto puesto como cabeza de serie en Flushing Meadows, Gauff se planta en la segunda ronda con algo más que una victoria rutinaria. Jugará ante Paula Badosa o Daria Kasatkina, y lo hará sabiendo que el golpe que la dejó bajo la lluvia hace un año es, hoy, la base de su candidatura.
La pregunta ya no es si su saque aguantará la presión del US Open. La pregunta es cuántas rondas más puede empujarla este nuevo servicio convertido en arma de élite.






