Aryna Sabalenka regresa a la final del U.S. Open
NUEVA YORK — Aryna Sabalenka ha encontrado, otra vez, su lugar en el mundo en el cemento de Flushing Meadows. En una noche húmeda y pesada en el Arthur Ashe Stadium, la número 1 del mundo selló su billete para otra final del U.S. Open al derrotar a Jessica Pegula por 7-5 y 6-2. A un solo triunfo de su tercer título consecutivo en Nueva York, la espera ahora se llama Elena Rybakina, la jugadora que el lunes la desbancará de la cima del ranking.
Defender este torneo roza lo imposible. Llega al final de la temporada, cuando las piernas pesan, las molestias se acumulan y los grandes nombres suelen estar vulnerables. Sabalenka desafía esa lógica. Y lo hace en un año en el que, hasta aterrizar en Nueva York, su tenis había perdido filo.
Dominante en el primer tramo de la temporada, desde abril se había convertido en una rival alcanzable. O peor: en alguien capaz de derrotarse a sí misma en los momentos grandes. Esa versión frágil, nerviosa, prácticamente se ha evaporado desde que pisó la ciudad para su último intento de levantar un Grand Slam este año. Igual que hace doce meses, pero con un matiz importante: entonces venía de perder sobre todo finales; ahora arrastraba dudas mucho más profundas.
“Me siento confiada y me siento mental y físicamente muy fuerte ahora mismo”, dijo Sabalenka en la rueda de prensa posterior al partido. Se nota. Y se ve.
Hace una semana, su lenguaje corporal rezumaba tensión. Este jueves, en su estadio favorito del mundo —tanto que bautizó a su cavalier King Charles spaniel como Ash— jugó como si el cemento le perteneciera. Fluida, agresiva, dueña del ritmo y del escenario. Se permitió incluso disfrutar.
“Simplemente amo Nueva York y amo estar aquí, y amo la energía de la ciudad”, explicó. “Creo que eso es lo que me impulsa. Eso es lo que realmente me inspira y me empuja a seguir”.
El número 1 ya no es el motor. Lo perderá el lunes, gane o pierda la final. Lo ha asumido. Lo que la obsesiona es otra cosa: volver a sostener el trofeo en la noche del sábado. Y contra Pegula jugó exactamente como alguien que solo piensa en eso.
Una muralla en la noche de Pegula
El Arthur Ashe, con más de 24.000 espectadores, buscaba una razón para volcarse con Pegula, una de las favoritas de casa. Sabalenka apenas les dio margen. Cerró todas las ventanas y dejó a la estadounidense sin aire.
Pegula, número 3 del mundo, solo dispuso de una bola de break en el primer set. Sabalenka la borró de un plumazo: primer saque potente, derecha aún más demoledora. Aviso claro de lo que venía.
La estadounidense insistió con su plan: golpes planos, profundos, al centro, intentando estrechar los ángulos para forzar el error de la campeona defensora. Buscaba que Sabalenka fallara, no tanto superarla. Nada que ver con su último cruce en Berlín, donde Pegula le endosó un 6-0 en hierba, una rareza absoluta ante la bielorrusa.
Aquella superficie le venía de perlas a Pegula: bolas bajas, rápidas, perfectas para su golpe plano. Sabalenka, con su altura y su derecha cargada de topspin, sufría para agacharse y entrar bien a la pelota. En Flushing Meadows el guion cambia por completo.
Sabalenka es feliz en pista dura. En esta pista dura, todavía más.
“Pistas rápidas, pero también con bote alto”, explicó. “Eso realmente me da más posibilidades de empujarla hacia atrás”.
Y la empujó. Sin tregua.
El primer set fue tenis de alta pureza: peloteos cortos, secos, violentos; once juegos seguidos sin un solo break; tensión contenida en cada turno de servicio. Sabalenka tuvo algún pequeño bache, alguna pelota a la red, algún punto brillante de Pegula que encendió al público. Pero el marcador no se movía.
Hasta el 5-6.
Pegula sacó para forzar el tie-break y el partido cambió de tono. La potencia de Sabalenka arrancó dos errores. La presión hizo el resto: doble falta de la estadounidense. En el segundo punto de set, Sabalenka atacó con decisión por el centro. Pegula se quedó en la red. Media final estaba hecha.
La segunda mitad del camino fue aún más contundente. Sabalenka olió sangre y no dudó. Rompió, mandó, apretó con el resto y manejó el marcador con una serenidad que hace unos meses parecía lejana. Cerró el partido con un gesto sobrio, un puño apretado, como quien entiende que la obra aún no está terminada pero ya ve el cuadro casi completo.
Sin resquicios, ni siquiera al segundo saque
Lo más inquietante para Pegula fue la sensación de no tener por dónde escapar. Lo reconoció después, entre bromas con el equipo de Sabalenka.
“Les decíamos: ‘¿Les gustamos? Somos buena gente, somos bastante agradables con ustedes. ¿Creen que algún día podría estar ella un poco fuera, solo un poco, para tener una oportunidad?’”.
La estadounidense se encontró con una rival que prácticamente no le regaló nada. Y eso que Sabalenka no tuvo una noche perfecta con el primer servicio: apenas metió el 55 por ciento. No importó. Su segundo saque, cargado de efecto y veneno, le dio dos tercios de los puntos. Para Pegula, cada resto se convirtió en una batalla cuesta arriba.
Su verano había sido casi impecable: 22 victorias y solo 5 derrotas desde su adiós en primera ronda de Roland Garros. También llegaba con confianza por su reciente éxito ante Sabalenka. Nada de eso se tradujo en opciones reales.
Cuando Sabalenka se acomodó al ritmo plano y duro de Pegula, la estadounidense sintió que se quedaba sin plan B. Lo explicó con claridad al compararse con las otras grandes pegadoras del circuito.
“No soy exactamente una Rybakina que pueda sacarse de problemas con el servicio, y no soy exactamente una Coco que pueda confiar en un atletismo increíble”, dijo, refiriéndose a las dos posibles rivales de Sabalenka en la final en el momento en que hablaba. Y remató: “Creo que, con la forma en que jugó esta noche, habría vencido a cualquiera”.
No son palabras menores viniendo de la número 3 del mundo.
Un dominio brutal en pista dura
El interrogante es obvio: ¿puede Sabalenka sostener este nivel una noche más? Sus números en los Grand Slams de pista dura invitan a pensar que sí.
Esta será su cuarta final consecutiva del U.S. Open. Ya ha ganado dos. En enero disputó también su cuarta final seguida del Australian Open, con dos títulos allí. En ambos torneos ha impuesto una especie de dictadura silenciosa: siempre está, siempre golpea, siempre obliga a las demás a rozar la perfección.
El tercer título en Melbourne se le ha escapado dos años seguidos. En Nueva York, cree, la historia puede ser distinta. Aquí siente algo especial: la pista, el ruido, la ciudad, la energía que dice que la empuja. Aquí, la presión no la encoge; la enciende.
Ahora la espera Rybakina, la mujer que la relevará en el número 1. Una pegadora implacable, capaz de, como dijo Pegula, sacarse de problemas solo con el servicio. Un duelo de altura, de golpes planos contra topspin feroz, de nueva reina del ranking contra campeona vigente del torneo.
Sabalenka llega a esa cita con algo más que estadísticas y títulos. Llega con la sensación de haber recuperado su mejor versión justo donde más importa. En la ciudad que adora. En el estadio que ya lleva el nombre de su perro. En el escenario donde, una vez más, tiene la oportunidad de convertir una gran semana en una era.






