Australia barre a Zimbabwe y se prepara para el Mundial
Australia se marcha de Harare con lo que vino a buscar: un 3-0 en la serie de One Day Internationals, un puñado de respuestas para el futuro y, sobre todo, la sensación de que sabe sufrir cuando el guion se tuerce. El último partido, decidido por un solo wicket y con una bola restante, tuvo mucho más de examen de carácter que de trámite.
En el centro de todo, Josh Inglis. El wicketkeeper-batter firmó su segundo siglo en ODI, un 103 de 102 bolas cargado de madurez, que sostuvo una persecución que por momentos coqueteó con el desastre. A su alrededor, los wickets caían con una regularidad inquietante; él, en cambio, mantuvo la calma, manejó el ritmo y mantuvo a Australia siempre a tiro de los 272 que había puesto Zimbabwe.
Un cierre de thriller
La escena final fue pura tensión. Australia, nueve wickets abajo, necesitaba nueve carreras en el último over. En el penúltimo, Wessly Madhevere había dejado caer un catch que podía haber sentenciado a Nathan Ellis. Esa gota se convirtió en diluvio.
Ellis, que ya había sido clave con la bola, se plantó con 36 de 44 y la responsabilidad de rematar. Primera bola del último over: seis. Golpe directo a la moral local y giro definitivo del partido. A su lado, el número 11, Spencer Johnson, resistió lo justo, siete de 13, para que el seamer completara una de esas remontadas que se recuerdan en los vestuarios cuando se habla de carácter.
Zimbabwe, que había peleado cada metro, se quedó con la amarga sensación de haber dejado escapar una victoria que tuvo en la mano. Ese drop de Madhevere en la penúltima over pesará durante un tiempo.
La base de Zimbabwe: Raza y compañía
Todo había empezado de forma muy distinta. Con el equipo local eligiendo primero el bateo, Zimbabwe construyó su 272 con una mezcla de oficio y ambición. El capitán Sikandar Raza fue el ancla y el acelerador: 81* de 72 bolas, sin regalar nada y castigando cada error.
A su alrededor, Craig Ervine (59 de 79) e Innocent Kaia (55 de 66) aportaron medio siglos que dieron estructura a la entrada. No hubo explosión descontrolada, sino una escalada constante que obligó a Australia a trabajar de verdad con la bola.
Ellis ya había dejado su firma ahí: 3-50 en sus 10 overs, el mejor de los australianos con la pelota, combinando disciplina y valentía en los momentos clave. Del lado local, Brad Evans respondió con una actuación igual de notable: 4-47 en sus 10 overs, abriendo huecos en una alineación que, sin varios de sus titulares habituales, tuvo que improvisar soluciones.
Una persecución siempre al límite
La respuesta australiana nunca terminó de asentarse. El marcador avanzaba al ritmo requerido, pero el coste en wickets era demasiado alto para respirar tranquilo. Travis Head cayó por 6, Mitchell Marsh por 8, y ese inicio marcó el tono de una entrada en la que cada pequeño avance venía acompañado de un susto.
Inglis, en medio del caos, construyó una entrada de manual. Once fours, un control absoluto del tempo y la claridad suficiente para atacar cuando el partido lo pedía y proteger cuando el riesgo se disparaba. Sin una gran sociedad a su alrededor, convirtió una persecución potencialmente cómoda en una batalla ganada a pulso.
Cuando él se fue, el partido se abrió de par en par. Ahí apareció la segunda parte de la historia: la resistencia de la cola. Ellis no solo aguantó, también sumó; Johnson, desde el número 11, ofreció el tipo de apoyo silencioso que rara vez entra en los titulares, pero que decide series.
Mirando a Sudáfrica y al Mundial
La serie, pese al sufrimiento del último choque, se cierra con un 3-0 que deja a Australia exactamente donde quería estar: con victorias, con margen para probar y con sensaciones positivas de cara a lo que viene. El equipo viajó a Zimbabwe sin varias de sus figuras, pero con un objetivo claro: empezar a construir la defensa de su título mundial en condiciones africanas.
Mitchell Marsh lo dejó claro: el grupo sabe que aún tiene que mejorar, pero ve señales alentadoras, sobre todo en el talento joven que empieza a reclamar minutos. Esa es la otra lectura de una serie como esta: no solo el resultado, también quién aparece cuando faltan los nombres grandes.
Ahora llegan los refuerzos. Pat Cummins y Mitchell Starc se unirán para la etapa de ODI en Sudáfrica, un salto inmediato de exigencia. Tres partidos, empezando el jueves en Durban, servirán como prólogo de lujo a una gira que incluye tres Tests en Durban, Gqeberha y Ciudad del Cabo. Será el primer regreso de Australia a Sudáfrica para una serie de Tests desde el escándalo de manipulación de la pelota en 2018, un contexto inevitable, aunque en el vestuario insistan en que la mente está en el cricket y en el Mundial.
Inglis lo resumió con pragmatismo: con el torneo a 12 meses vista y con la mayoría de los partidos del próximo World Cup en Sudáfrica, con otros en Zimbabwe y Namibia, esta gira funciona como ensayo general. Mismas canchas, condiciones similares, posibilidad de probar combinaciones nuevas y ajustar detalles finos.
Zimbabwe, por su parte, se marcha con una derrota, pero no con las manos vacías. Raza habló de orgullo y de aprendizaje. Prefiere un final de infarto, dijo, a ver cómo Australia persigue la meta en 40 overs sin oposición. Tiene sentido: para un equipo que quiere crecer, partidos como este enseñan más que cualquier paliza.
Australia, mientras tanto, ya mira hacia el sur. Ha ganado, ha sufrido y ha encontrado héroes inesperados en Harare. Ahora, con Cummins y Starc en camino y el Mundial en el horizonte, la pregunta es otra: ¿cuánto más puede elevar el nivel cuando la presión deje de ser un ensayo y se convierta en todo o nada?






