Ben Shelton derrota a Frances Tiafoe y se enfrenta a Zverev en la final
La noche en Nueva York arrancó con silencio, con el recuerdo de un 11 de septiembre que sigue pesando 25 años después. Terminó con ruido, con puños al aire y con un joven de 23 años gritando que va “a por ello” por todo un país.
Ben Shelton remontó a Frances Tiafoe en una semifinal eléctrica del US Open para meterse en su primera final de Grand Slam y acercarse a un hito que Estados Unidos persigue desde hace más de dos décadas. El zurdo se impuso 4-6, 6-3, 6-3, 7-5 y peleará por el título ante Alexander Zverev.
Desde Andy Roddick en 2003, ningún tenista estadounidense ha levantado un grande en individuales masculinos. Veintitrés años de espera. Shelton tendrá el domingo la oportunidad de romper la sequía en el mismo escenario, Flushing Meadows.
Un duelo fraternal con aroma a relevo
“‘Foe’ es como un hermano mayor para mí”, dijo Shelton en pista, con la adrenalina aún en la mirada. Y el partido lo pareció durante un buen rato: dos jugadores que se conocen, se respetan y se exigen al límite.
Tiafoe arrancó mejor. Más suelto, más claro en el plan: castigar el revés de Shelton, abrir la pista y aprovechar cualquier duda. Con 5-4 en el primer set, el público se levantó cuando Shelton cometió una doble falta que le dejó el parcial en bandeja al favorito sentimental de la grada. Tiafoe cerró el set y levantó el techo de Arthur Ashe.
Shelton no se encogió. Todo lo contrario.
En el segundo set, Tiafoe insistió sobre el revés del zurdo, pero el partido cambió en un juego. Con 3-3 y bolas nuevas en la mano, Shelton sacó el martillo. Primer servicio: 125 mph, tan violento que Tiafoe apenas pudo poner la raqueta y acabó cayendo al suelo. Después, un carrusel de saques a 144, 139 y 140 mph. La grada pasó del murmullo al rugido. El estadounidense más joven en pista ya no era el que dudaba.
El marcador se equilibró y, con él, la dinámica del partido.
Shelton rompió en el quinto juego del tercer set y ahí clavó una estaca en el encuentro. Su servicio zurdo empezó a encontrar esquinas imposibles, su defensa se volvió casi infranqueable y Tiafoe, que hasta entonces había mandado, comenzó a perseguir sombras.
El cuarto set fue una batalla de nervios. Tiafoe buscó el golpe grande, el punto corto, la chispa que le devolviera el control. Shelton respondió con piernas, con ángulos, con una serenidad impropia de su edad. Octavo cabeza de serie, pero con actitud de veterano.
La presión terminó por romper el equilibrio. Shelton apretó en los juegos finales, encontró el break decisivo y cerró una victoria que tuvo mucho de tenis, pero también de carácter. Acabó con 47 golpes ganadores, incluidos 20 aces. Números de bombardero en una noche cargada de emoción.
Antes de dejar la pista, miró al cielo y alzó la voz: “Sé cuál es mi objetivo, cuál es mi trabajo. Voy a por ello aquí. ¡Hagámoslo por Estados Unidos!”. Y no se olvidó de lo que flotaba en el ambiente: “Es un día difícil para estar aquí jugando. Mis pensamientos y oraciones para todas las familias afectadas por el 11 de septiembre”.
Zverev, de la oscuridad a otra final
Al otro lado de la red, el domingo, no le espera cualquiera. Alexander Zverev llega lanzado. El campeón de Roland Garros derrotó a Karen Khachanov por 6-3, 7-6 (9-7) y 7-6 (8-6) y se plantó en su tercera final consecutiva de Grand Slam.
El alemán, que sufrió hasta cinco sets en sus dos primeros partidos en Nueva York, ha encadenado ahora cuatro victorias seguidas sin ceder un solo set. Un giro radical que él mismo resumió con ironía.
“Después de la segunda ronda, a las 3 de la mañana, estábamos en el vestuario riéndonos de lo mal que estaba jugando. Ese sentido del humor me ayudó”, confesó en la pista. “He mejorado un poco, si no, no estaría en la final del US Open”.
Zverev regresa así a la pelea por el título en Flushing Meadows, donde ya fue finalista en 2020, cuando cayó ante Dominic Thiem. Esta vez llega con un gran en el bolsillo y con la sensación de estar “cocinando”, como describió Martina Navratilova su estado de forma.
La leyenda de Sky Sports Tennis lo dejó claro: el año del alemán en los grandes está siendo sobresaliente. Recordó que en Roland Garros se benefició de la ausencia de Jannik Sinner y de Carlos Alcaraz, pero subrayó que “no hay asteriscos” en sus éxitos: tuvo que ganar igual, incluso siendo favorito. Desde entonces, su tenis ha ido a más. Mejor en Wimbledon, más sólido ahora en Nueva York, donde no pierde un set desde hace cuatro partidos.
Un camino que parecía “inútil”
Lo curioso es que Zverev empezó este US Open casi resignado. “Realmente comencé el torneo pensando: ‘Bueno, esto es inútil, no voy a hacer nada aquí’”, admitió ante los periodistas. “Y aquí estoy, preparándome para una final del domingo”.
Vivía en un bucle de noches eternas, siempre en sesión nocturna, siempre terminando en la madrugada. Entre la oscuridad y los finales de infarto, el alemán fue encontrando ritmo. También ha sabido aprovechar un cuadro favorable, sin Sinner y con Carlos Alcaraz y Novak Djokovic ya fuera de combate.
Ante Khachanov, le bastó un break para adueñarse del primer set. Cuando rompió de nuevo al inicio del segundo, el partido olía a trámite. Pero un doble falta inoportuna le devolvió la vida al ruso y lo empujó a un tie-break que se convirtió en una prueba de resistencia. Zverev llegó a ir 3-5 abajo y solo lo cerró tras un peloteo de 35 golpes que arrancó un suspiro general del estadio.
El tercer set calcó el guion: sin roturas, todo al desempate. Khachanov tuvo dos puntos de set, 6-4 arriba. Dos derechas se le escaparon por poco y un ace de Zverev cambió la historia. Del posible cuarto set al punto de partido. El alemán no perdonó.
El domingo le espera algo distinto: un estadio lleno y una grada mayoritariamente contra él. No le asusta. Le motiva. “Creo que va a ser una sensación fantástica jugar una final en un Arthur Ashe lleno y no vacío”, dijo. “Para mí, una grada ruidosa y energética siempre es genial, mientras sea justa”.
Shelton, el chico del saque de 140 mph y el grito de “¡Vamos USA!”, contra Zverev, el hombre que aprendió a reírse de sus malos días a las tres de la mañana y ahora encadena finales de Grand Slam.
La espera de 23 años de Estados Unidos se mide contra la inercia implacable de un campeón de Roland Garros. En Nueva York, el domingo no se juega solo un título: se juega el peso de una era.






