Ben Shelton derriba a Carlos Alcaraz en el US Open
La defensa del título de Carlos Alcaraz en el US Open se apagó cuando la noche ya era otra cosa: a las 03:34 hora local, el último punto de un partido salvaje coronó a Ben Shelton y dejó al campeón saliente fuera en cuartos de final. Nunca un encuentro en la historia del torneo había terminado tan tarde. Nunca Arthur Ashe Stadium había visto un cierre así.
Marcador: 6-7 (5-7), 6-1, 6-3, 1-6 y 7-6 (10-7) para el octavo cabeza de serie.
Cinco sets, cuatro horas y 28 minutos, una montaña rusa que mantuvo a una multitud enorme pegada a sus asientos hasta casi el amanecer.
Todo empezó ya a destiempo. El partido no arrancó hasta cerca de las 23:00 en New York, arrastrado por el retraso acumulado en la sesión anterior. Pero cuando Alcaraz y Shelton pisaron la pista central, el horario dejó de importar. El duelo se encendió desde el primer intercambio y no soltó a nadie.
El primer golpe lo dio Alcaraz. Más acostumbrado a noches grandes, más curtido en finales apretados, el español se llevó el primer set en un ‘tie-break’ trabajado, 7-6 (7-5), imponiendo su jerarquía en los puntos clave. Parecía el guion conocido: el dos veces campeón del torneo, de vuelta tras una larga lesión, controlando la escena.
Shelton decidió romperlo.
El estadounidense respondió con un segundo set demoledor, 6-1, encontrando ángulos, acelerando con el servicio y castigando cada bola corta. La grada, hambrienta de un héroe local, se encendió. El tercer parcial siguió la misma línea: 6-3, con Shelton mandando en los intercambios largos y obligando a Alcaraz a correr siempre un metro más.
Ahí se notó el peaje de los meses fuera. Alcaraz llegaba a su primer torneo tras más de cuatro meses parado por una lesión de muñeca, y aunque había superado con nota el regreso —incluida una victoria contundente ante el 20º cabeza de serie Tommy Paul en sets corridos para plantarse en cuartos—, el ritmo feroz de Shelton empezó a poner a prueba su físico.
Pero Alcaraz no sabe irse en silencio.
Cuando parecía que el tanque estaba vacío, el español apretó los dientes y firmó un cuarto set casi perfecto: 6-1. Devolvió la agresividad, subió un punto la intensidad en la devolución y silenció por momentos a una grada que ya olía la sorpresa. El partido entró entonces en territorio de clásicos: un quinto set a vida o muerte, con los dos exhaustos y cada punto dejando cicatrices.
El desenlace se decidió en el filo de los detalles. Sin quiebres, sin concesiones, el duelo desembocó en el ‘match tie-break’ a 10 puntos, la última prueba de nervios. Ahí Shelton jugó como si no tuviera pasado que le pesara: hasta este miércoles, nunca había derrotado a un ‘top 3’ en 17 intentos y había perdido sus tres enfrentamientos previos con Alcaraz. Esta vez no titubeó.
Punto a punto, el estadounidense fue construyendo la gesta. Atacó, arriesgó, se sostuvo en el servicio y cerró el desempate por 10-7. Cuando la última bola de Alcaraz se marchó, Arthur Ashe Stadium estalló. Shelton, 23 años, se quedó unos segundos absorbiendo el estruendo antes de recibir una ovación de pie que sonó a desahogo colectivo.
No era solo la caída del campeón. Era también un mensaje para el tenis estadounidense: por primera vez en 23 años, desde aquel título de Andy Roddick en 2003, New York vuelve a oler a campeón local. Shelton ni siquiera había nacido cuando Roddick levantó aquel trofeo. Ahora, con su clasificación, Estados Unidos se asegura un finalista en la pista central: el viernes le espera Frances Tiafoe en una semifinal con acento local garantizado.
Para Alcaraz, la derrota duele, pero el contexto cuenta. Volvía tras una larga ausencia, había superado expectativas y se sostuvo hasta el último punto en un partido de una exigencia brutal, repleto de intercambios asfixiantes y exhibiciones de atletismo. Llegó al límite, lo cruzó y aun así forzó un quinto set y un ‘tie-break’ final en la madrugada neoyorquina.
Para Shelton, en cambio, es el triunfo que cambia una carrera. La victoria más grande, la más significativa, la que se queda para siempre. Y ahora, con un país entero mirándole, la pregunta es evidente: ¿hasta dónde puede llevar este impulso en su propio Grand Slam?






