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Ben Shelton sorprende a Carlos Alcaraz en una histórica victoria

En Nueva York ya estaban pensando en el primer café del día cuando el tenis todavía se negaba a irse a dormir. A las 3:33 de la madrugada, con Arthur Ashe Stadium convertido en un refugio para insomnes y fanáticos, Ben Shelton tumbó al campeón defensor Carlos Alcaraz en un partido que se instala de inmediato en la memoria del US Open.

No fue solo una victoria. Fue una conquista a contrarreloj, el triunfo de un jugador que se niega a respetar jerarquías y horarios. Shelton, octavo cabeza de serie, necesitó cinco sets, 4 horas y 28 minutos y un superdesempate final para cortar la racha de 18 triunfos consecutivos de Alcaraz en torneos de Grand Slam. Lo hizo en el escenario más grande, en la noche más larga y ante un rival que, por momentos, pareció al borde del colapso físico: en un cambio de lado, el español llegó a vomitar en una toalla.

La jornada en Flushing Meadows ya venía marcada por los maratones. Bajo los focos, el duelo se convirtió en una montaña rusa. Alcaraz, segundo cabeza de serie, se llevó el primer set en un desempate, imponiendo su experiencia en los momentos tensos. Parecía el guion de siempre: el campeón que sufre, pero sobrevive.

Shelton decidió reescribirlo.

El estadounidense se adueñó del segundo y el tercer set, encendiendo a un público que encontró en él un nuevo héroe nocturno. Su servicio, su atrevimiento, su lenguaje corporal desafiante conectaron con una grada que rugía cada punto ganado como si fuera una bola de partido. Alcaraz, que se ha perdido buena parte de la temporada por una lesión de muñeca, se vio obligado a remar contra corriente.

Y respondió como lo hacen los grandes. El cuarto set fue suyo de manera contundente: 6-1. El murmullo en el estadio cambió de tono. El campeón volvía a parecer invencible, el físico se imponía, la inercia giraba de nuevo hacia el lado del español. El partido entró entonces en una zona salvaje, donde cada intercambio era un pulso de nervios y resistencia.

El quinto set fue un intercambio de golpes sin concesiones. Ninguno cedió el servicio en los momentos calientes. Ninguno quiso ser el primero en pestañear. La madrugada avanzaba, las miles de personas que se negaban a abandonar sus asientos sabían que estaban asistiendo a algo histórico: el duelo se encaminaba a convertirse en el final más tardío en la historia del torneo, superando aquella batalla entre Alcaraz y Jannik Sinner en 2022, que se había cerrado a las 2:50 de la mañana.

Esta vez, el récord cambió de manos. Y también el protagonismo.

El desenlace quedó reservado para el superdesempate. Ahí, con el silencio y el grito alternándose en cada punto, Shelton encontró un punto extra de agresividad y calma. Se impuso 10-7 y dejó al US Open con una nueva imagen icónica: el joven estadounidense con los brazos en alto, mientras el reloj marcaba una hora que pertenece más a los repartidores de pan que a los tenistas de élite.

El premio no es menor. Shelton se mete en semifinales, donde se medirá a otro estadounidense, Frances Tiafoe. Pase lo que pase, el domingo habrá un jugador local en la final masculina, con la posibilidad real de romper una sequía que se extiende desde 2003, cuando Andy Roddick levantó el último grande para el tenis masculino de Estados Unidos en estas mismas pistas.

La noche, o mejor dicho la madrugada, había empezado cargada de tensión competitiva. Tres de los cuatro cuartos de final individuales del martes se decidieron en superdesempate. Aryna Sabalenka abrió el día imponiéndose a la campeona de Wimbledon Linda Noskova, manteniendo vivas sus aspiraciones de un tercer título consecutivo en Nueva York. Más tarde, Frances Tiafoe sobrevivió a su compatriota Alex Michelsen, remontando una y otra vez para ganar el derecho a cruzarse con Shelton.

En ese contexto de resistencia extrema, el partido entre Shelton y Alcaraz fue el clímax inevitable. Dos jugadores de enorme carisma, estilos eléctricos y una grada que se negaba a elegir bando. Cada punto de Shelton era celebrado como un grito de independencia tenística estadounidense. Cada destello de Alcaraz, como la confirmación de que sigue siendo uno de los grandes faros del circuito, aunque esta vez la noche lo devorara.

El español, que ya sabe lo que es convertir la madrugada neoyorquina en su propio territorio, se marcha ahora con una derrota que duele, pero también con un mensaje claro: necesita reencontrar la versión que lo llevó a dominar el circuito con apenas 19 años. Ya no es el chico que sorprende al mundo; es el objetivo a batir. Y jugadores como Shelton han tomado nota.

Cuando todo terminó, miles de aficionados seguían en sus asientos, casi incrédulos por la hora y por lo que acababan de ver. Shelton, aún con la adrenalina a flor de piel, se permitió una broma con sabor a realidad cotidiana: dijo que solo esperaba que su mejor amigo y su hermana, presentes en la grada, no tuvieran que fichar a las seis de la mañana… apenas tres horas después del último punto.

El US Open, cada vez más famoso por sus duelos que se estiran hasta la madrugada, encontró en esta noche interminable un nuevo capítulo para su leyenda. Shelton ya se ha ganado un lugar en ella. Ahora falta saber si este será solo el inicio de una irrupción o el primer paso hacia algo mucho más grande para el tenis estadounidense.